Este de Francia, enero de 1917.
El capitán Fouché mira al cielo a través de la ventana de su despacho. Es un día claro, con apenas unas pocas nubes de cristales de hielo que se desplazan perezosamente a varios miles de metros de altura. En cualquier caso, a suficiente altura para no interferir con el motor de los biplanos que conforman su escuadrilla. El capitán sabe bastante de nubes, por ejemplo, sabe que en pocos minutos pueden formarse formaciones de cúmulo-nimbos que den lugar a una formidable tormenta, especialmente en verano, y convertirse en una trampa mortal de la que resulte difícil salir. Por un instante deja vagar su imaginación y al mirar hacia los cirros empieza a asociar formas. Una de las nubes, tras un súbito cambio, ha adoptado la forma de una espada. Al instante la asocia con el fuego... el fuego es rojo... la espada es roja... ¿Dónde diablos estará? Todavía tiene en su memoria el último encuentro y aunque salió ileso, jamás había visto una habilidad semejante a los mandos de un avión. Pero pronto su deseo de un nuevo encuentro va a cumplirse.
Un vigía golpea la puerta y se precipita jadeando en el interior del despacho.
-¡El barón rojo, señor!
-Avisa inmediatamente a toda la escuadrilla. Que despeguen en el orden establecido.
-¡A la orden, señor!
El vigía sale disparado del despacho y comunica las órdenes. Todos los pilotos y sus ayudantes acuden a sus biplanos, se colocan las gafas, comprueban la ametralladora y uno tras otro se dirigen hacia la pista de despegue. La atmósfera se llena del zumbido de las hélices. El capitán se ha puesto sus guantes de cuero, ha ajustado sus gafas con precisión milimétrica y ya está a los mandos de su biplano. Su ayudante gira la hélice a su señal y el motor se pone en marcha con una cadencia rítmica.
Los aviones, diez en total, ya ruedan por la pista de despegue y van despegando uno tras otro. Sobre ellos, a 300 metros de altura, les aguarda el más extraño de los fenómenos: una escuadra de aviones alemanes pintados de vivos colores: rojo, anaranjado, violeta, verde, amarillo... ¿Por qué pintar los aviones de modo que resulten más llamativos? ¿No es más lógico pasar desapercibido, camuflarse, confundirse con el cielo y las nubes? Sí, lo es, pero la idea de actuar así ha partido del barón y el motivo es que desafía a los aviadores franceses para que acudan a luchar con él. Los que se atrevan, naturalmente. Mas Fouché y los suyos se atreven. El barón ya los ha visto despegar y en su rostro se esboza una sonrisa.
¿Quién es este hombre? ¿Un loco, tal vez? Si le preguntáramos a Fouché, lo más probable es que respondiera que más que un loco, es un demonio. Un demonio rojo salido de lo más profundo del cielo. Un demonio que ya había derribado a decenas de expertos pilotos franceses y amenazaba con continuar su cacería hasta el fin de los tiempos. Si le preguntáramos a sus compañeros de escuadrilla, dirían que es un hombre reservado, de exquisitos modales, que nunca habla más de lo necesario, al que le gusta la caza, que siempre va impecablemente vestido, y en cuyos azulados ojos puede aparecer una llama en cuestión de segundos si alguien osa cruzar las líneas que invisiblemente ha trazado en torno suyo sin ser invitado. Las mujeres que lo han conocido han caído rendidas a sus pies, hechizadas por ese halo de misterio que lo envuelve y seducidas por el lobo que adivinan bajo la piel del hombre cortés.
Pero, si bien disfruta con la caza, si bien no desdeña la compañía de hermosas mujeres de rubios cabellos y tez pálida, donde disfruta y se siente verdaderamente vivo es a los mandos de su biplano, surcando el cielo en busca de su presa. No en vano, ha hecho suya la frase de Nietzsche de vivir peligrosamente. Para el barón rojo, la vida es matar a los mandos de su avión, y la muerte es vivir pacíficamente entre los hombres. ¿Qué importa la duración de la vida? Lo que importa es lo que hacemos con ella, y es preferible una hora de gloria a ochenta años de oscuridad pequeño-burguesa. Toda vida puede redimirse con un acto heroico. Así piensa el barón. Ciertamente, la bala que le matará ya está en camino, mas no será en esta ocasión.
A una señal suya, toda la escuadrilla alemana se precipita en picado sobre la de Fouché, que asciende hacia su posición.
Los alemanes atraviesan la formación francesa como halcones que irrumpieran en una bandada de palomas. En el primer envite, uno de los aviones franceses ha sido alcanzado y una nube alargada de humo negro surge al instante de su motor. El piloto parece que no ha sido alcanzado, pues intenta planear y se dirige hacia la pista de aterrizaje. Fouché lo sigue con la vista un instante, pero no puede esperar al desenlace, pues ha de atender a asuntos más urgentes: los alemanes se reorganizan y vuelven al ataque. Ahora tiene un avión enemigo que se dirige de frente justo hacia él, apunta y aprieta el botón de la ametralladora. Dispara una ráfaga y un instante después tira de los mandos de su avión elevándose y pasando por encima del biplano alemán, cuyo piloto ha sido alcanzado. El avión alemán entra en barrena y veinte segundos después se estrella contra el suelo.
Fouché ve como uno de sus aviones tiene detrás al barón rojo, que dispara destrozándole la cola e impidiendo cualquier maniobra. El avión francés está sentenciado: solo puede volar en línea recta y la siguiente ráfaga alcanza al piloto por la espalda y le mata en el acto. El barón da un giro a la izquierda e inclinando su biplano dispara de arriba hacia abajo sobre otro piloto francés. Las balas agujerean el fuselaje trazando una diagonal punteada y alcanzan en el cuello y el costado al piloto, cuyo avión entra en barrena y se estrella poco después. Un poco más allá un avión francés persigue a uno alemán, que intenta esquivar sus disparos inclinándose hasta casi poner las alas en vertical, pero es interceptado por otro piloto alemán que acude en ayuda del primero y disparándole de abajo hacia arriba le alcanza en las alas, haciéndole imposible continuar el combate. El piloto francés opta por la retirada y escapa con una hábil maniobra hacia la pista de aterrizaje sin que nadie le siga.
El barón se dispone a realizar una de sus maniobras favoritas. Inclina el morro hacia arriba forzando al máximo la máquina y en pocos segundos asciende más de 100 metros. Una vez alcanzado el punto más alto de la trayectoria, gira sobre sí mismo y cae en vertical sobre la escuadra francesa seleccionando en una fracción de segundo a su presa, sobre la que dispara sin piedad: el piloto francés es alcanzado en la cabeza y los hombros, suelta los mandos y se estrella cerca de los anteriores. El barón está ahora bajo la escuadra francesa, estabiliza su avión y se dirige ascendiendo en diagonal hacia Fouché, sobre el que dispara, mas el capitán francés ya le ha visto ascender antes y conoce la segunda parte de la maniobra del as alemán, de modo que inclina su avión y evita la ráfaga mortal, que tan solo le alcanza en un brazo destrozándole el codo. En esas condiciones es un suicidio seguir combatiendo, por lo que hace una señal a los demás miembros de su escuadra para que abandonen el combate y se dirijan hacia la pista de aterrizaje. Los alemanes han vencido, pero no les persiguen: ya continuarán el duelo en otra ocasión.
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