Capítulo XLVIII
Ya estoy metido en la profesión de literato que consiste en perder el dinero que no se gana.
Mi estancia frente a la mesa ha sido ímproba porque lo que más sé es que si no se ponen unas palabras detrás de otras no hay literatura, muchas palabras unas detrás de otras, millones de palabras.
Algunos atacan mi prolificidad, cuando yo tengo el remordimiento de haber producido poco. ¡Qué otras novelas estaría en vísperas de hacer si hubiera acabado todas las que aún no he escrito y de las que sólo algunas están ya casi escritas!
El sistema de la creación literaria es escribir sin parar y sin acordarse de personajes anteriores, seguido y al azar, recorriendo los caminos más diversos y aprovechando los seres que nos aludan en el camino o las cosas de nombre vivo o muerto que encontremos al margen del recorrido.
La literatura no es más que tener talento literario y meterse en casa a escribir, sin pensar si se está haciendo por la vida o por la muerte.
De mi fecundidad se ha querido hacer un arma contra mí. Pero ¿cómo voy yo a no encontrar injusto eso si a cada cosa le sigo dedicando la atención entrañable que necesita y no puedo realizar mis proyectos y veo retrasadas mis últimas obras en las casas editoras?
En esa época hubiera matado al que me dijese que la literatura no lo era todo.
Un escritor es lo que se llama un alma en pena, una alma en pena de oraciones, creaciones, palabras, necesidad de vivir la suposición y el invento de algo superior que falta en la vida.
Capítulo LVI
Cuando alaban una cosa mía suelo exclamar: "¡Mis miserias me ha costado!"
La literatura no es un medio para comer, pero hay que ir comiendo mientras se escribe la literatura.
Lo que pasa es que el escritor no puede estar pensando en pequeñeces y eso le mete en el hambre. Hay muchos interesados en que no coma el escritor, porque su hambre es contraste de otras harturas.
Capítulo LIX
Con todo lo que se vive y lo que se escribe no se logra dominar la vida por un momento encontrándole el sabor indudable e inolvidable.
Desde luego la señal de la realidad no está en la tecnología del conocimiento, es una chispa, una cuchara de madera, un hierro en la nieve.
Lo que más he buscado es el asa de la realidad para asirme a ella, para agarrarme.
La realidad es mentira. Eso se nota sobre todo cuando la relata un buen novelista de realidades pero más aun cuando es un mal novelista.
No, esa realidad chabacana además es mentira y pone en ridículo y declara premioso el tiempo que corre.
Entonces ¿cómo agarrar la evidencia?
Ahí está el quid.
No se sabe.
Desde luego no está en la realidad superficial, porque esa realidad nos ha engañado y es muy absurdo que encima la ponderemos, la describamos y repitamos su infidelidad dolorosa.
En mis muchos libros, si hay algo importante son las señales de esa realidad imponderable que he encontrado a través de la vida.
¿Cuál es el asa fehaciente de la realidad? ¿Ese olor de olla de arroz que acaban de limpiar? ¿Ese momento en que la gallina se baja sus bombachas y pone el huevo? ¿Ese goce de coronas cuando las flores han muerto? ¿Esa maleta nueva en que los punzones de las hebillas aún entran con dificultad en los agujeros de las correas? ¿Ese vibrar de cristales en que el cristalino del ojo entra en inquietud? ¿El disparo de esos cañoncitos de balcón que hacen su salva cuando el rayo de sol meridiano enciende la pólvora con la lupa? ¿El pío-pío de esos pájaros de alero que cuidan las cornisas? ¿El pisar el pedregullo del jardín y tomar chocolate con migas? ¿Ese espacio abandonado ingratamente por todos en la plataforma del tren? ¿Ese olor a coche frío de la vuelta de los entierros? ¿Ese cristal hecho como con alambres de niebla y detrás de cuya opaca trama se ve la más indiscreta sombra? ¿Aquellas máquinas para hacer cigarrillos que estaban entre trompetillas para sordos y máquinas de recortarse las uñas? ¿Ese babeo de la máquina del tren a la sombra del andén? ¿Quizás el ver al partir de viaje esas luces que corren a través de las ventanillas del tren parado y sin luz en la vía paralela a la nuestra?
Estoy en diálogo perpetuo conmigo mismo buscando esa señal de lo real absoluto.
No encuentro la señal, no la encuentro.
Capítulo LXXIV
El primer viaje a América fue en el verano de 1931. Me decidí a cambiar completamente de destino, ya que el que tenía se había desgajado.
Voy a América atraído por una luz de horizontes que a lo que menos se parece es a un semáforo porque es una luz de pleno día.
La clave inefable de Buenos Aires la encontré allí, y me expliqué ese fondo mágico, de corazón del mejor pisapapeles del mundo, que existe en la ciudad más interesante y cortés de América.
En Buenos Aires me puse a vivir de nuevo como si me fuese a ir nunca.
Di conferencias sobre el arte y la poesía, pero el éxito principal se debió a mi invención de las conferencias maleta, prestidigitación cándida alrededor de los objetos más diversos que sacaba de mi gran valija y que renovaba a cada nueva conferencia.
Pero yo ya no estaba como conferenciante, yo estaba como enamorado.
Mi vida en Buenos Aires se inquietó desde el primer momento porque había conocido a la había de ser mi mujer, a Luisa Sofovich, porteña nacida el año 12, de padres rusos, y con un niño de meses de su primer matrimonio.
La gracia clara de Buenos Aires relucía en su sencillez, y noté en sus ojos la certeza de la comprensión y la puntería del matiz en auxilio de la palabra.
En la raza nueva Luisa era la muchacha –exótica americanizada y españolizada– llena de fe en la literatura y en el amor.
Ella era el grito de la respuesta después de haberme pasado muchos años viajando hasta exhaustar el otro hemisferio, y lo maravilloso es que la esfinge americana cerraba el arcano con sus palabras, me conmovía con sus aprensiones, y me decía "ya llegastes" con una afirmación que desvanecía la duda de vivir.
Muchas vueltas di por el mundo buscándola y he de confesar que mi visita a América fue una última carta en la posibilidad de encontrarla. Probablemente sin ese deseo de probar la última suerte en busca de un perfil en que encajase el recorte del azar, no hubiese salido de Madrid y hubiera renunciado a ese viaje como renuncié a tantas cosas.
Mujer de claridad –aun con los misterios de sus dos natividades–, tenía un gran estilo su alma, despectiva y sensible como si tuviese puestos los ojos en un horizonte final de Arte puro.
Para mi fue el deslumbramiento de lo que buscaba del otro lado de lo supuesto como el último eco del logro supremo de la esperanza.
Por eso, acabados todos los viajes, todas las ceremonias y todas las despedidas, saltamos al Cap Arcona y nos fuimos a España.
Capítulo LXXIX
Yo trabajo las novelas y los libros entre innumerables pausas en que escribo innumerables artículos.
¡Conozco las tapias del tiempo como un condenado! ¡Cuántas más obras hubiera escrito si no tuviese que vivir de los artículos!
Hay muchos días que escribo seis o siete.
Junto a esa labor periodística de diarios, son innumerables mis artículos para revistas.
Toda esa ímproba labor me ha quitado el tiempo en estos años difíciles para dedicarme a la novela y el libro.
El artículo es un bistec de escritor que se corta él a sí mismo carneando en su propia anatomía.
Por eso hay que pagárselo.
Sólo sé que sólo gracias al periódico vive el escritor, pues los libros son largos de escribir y cortos de venta.
Capítulo LXXXIII
La literatura no es sólo la obra hecha sino la independencia y la dignidad en que se vivió mientras se hacía, manteniéndose insobornable, que es la única condición que nos asemeja a Dios.
Hay que ser ilusionista de la vida y así tener optimismo, que es no querer acogerse a la comodidad del gusano de tierra, que es arrojarse en brazos del pesimismo.
Hay que tener esperanza, que es lo que tira de la vida hacia el porvenir.
Capítulo LXXXIX
El escritor que es sólo escritor no tiene más remedio que utilizar la noche para su labor, porque puede poner en fila de utilización catorce o diez y seis horas seguidas, y en esas horas de portal cerrado nadie le llama, le distrae o le irrita.
Yo llevo muchos años de nocturnidad en que no están exceptuados ni los sábados ni los domingos.
En España me acostaba a las siete de la mañana, pero en América hay que trabajar más para poder subsistir y me acuesto a las nueve o a las diez de la mañana.
A las tres de la tarde –con toda fijeza, haya dormido poco o mucho– amanezco a la vida, un poco deslumbrado por su luz pero animoso y despierto.
Me gusta vivir en la noche porque los vivos son iguales a los muertos en el sueño. (Muchas veces hemos estado muertos en sueños y Dios ha tenido la consideración de resucitarnos.)
Mi vigilia es la de estar despierto y en guardia, evitando que la muerte se lleve a los que duermen con las ventanas abiertas a mi alrededor. ¡No me lo agradecerán lo bastante, pero la muerte alarmada huye al ver un testigo sempiterno!
En la noche de Buenos Aires mis únicos hermanos con la luz encendida son los ascensores.
(Ramón Gómez de la Serna, Automoribundia, Buenos Aires: Sudamericana, 1948.)
Ni Veracruz es Veracruz ni Santo Domingo es Santo ni Puerto Rico es tan Rico pa qe los veneres tanto
¡Has matado a uno de los tuyos¡. Me estorbaba el paso. ("Alien Resurrection").
Ama el Arte, es de todas las Mentiras la menos Falaz