Voy a hacer un intento de hacer algo bueno. Pero seguramente la cagaré como todos los días, y Hannibal Lecter finalmente me despellejará vivo.
La Colección de Fotos de Francisco Franco.
Franco, como todo dictador, era un ser exquisitamente refinado, que no aguantaba ni un solo naipe torcido. Un día descubrió la fotografía como pasatiempo. Y se aplicó a ella con devoción. Su primera foto, a Franco no le temblaba nunca el pulso, no supo a diferencia de Hitler lo que era el Parkinson, es una fotografía de la Collares desnuda, tal como su madre la trajo al mundo, limpia como una partitura de Bethoven, y con dos collares de perlas en el pecho, como unas notas de corcheas blancas sobre un cisne marmóreo. Franco siempre le decía a la Collares: compra esmeraldas, mujer, pero la mujer siempre compraba perlas, y las perlas no valen nada, lo que valen son las esmeraldas. De todas maneras no era tonta la Collares, sabía que si exhibía esmeraldas ante un pueblo machacado por el dolor su cabeza, tal la cabeza de María Antonieta, no hubiese valido gran cosa. En esa foto, la Collares está hermosa como un día de enero en la nieve, pero no puede disimular que como mujer no era una gran belleza. En la segunda fotografía que hizo Franco, una oda al género macabro, se ve un ciervo recién abatido por los disparos, su hermosa cornamenta da vueltas y más vueltas, se ramifica arborescentemente, como un libro dentro de un libro, o como una guía de interconexiones entre espías. El ciervo suelta un gran borbotón de sangre por su boca. Diríase que una trompeta azul ha rasgado un poniente amarillo. La tercera fotografía es la de un toro muerto, con los ojos abiertos y negros, brillando como dos cabujones rabiosos, con un toque añil de agudísima arpa. Las banderillas son amarillas como el celo de un novio, y se clavan en el corazón como dos serpientes en una copa de negrura. La cuarta foto es la de un soberbio Atún pescado en Galicia, es una foto fea, simple, mediocre, ramplona, gris, Franco siempre tuvo la duda de destruirla, pero la indultó, quemó otras muchas semejantes, que eran feas como mañanas de trabajo, pero ésta la dejó sin destruir porque en ella el Atún echa espumarajos por la boca, y es como un saxofón que chorrea una melodía de rencor y esfuerzo. Hizo muchas otras fotos, pero las quemó por mediocres, tenemos la veintiuna que hizo. Se trata de un poniente soleado, hay cuatro vencejos que van hacia un sur de desolación purpúrea, y una solitaria fuente en medio de una plaza desierta, en esa plaza, bajo la fuente, están enterrados cien milicianos republicanos, pero la foto es bellísima, una auténtica orgía de colores, de un refinamiento barroco, una exquisitez digna del talento de un Mozart, diez mil libélulas de platino para devorar una sola mosca, los clavicordios destiñen sus azules en violetas, los violetas se destiñen en granate, y los granates se difuminan en un negro cadavérico sublime. Sin saltar sobre una nota de piano amarilla pasemos a la fotografía cruenta y uno. Es una foto del embajador de Turquía, se le ve con una insolencia de príncipe airado, el papel destila una alegría divina, es como una mariposa dorada que al trasluz dejara una sonrisa de perfume verde. El embajador sonríe esplendoroso, satisfecho, divino, con una santa alegría demoníaca, ese mismo día le comunicaba su excelencia el adalid de la cruzada que iba a dejar en bancos de su país, Oh Turquía ¡¡¡¡cuánto sabes de tormentos¡¡¡¡, cien millones de pesetas en cuentas cifradas. (Perdonadme la calumnia que hago del general pero desde pequeñito me lavaron el cerebro diciendo que era muy malo).( aceptemos que nunca robó ni una sola peseta del erario público). Tenemos la Ultima foto, una foto del Cristo de Medinacelli. Cubierto de llagas, exhalando su último suspiro, pobre como una insolencia sin castigo, tierno y lascivo, bello en todo su dolor y su gloria, tremendo, terrible, maltratado como un animal salvaje al que unos niños hubiesen cogido odio, su corona de espinas brilla como un rubí ensangrentado, son zarzas que queman, culebras de dolor maldito, antorchas que hieren los cabellos y la frente, gotas de oprobio quemante, acíbar negro. El general gastó un millón de pesetas en una perla para la Virgen.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
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