Coleópteros marcianos.
Es espléndida mi colección de coleópteros marcianos. En una pequeña y extraplana caja con marco de carey verde y tapa de cristal finísimo tengo el muestrario más exótico que he podido adquirir de mis visitas a ese planeta. Empezando por la izquierda tengo un coleóptero rojo, con tres mandíbulas superpuestas, es un bellaco comunista, exquisitamente rojo, de un rojo agresivo, dañino a la vista, sus tenazas serían capaz de cortar un dedo, es grande el monstruo, inmensamente grande, como un aplauso, devora pequeños colibríes marcianos como alimento. Cuando el diminuto colibrí se acerca al pistilo de su hibisco extraterrestre, el monstruo lo apresa con sus mandíbulas y le corta la cabeza al pajarillo. En ese momento, en algún lugar del universo, alguien deja de tocar la armónica, suspende su música y exhala un suspiro de terror. Es feo el endemoniado, tan púrpura como un fabuloso goterón de sangre, entre los rojos hibiscos marcianos depreda colibríes de oro, y yo estoy orgulloso de tenerlo en el muestrario muerto, con un alfiler clavado entre los elitros, culpable de múltiples asesinatos y condenado a una inercia eterna. Al lado tengo un escarabajo transparente, ¿no lo ves?, espera, inclinaré un poco la caja, ¿lo ves ahora?, es un prodigio de la naturaleza, es un raro tipo de mimetismo, es tan transparente como el cristal, invisible al ojo humano, como si fuera una medusa hecha de agua, brilla al sol iridiscentemente arcoirisado, con todas las facetas de la luz, entre las piedras rojas, las pizarras granates de Marte, pasa desapercibido, se alimenta de gusanos transparentes y es un furibundo autocanibal, devora sus propias larvas sin sentimiento maternal alguno. Sus larvas son monstruosas, horribles, tienen dobles corolas de ganchos, reptan bajo los troncos de las euforbias marcianas, y vampirizan todo lo que tocan con sus ventosas bucales, como horribles sanguijuelas de Ares. Mira, es tan hermoso como repulsivo, ¿no ves sus dos mandíbulas dobles?, espera, lo iluminaré con esta pequeña lámpara, ¿Lo ves ahora?, qué maravillosa y siniestra hermosura. Olvídalo, detente ahora en la esquina de la caja, mira ese enorme escarabajo verde, es una estridencia de azules y turquesas, una maravilla del diseño, todo artificial, es un coleóptero guerrero, los marcianos los han estado criando desde hace milenios, lo utilizan como nosotros a los gallos de pelea, apuestan grandes sumas de dinero, combaten feroces como soldados criminales, no se dan tregua hasta que uno de ellos cae destrozado por la mitad.. Oh, los marcianos, son seres exquisitos, sibaritas del arte, cuando los emplean en la lucha toman raíces de isgnosia, algo así como nuestro ayahuasca amerindio, y contemplan la batalla semihipnotizados por la droga, dentro de un sueño de ópalos y aguamarinas. Fíjate, en el otro extremo tengo una variedad tan azul que si lo tocaras con el dedo tu dedo se quedaría teñido y sufrirías un escozor terrible por sus alérgenos. Olvídalo de nuevo, ves ese pequeño escarabajo del centro, ¿No te dice nada?, pues de noche brilla como una endemoniada hoguera, resplandece como el más precioso de los diamantes, ahora, muerto, es sencillamente un trozo de corcho negro. Apagaré las luces, espera, no te tropieces, ¿lo ves ahora?, brilla el bellaco eh?. Encenderé de nuevo las luces. En este otro extremo tengo otro leviathan, parece un escarabajo terráqueo ¿verdad?, pues en la gran pirámide con rostro de hombre que los marcianos edificaron para la grandeza de sus dioses este escarabajo desprendía una música celeste, un pequeño trinar tan relampagueante como el de los grillos de la tierra, y lo empleaban para el Ton Honorais, el más terrorífico de los tormentos marcianos, pues despellejaba la piel de sus víctimas lentamente. Dame un beso, mañana te enseñaré mi colección de mariposas.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
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