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LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
Aunque el tema sea tabú hasta el día de hoy a causa del ominoso pacto de silencio en la pseudo-modélica transición española, que no tenía otra finalidad que asegurar la impunidad de los delincuentes de la dictadura, que se valían del chantaje a través de un Ejército y fuerzas de seguridad de espíritu totalmente antidemocrático después de 40 años de Gobierno totalitario, dejará de serlo a partir de ahora. La dictadura franquista robó decenas de miles de niños a sus padres (unos 30.000), por considerarlos no adeptos al régimen, y les cambió la identidad para "repartirlos" arbitrariamente por toda la geografía nacional, sobre todo a familias adictas a la dictadura, después de que muchos de ellos sufrieran maltratos tras su secuestro por parte del Estado franquista. Otro vergonzoso y silenciado capítulo de nuestro pasado reciente. Algunos estábamos al tanto de estos desmanes, pero hay que reconocerle al juez Garzón el mérito de dejar al aire el hilo del que otros sin duda tirarán a partir de ahora, aunque algunos preferirían que todo siguiera en la penumbra de la particular omertà española.
"Los niños perdidos son víctimas del franquismo"
El auto pide que se repare a los hijos de republicanos arrebatados a sus padres
Presas republicanas en la cárcel madrileña de Ventas. - M. Á. M.
M. Á. M. - MADRID - 19/11/2008 08:00
Durante la dictadura franquista se estableció un "plan sistemático" de recuperación
de niños cuyos padres, por su ideología, fueron considerados por el
régimen "no aptos para asumir su cuidado". El juez Baltasar Garzón
reclama en su último auto "la obligación" de investigar estas
desapariciones, sustracciones y cambios de identidad registradas
durante la dictadura. "El régimen franquista invocaba la protección
de menores", pero la idea que aplicaba de esta protección no se
distinguía de un régimen punitivo. Los niños debían expiar activamente
los pecados de su padre y se les repetía que ellos también
eran irrecuperables.Frecuentemente eran separados de las demás
categorías de niños internados en las Instituciones del Estado y
sometidos a malos tratos físicos y psicológicos", según describe el
magistrado en su auto. Para Garzón, este delito constituye un
crimen contra la Humanidad que no ha prescrito, ya que muchas víctimas
los hijos y algunos padres podrían estar vivas. Por eso, el magistrado
insta a las instituciones, al Ministerio Fiscal y a los jueces a que
investiguen, sancionen a los culpables y "se repare a las víctimas", de
manera que puedan recuperar su identidad robada. El juez incluye
en su escrito algunas cifras, basadas en fuentes históricas, que
elevan, por ejemplo, a más de 30.000 el número de hijos de presas
republicanas tutelados por la dictadura entre 1944 y 1954. Garzón
especifica cuáles fueron las principales formas de sustracción de
menores. El juez recuerda a los niños cuyos apellidos fueron
modificados para entregarlos a familias adictas al régimen franquista.
"Muchos de aquellos hijos les fueron retirados a las madres y nunca
fueron devueltos a sus familiares de origen, ni tampoco se intentó
hacerlo", denuncia el magistrado. "Los niños perdidos son también parte de las víctimas del franquismo", concluye el juez Garzón en su auto.
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Temudjin
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El Caso de los Niños Perdidos del Franquismo . Crimen Contra la Humanidad
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- El Caso de los Niños Perdidos del Franquismo . Crimen Contra la Humanidad
- http://www.tirant.com/detalle?articulo=8498763037
- http://www.tirant.com/portadas/8498763037.jpg
- 9788498763034
- 8498763037
- . Miguel Ángel Rodríguez Arias.
- Tirant lo Blanch
Miguel Ángel Rodríguez Arias
10/2008 - Tirant lo Blanch - Monografías
Nº 592
1ª Edición / 436 págs. / Rústica / Castellano / Libro
ISBN10 8498763037; ISBN13 9788498763034
Salida y disponibilidad inmediata desde nuestro almacén
La
reciente condena de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa a
la dictadura franquista, el pasado 17 de marzo de 2006, supuso el
primer reconocimiento internacional del denominado caso de los niños
perdidos, hijos de presas republicanas arrebatados a sus madres y cuyos
apellidos fueron modificados para permitir su adopción por familias
adictas al régimen; pero también niños impunemente secuestrados en
Francia, y otros países para su "reintegración a la patria", todavía en
los cincuenta. Niños muchas veces buscados por sus hermanos y
familiares durante décadas, pero que siguen desconociendo, aún hoy, su
verdadera identidad al igual que en los casos de las Abuelas de Plaza
de Mayo, en Argentina, o del robo de niños aborígenes de las Stolen
Generations en Australia.
Más allá del silencio por parte de la reciente ley "de la memoria"
de 26 de diciembre de 2007, el presente estudio abordará la
calificación jurídica de estas conductas como crímenes de lesa
humanidad de desaparición forzada de personas, en su modalidad agravada
infantil, - su marcado carácter de género corno represalia, aún
vigente, a toda una generación de mujeres por su compromiso con la
democracia, o la injerencia en la vida privada y familiar de estas
personas y en su derecho de educar a sus hijos conforme a sus
creencias, por parte del naciona[catolicismo obligatorio, entre otras
cuestiones de insospechada actualidad -, así como el análisis de los
incumplidos deberes de España de: a) interrumpir la consumación
permanente de estos crímenes revelando el paradero de los niños tomados
en su día bajo la tutela del Estado, b) dar normal cumplimiento a las
obligaciones internacionales de reparación e indemnización, en todas
sus formas, a familiares y niños perdidos localizados, pero también a
los familiares de los aún sin localizar por omisión de las funciones
del Estado, y c) enjuiciar a todos los responsables de estos crímenes
internacionales no prescritos en virtud del mismo legado de Nuremberg
que, todavía hoy, continua llevando a los tribunales a los últimos
fugitivos nazis.
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berkut47
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El mundo
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
Esto es de vergüenza, y encima la impresentable espe, en 59" se jacto de dar loas al asesino Franco....
Si la tiranía y la opresión llegasen a esta tierra, será bajo el disfraz de lucha contra un enemigo extranjero.La pérdida de la libertad doméstica será cargada de provisiones contra el peligro extranjero, real o imaginario.James Madison
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Temudjin
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LOS NIÑOS QUE ROBÓ LA DICTADURA FRANQUISTA
Domingo 18 de agosto de 2002 - Número 357
INVESTIGACIÓN | LOS HIJOS QUE ROBÓ FRANCO
Los hijos que robó Franco
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| Vicenta muestra el acta de defunción de su padre. /LEONARDO ANTONIADIS |
«Nadie nace con siete años, con zapatos de charol y vestida con un
trajecito blanco. Pues así fue como oficialmente nací yo...». Vicenta,
a sus 69 años, aún conserva aquella singular partida de nacimiento,
expedida a su llegada a un hospicio de Madrid en 1940. La edad se la
calcularon a ojo, porque ella imagina que entonces tendría unos cinco
años. Aquellos relucientes zapatitos y el vestido inmaculado que se
referían en el papel fueron lo único que, de verdad, le quedó de su
breve vida anterior. Un misterio más que sólo después de pasar por
cuatro familias sucesivas y una primera huida adolescente pudo entender
del todo.
Hace apenas dos años que la mujer recompuso el rompecabezas de su
verdad. Antes que en Argentina, hubo niños desaparecidos en España. La
madeja de los recuerdos infantiles de Vicenta quedó sujeta por un leve
hilo que el trasiego de las adopciones jamás rompió. Nunca olvidó las
palabras que las monjas del orfanato hicieron como no oír -pero
escribieron en su falsa partida de nacimiento- el día en que, para la
dictadura de Franco, la niña Vicenta empezó su nueva y depurada
existencia.
«Mi padre es capitán y se llama Melecio Álvarez Garrido». Y en aquella
obsesión infantil de repetir que era la hija de un apuesto capitán
encontró, mucho después, respuestas a sus preguntas: «¿Quién soy? ¿Cómo
me llamo? ¿Por qué me han robado mi nombre?».
En realidad Melecio, el padre biológico -fusilado el 24 de octubre de
1940, en Paterna (Valencia), a la edad de 43 años-, era el comisario
principal de la 82 Brigada Mixta del Ejército republicano.Y la pequeña
Vicenta, a los ojos del nuevo Régimen, una hija de republicano
derrotado que debía ser reeducada con unos nuevos padres afectos al
bando vencedor.
Ajena a todo, la pequeña y miles de críos como ella fueron condenados a
padecer uno de los capítulos más oscuros de la represión de posguerra.
Fueron los niños perdidos del franquismo, separados forzosamente de sus
familias y dados en adopciones ilegales en virtud de una ideología,
inspirada en los postulados filonazis del comandante Antonio
Vallejo-Nájera (jefe del servicio de Psiquiatría del Ejército), que
defendía la «segregación desde la infancia» de los hijos de los rojos
para «liberar a la sociedad de la terrible plaga» del marxismo.
La caza del hijo del rojo no se limitó a España, donde las cárceles,
repletas de madres, eran un vivero para dinamizar la política de
proahijamientos impulsada desde el poder para salvar a los hijos de los
marxistas. A partir de 1941, gracias a una ley (publicada en el BOE de
4 de diciembre), el Régimen procuró la repatriación del máximo número
de niños de republicanos que habían sido evacuados al extranjero.
Tiempos difíciles. En ese año se crea el Tribunal para la Represión de
la Masonería y el Comunismo. España entera era una cacería.
La búsqueda de los niños fue encomendada por Franco al servicio
exterior de Falange. Llamaron al organismo Delegación Extraordinaria de
Repatriación de Menores. En ocasiones protagonizó secuestros.Una vez en
España, a los pequeños se les cambiaban los apellidos y se les dotaba
de una nueva identidad, logrando un efecto perverso: se dificultaba
cualquier reunificación familiar futura. Los hospicios de Auxilio
Social y ciertos colegios religiosos canalizaban la marea de infantes
rescatados «de las garras» de los demonizados rojos.
LA REPATRIADA
Florencia Calvo, otra de las niñas robadas, fue cazada por los camisas
azules cuando estaba acogida en el sur de Francia por un matrimonio
galo. «Llegó un momento que noté que me escondían.Me cambiaban de
vestimenta todos los días para que los de la Falange [el régimen
colaboracionista con los nazis de Petain les dejaba hacer] no me
reconocieran. Pero al final dieron conmigo, me metieron en un tren y me
trajeron a España».
La historia de esta mujer, que con su hermana pequeña, María, había
sido evacuada antes del triunfo nacional a un campamento para niños al
otro lado de los Pirineos, es otra de las recogidas en el libro Los
niños perdidos del franquismo . (Plaza & Janés), de Montse Armengou
y Ricard Belis. En un bombardeo alemán sobre el sur de Francia ya en la
II Guerra Mundial, las Calvo García se separaron. Florencia fue acogida
por un matrimonio francés; María, por uno norteamericano residente en
la zona. La dictadura, poco después, logró repatriarlas, les cambió los
nombres e impidió su reencuentro.
Hubieron de pasar 60 años para que un milagro hiciera posible que la
una volviera a saber de la otra. María contemplaba en televisión Quién
sabe dónde cuando vio a una señora (Florencia) que mostraba la foto de
su hermana pequeña. El corazón le dio un vuelco: la niña de la
fotografía era ella. La corazonada quedó confirmada más tarde con las
correspondientes pruebas de ADN.
«Yo he tenido», explica María (era la pequeña de seis hermanos y hoy
cumple 70 años), «cuatro nombres. Al nacer, mis padres me ponen María
del Carmen Calvo García. Al perderme en el sur de Francia, como no
recuerdo los apellidos, me inscriben en el consulado español de Burdeos
como María Expósita. Al repatriarme a España, con la Ley de 1941, me
cambian los apellidos y me ponen María Pérez Gómez. Y finalmente, mis
padres adoptivos, los de Jumilla (Murcia), me bautizan como María Lucas
García. Aquella Ley permitía poner apellidos a boleo a los hijos de
rojos. Si no me hubieran borrado mis apellidos me habría encontrado con
mis hermanos mucho antes».
La niña Vicenta, a diferencia de las hermanas María y Florencia, nunca
salió de España. A ella la salvó una amiga de su padre, Dolores, que
era a quien el militar Melecio había encomendado su guarda. O eso
pretendió, al menos, la mujer al dejarla bien vestida y aseada en el
andén de la estación de Valencia del que partía hacia Madrid un tren
repleto de niños. Los huérfanos saludaban desde las ventanillas con las
banderitas españolas y de la Falange que los organizadores del viaje
pusieron en sus manos inocentes.
Del tren de los niños perdidos, a la Diputación, y de allí al hospicio,
situado en el colegio de La Paz, en la calle O'Donnell de Madrid, donde
la bautizaron y le dieron un nuevo nombre: Vicenta Flores Ruiz. Cuatro
veces fue dada en adopción. «Mi corazón era un balón que se inflaba y
desinflaba cada vez que sor Irene y don Conrado, el director de aquella
inclusa, me llamaban. "Vicentina, que tus padres vienen a buscarte.
¿Sabes? Te perdieron durante la Guerra pero ya están aquí"...».
Y se recuerda la niña Vicenta corriendo por los pasillos de aquel
colegio donde le reescribieron con renglones torcidos una infancia de
huérfana. «Estaba convencida, cada vez, de que me iba a encontrar de
frente a Melecio, pero allí aparecían unos señores desconocidos».
Sus primeros padres postizos fueron alemanes afincados en
Madrid.«Tenían coche y un perro enorme y negro». Los segundos, dos
viejas y gruñonas viudas de generales. «Quería que me quisieran, pero
me llamaban ladronzuela y nunca me abrazaban. Les cogía una peseta, la
escondía en el patio y al día siguiente les decía: "Mira lo que me he
encontrado". Pero ellas no me querían...».
Después llegaron los dueños de la zapatería, gente con posibles.«Pasé
una Navidad con ellos y fueron muy generosos. Me regalaron más juguetes
que los que había tenido en toda mi vida». Y por último aparecieron los
labriegos de Herencia (Ciudad Real), a los únicos que con los años
terminó llamando padres. En tierras manchegas empezó a comprender su
tragedia, y cobraron nuevos significados las palabras rojo y azul
(sinónimos ya de bueno y malo, de vencido y vencedor). Vicenta también
entendió que llegaba el momento de la verdad.
UNA ADOLESCENTE
Tenía 14 años, unos padres adoptivos por los que empezaba a sentir
cariño y la necesidad imperiosa de encontrar respuestas a sus grandes
interrogantes. Fue entonces cuando Vicenta encaró su primer acto de
reafirmación personal. Tenía que escapar de Herencia para buscar a su
verdadero padre, en Valencia. Corría el año 1947. El mapa de su memoria
no se había desdibujado con tantos avatares. «Recordaba que vivíamos en
el número 13 de la calle Ramón y Cajal, en el primero derecha». Hacia
allí encaminó sus pasos de adolescente huida. «Me costó dar con la casa
porque la numeración había cambiado. El número 13 era el 7. La señora
Carmen, la vecina del primero izquierda, me abrió la puerta.Ella me
confirmó lo que siempre supe: que era la hija de Melecio».
Aunque en aquellos años, con la herida de la Guerra aún abierta y
Europa recién sacudida del yugo fascista, nadie quería responder a
muchas preguntas, la joven Vicenta empezó a saber. «Claro que te
recuerdo; si ibas a una academia de baile con una de mis niñas», le
dijo la señora Carmen. De su padre no tenía noticias, le explicó, desde
que Valencia, sede del último Gobierno de la II República y puerta de
salida al exilio de miles de españoles, cayó bajo el Ejército de
Franco.
Por Carmen supo también Vicenta que su madre falleció en el parto, o
eso al menos había oído, y que Melecio, viudo, buscó a distintas
mujeres para que guardaran a su pequeña mientras él cumplía como
militar desde el cuartel situado de manera provisional en el Hotel
Alhambra. La primera cuidadora, cuyo nombre Carmen no recordaba, era
una señora sorda que no oyó las sirenas de uno de los bombardeos
lanzados por la aviación franquista sobre Valencia y que puso en
peligro a la niña. La segunda niñera, según supo, era conocida por la
Lola. Ella, de seguir viva, tenía las llaves con las que franquear las
puertas del resto de los enigmas.
Las pesquisas de la adolescente se vieron frustadas cuando la policía
dio con ella y la mandó de vuelta a Ciudad Real. Pero Vicenta volvió
con sus padres adoptivos, Urbano Sánchez Rabadán y Sagrario Martín
Fontecha, con la íntima convicción de que no cejaría hasta saber toda
su historia. Tardó cuatro años en volver a dejar el pueblo.
«A Urbano y Sagrario nunca los abandoné. En su día volví a Herencia y
los enterré, con sus lápidas y nichos en propiedad. Mis hijos les
llamaban abuelos... Pero cuando cumplí los 18 años supe que tenía que
regresar a Valencia. Allí estaba, aún por desenterrar, mi verdadera
identidad. Durante mucho tiempo me he preguntado por qué me mandaron
tan lejos. Creo que lo hicieron aposta: un pueblo perdido donde habían
arraigado fuerte las ideas franquistas.Oyendo a la gente, sabía que
tenía que morderme la lengua. Yo era la hija de un rojo. He vivido
siempre con miedo, hasta que dije: "No te calles tanto que te vas a
morir sin hablar". Desde entonces lo digo bien alto: soy la hija de
Melecio. Que sea rojo, que sea blanco, qué más me da. Era mi padre.
¿Era rojo? ¡Pues soy la hija de un rojo!... Ya pagué con lo que nadie
tiene que pagar: me robaron el nombre».
El testimonio de Vicenta, y otros recogidos por los autores del libro,
que saldrá en octubre, rescata la realidad de los trenes que cruzaban
España cargados con niños camino de las inclusas del Régimen. Se
trataba, según formulación del psiquiatra Vallejo-Nájera, de pura
eugenesia: «La segregación de estos sujetos desde la infancia podría
liberar a la sociedad de la temible plaga del marxismo». Lo decía
quien, en la prisión de mujeres de Málaga, realizó «investigaciones
psicológicas en marxistas femeninos delincuentes».
Parte de los experimentos del psiquiatra consistían en la separación de
las mujeres de sus hijas. El Régimen, a través del Patronato para la
Redención de Penas por el Trabajo (que regía también sobre los campos
de concentración creados en la posguerra), presumía de ello. Así lo
hacía en una memoria de 1944 que elevaba «al Caudillo de España y a su
Gobierno»: «Miles y miles de niños han sido arrancados de la miseria
material y moral; miles y miles de padres de esos niños, distanciados
políticamente del Nuevo Estado Español, se van acercando a él
agradecidos a esta trascendental obra de protección».
No todos aquellos niños perdidos tuvieron la fortuna y el tesón
suficientes para reconstruir sus desdichadas historias personales.En
Valencia, en su segundo viaje, ya con 18 años, Vicenta encontró mucho
de lo que fue a buscar. Primero, un trabajo de criada en una casa que
le permitía subsistir, y luego, las pistas con las que, décadas más
tarde, localizó a la Lola. Su nombre era Dolores Luzón. Y el Régimen,
sin que Vicenta entonces ni lo intuyera, sabía de ella desde que la
pequeña llegó a Madrid el 20 de agosto de 1940 en el tren de niños. Un
documento que pudo conseguir años después así lo acredita: «Interrogada
esta menor (...), las Hermanas han podido conocer los siguientes datos:
que estuvo bajo la protección de Melecio Álvarez Garrido y de Dolores
Luzón».Se añadía un dato significativo: «Que el tal Melecio era capitán
de los rojos».
Cuando Vicenta dio con Lola la mujer se quedó lívida. «¿Qué podía
hacer? Tu padre ya estaba en prisión y yo no tenía para mantenerte.O te
metía en aquel tren de niños refugiados o yo misma terminaría en la
cárcel... Eso sí, te vestí lo más elegante que pude».
Hasta que tuvo todas las piezas de su rompecabezas hubieron de pasar
casi 70 años, los que ahora cree que cumple Vicenta Flores Ruiz, la
niña perdida en los orfanatos franquistas por ser quien era. Desde que
se casó, el 18 de febrero de 1955, vive en Francia.Su última casa está
situada a las afueras de París. Cómo terminó ella cruzando la frontera
es otra larga historia.
En Valencia, mientras trabajaba de sirvienta y seguía el rastro dejado
por su padre, leyó un anuncio de prensa que le cambiaría la vida. Se
buscaban, decía el texto, chicas de conjunto para un espectáculo de
baile. No se lo pensó dos veces. «Entonces no estaba bien visto, pero
me presenté y me eligieron. Allí conocí a la Bella Dorita y a Antonia
Amaya. Tras la gira por pueblos de Valencia fuimos a Barcelona. Sí,
viví aquellos años de cabaré en el Paralelo y el Molino Rojo». Hasta
que un día apareció el que sería su marido, «un catalán de Perpiñán que
estaba de turismo en Barcelona».
Tras la boda, «por la Iglesia, como yo quería», la pareja cruzó la
frontera. «Al ir a sacarme el pasaporte», recuerda Vicenta, «me vieron
la certificación literal del acta de nacimiento y se quedaron
extrañados. Decían que nadie nace a los siete años y con zapatos de
charol».
Hasta hace una década aparcó la búsqueda de su padre. «He esperado a
que mis hijos crecieran y empezaran a casarse, pues tuvimos seis, para
poder volver a dedicarme a lo mío... Escribí a Lobatón (que entonces
dirigía para la televisión Quién sabe dónde), al colegio de La Paz de
Madrid, al archivo militar de Salamanca...».Entre sus hallazgos, le
emocionó saber que su padre quiso, estando en prisión en la víspera de
su fusilamiento, darle una verdadera familia. «Escribió una carta al
alcalde de su pueblo, Villalpando, en Zamora, indicando quién de su
familia (era hijo de un médico) podía hacerse cargo de su hija, que con
cinco años se quedaba sola en Valencia».
UN VIEJO CAMARADA
Una reunión de exiliados de la dictadura en Perpiñán, en 1999, permitió
a Vicenta dar con la pista definitiva de su padre. «Recopilé los libros
y revistas en los que se hablaba de Valencia y, ya en casa, encontré un
texto en el que un tal Isidro Guardia contaba su experiencia en las
prisiones del franquismo (El exilio del exilio interior: las cárceles).
Al leer que hablaba de la 82 Brigada recordé que ésa era la de mi
padre...». La primera conversación, tras localizar el teléfono de
Guardia, fue algo precipitada:
-¿Es cierto que usted conoció al capitán Melecio Álvarez Garrido?
-Pero, oiga, ¿quién es usted?
-Mire, le llamo desde París. Soy la hija de Melecio.
-¿Y su madre se llamaba Reme?
-Pues no lo sé... Nunca nadie me ha dicho quién fue mi madre.
Las charlas (ella en París, él en Valencia) se sucedieron hasta que,
hace un año, el que fuera compañero de Melecio durante la guerra y
Vicenta se encontraron cara a cara, en Paterna. En el cementerio, a
medida que sus pasos se aproximaban a la tumba del militar fusilado, se
cerró una larga, dolorosa y tristemente repetida historia. «Te recuerdo
junto a tu padre. Él estaba encargado de la evacuación de los
refugiados a través del puerto de Valencia.Hubiera podido subir a un
barco y salvarse, pero no quiso. El deber le hizo quedarse hasta el
final y lo pagó muy caro».
Muchos de los niños que tampoco pudieron huir, o que si lo hicieron
terminaron repatriados por la Falange, corrieron la suerte de su
pequeña Vicenta. «Siempre estabas subida a las piernas de tu padre,
tenías un flequillo cortito... Me acuerdo de que una vez en una
excursión te picó una abeja y tu padre te puso barro en la herida».
También las palabras de Isidro Guardia, en aquel cementerio de Paterna,
le sonaban a Vicenta reconfortantes. Le estaban hablando, por fin, de
su verdadero padre. Su capitán.
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TESTIMONIOS DE UNA VERGUENZA
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ELLA ENCONTRÓ A SU PADRE Hasta
hace año y medio, Vicenta Flores, que tiene alrededor de 70 años y
ahora vive en Francia, no pudo confirmar quién fue su padre y cuándo
murió. En la foto, el momento en el que un viejo camarada la conduce
hasta su tumba. Melecio Álvarez fue fusilado en Paterna (Valencia) unos
meses después de que ella ingresara en un hospicio madrileño donde le
dieron una identidad falsa.
REENCUENTRO EN «QUIÉN SABE DÓNDE»
Las hermanas Florencia (72 años) y María (70), que aparecen de niñas en
la portada, fueron repatriadas desde Francia por la Falange y dadas en
adopción.Florencia: «Cuando llegué pregunté a una monja por mi
hermana.Me dijo: “Seguramente la tirarían por la ventanilla del
tren”.Nunca lo creí». Se reencontraron en el programa de Paco Lobatón
casi 60 años después.
SECUESTRO EN LA CALLE
José Murillo. Su hermana María Esperanza fue secuestrada e internada en
un convento de clausura a la fuerza: «Le dijeron a mi madre: “Se han
llevado a cuatro niñas que estaban jugando en la calle. A tu niña, a la
de Josefa y a dos más...”».
«NOS LLAMABAN ESCORIA»
Hermanas Aguirre. Francisca (escritora), Susana y Margarita: «Las de
Auxilio Social nos juntaron y nos dijeron que éramos escoria, hijas de
horribles rojos, ateos, criminales, que no merecíamos nada y que
estábamos allí por pura caridad pública».
EL POBRE NIÑO LENIN
Julia Manzanal. «Cuando fueron a detener a Justa Mir, su hijo lloraba y
ella le llamó: “Lenin, ven hijo mío”. Los policías le dijeron: “¿Qué ha
dicho, cómo se llama el niño?”. Cogieron al crío por las piernas y le
estrellaron la cabeza contra la pared».
ROBO EN EL HOSPITAL
Emilia Girón. Hermana del guerrillero El León del Bierzo: «Me dijeron
que se llevaban a mi niño para bautizarlo y ya nunca lo volví a ver...
Y con esa angustia he estado toda mi vida, porque sé que lo parí. Me
pregunto a cuántos más se llevaron».
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UN AÑO DE CONMOVEDORA INVESTIGACIÓN
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Era el año 2000. El Parlamento catalán
acababa de aprobar una ley que permitía indemnizar a las personas que
habían estado presas por culpa del franquismo. Un equipo del programa
30 minuts de la televisión catalana decidimos hacer un reportaje sobre
aquellos hombres y mujeres que ahora, al final de sus vidas, recibían
por primera vez un reconocimiento a su lucha. Así fue como supimos que
la Dictadura tuvo otros presos de los que no se hablaba: los niños, las
víctimas inocentes que habían cometido el delito de ser hijos de rojos.
Fue el historiador Ricard Vinyes el primero que nos habló de niños en
las cárceles, que morían o que no habían regresado jamás con sus
familias. Sus palabras se nos grabaron en el cerebro. No éramos
conscientes, entonces, de cuánto horror tendríamos que escuchar, de
cuántas veces nuestras lágrimas se habrían de juntar con las de
protagonistas como Julia Manzanal cuando contaba cómo vio morir a su
hija en la cárcel de Amorebieta sin que ningún médico la atendiera, o
Emilia Girón: «Se llevaron a mi hijo para bautizarlo, pero ya no lo
volví a ver jamás». El Régimen dejó constancia escrita de muchas de sus
barbaridades, pero sus herederos se encargaron de que los documentos no
aparecieran nunca, como la Falange o la Fundación Nacional Francisco
Franco. Muchas veces sólo nos quedan las palabras de las víctimas, y
muchas han desaparecido porque nuestro interés por ellas llegó
demasiado tarde. Otras no quieren hablar, aún tienen miedo. Fuimos
sumando el testimonio de quienes están dispuestos a pasar un mal rato
recordando momentos dolorosos para que quede constancia. Ésta es la
desconocida historia de los niños perdidos del franquismo. Teresa
Martín, que estuvo presa con su madre, nos decía: «Muchas cosas han
desaparecido pero la Historia está ahí. Si alguien quiere que la
memoria perdure, no tiene más que preguntar. Tengo 62 años, es la
primera vez que hablo, es la primera vez que me preguntan».
MONTSE ARMENGOU y RICARD BELIS (autores del libro Los niños
perdidos del franquismo, que el 24 de octubre publicará Plaza &
Janés)
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Temudjin
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LOS NIÑOS QUE ROBÓ LA DICTADURA FRANQUISTA
Domingo 18 de agosto de 2002 - Número 357
INVESTIGACIÓN | LOS HIJOS QUE ROBÓ FRANCO
Los hijos que robó Franco
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| Vicenta muestra el acta de defunción de su padre. /LEONARDO ANTONIADIS |
«Nadie nace con siete años, con zapatos de charol y vestida con un
trajecito blanco. Pues así fue como oficialmente nací yo...». Vicenta,
a sus 69 años, aún conserva aquella singular partida de nacimiento,
expedida a su llegada a un hospicio de Madrid en 1940. La edad se la
calcularon a ojo, porque ella imagina que entonces tendría unos cinco
años. Aquellos relucientes zapatitos y el vestido inmaculado que se
referían en el papel fueron lo único que, de verdad, le quedó de su
breve vida anterior. Un misterio más que sólo después de pasar por
cuatro familias sucesivas y una primera huida adolescente pudo entender
del todo.
Hace apenas dos años que la mujer recompuso el rompecabezas de su
verdad. Antes que en Argentina, hubo niños desaparecidos en España. La
madeja de los recuerdos infantiles de Vicenta quedó sujeta por un leve
hilo que el trasiego de las adopciones jamás rompió. Nunca olvidó las
palabras que las monjas del orfanato hicieron como no oír -pero
escribieron en su falsa partida de nacimiento- el día en que, para la
dictadura de Franco, la niña Vicenta empezó su nueva y depurada
existencia.
«Mi padre es capitán y se llama Melecio Álvarez Garrido». Y en aquella
obsesión infantil de repetir que era la hija de un apuesto capitán
encontró, mucho después, respuestas a sus preguntas: «¿Quién soy? ¿Cómo
me llamo? ¿Por qué me han robado mi nombre?».
En realidad Melecio, el padre biológico -fusilado el 24 de octubre de
1940, en Paterna (Valencia), a la edad de 43 años-, era el comisario
principal de la 82 Brigada Mixta del Ejército republicano.Y la pequeña
Vicenta, a los ojos del nuevo Régimen, una hija de republicano
derrotado que debía ser reeducada con unos nuevos padres afectos al
bando vencedor.
Ajena a todo, la pequeña y miles de críos como ella fueron condenados a
padecer uno de los capítulos más oscuros de la represión de posguerra.
Fueron los niños perdidos del franquismo, separados forzosamente de sus
familias y dados en adopciones ilegales en virtud de una ideología,
inspirada en los postulados filonazis del comandante Antonio
Vallejo-Nájera (jefe del servicio de Psiquiatría del Ejército), que
defendía la «segregación desde la infancia» de los hijos de los rojos
para «liberar a la sociedad de la terrible plaga» del marxismo.
La caza del hijo del rojo no se limitó a España, donde las cárceles,
repletas de madres, eran un vivero para dinamizar la política de
proahijamientos impulsada desde el poder para salvar a los hijos de los
marxistas. A partir de 1941, gracias a una ley (publicada en el BOE de
4 de diciembre), el Régimen procuró la repatriación del máximo número
de niños de republicanos que habían sido evacuados al extranjero.
Tiempos difíciles. En ese año se crea el Tribunal para la Represión de
la Masonería y el Comunismo. España entera era una cacería.
La búsqueda de los niños fue encomendada por Franco al servicio
exterior de Falange. Llamaron al organismo Delegación Extraordinaria de
Repatriación de Menores. En ocasiones protagonizó secuestros.Una vez en
España, a los pequeños se les cambiaban los apellidos y se les dotaba
de una nueva identidad, logrando un efecto perverso: se dificultaba
cualquier reunificación familiar futura. Los hospicios de Auxilio
Social y ciertos colegios religiosos canalizaban la marea de infantes
rescatados «de las garras» de los demonizados rojos.
LA REPATRIADA
Florencia Calvo, otra de las niñas robadas, fue cazada por los camisas
azules cuando estaba acogida en el sur de Francia por un matrimonio
galo. «Llegó un momento que noté que me escondían.Me cambiaban de
vestimenta todos los días para que los de la Falange [el régimen
colaboracionista con los nazis de Petain les dejaba hacer] no me
reconocieran. Pero al final dieron conmigo, me metieron en un tren y me
trajeron a España».
La historia de esta mujer, que con su hermana pequeña, María, había
sido evacuada antes del triunfo nacional a un campamento para niños al
otro lado de los Pirineos, es otra de las recogidas en el libro Los
niños perdidos del franquismo . (Plaza & Janés), de Montse Armengou
y Ricard Belis. En un bombardeo alemán sobre el sur de Francia ya en la
II Guerra Mundial, las Calvo García se separaron. Florencia fue acogida
por un matrimonio francés; María, por uno norteamericano residente en
la zona. La dictadura, poco después, logró repatriarlas, les cambió los
nombres e impidió su reencuentro.
Hubieron de pasar 60 años para que un milagro hiciera posible que la
una volviera a saber de la otra. María contemplaba en televisión Quién
sabe dónde cuando vio a una señora (Florencia) que mostraba la foto de
su hermana pequeña. El corazón le dio un vuelco: la niña de la
fotografía era ella. La corazonada quedó confirmada más tarde con las
correspondientes pruebas de ADN.
«Yo he tenido», explica María (era la pequeña de seis hermanos y hoy
cumple 70 años), «cuatro nombres. Al nacer, mis padres me ponen María
del Carmen Calvo García. Al perderme en el sur de Francia, como no
recuerdo los apellidos, me inscriben en el consulado español de Burdeos
como María Expósita. Al repatriarme a España, con la Ley de 1941, me
cambian los apellidos y me ponen María Pérez Gómez. Y finalmente, mis
padres adoptivos, los de Jumilla (Murcia), me bautizan como María Lucas
García. Aquella Ley permitía poner apellidos a boleo a los hijos de
rojos. Si no me hubieran borrado mis apellidos me habría encontrado con
mis hermanos mucho antes».
La niña Vicenta, a diferencia de las hermanas María y Florencia, nunca
salió de España. A ella la salvó una amiga de su padre, Dolores, que
era a quien el militar Melecio había encomendado su guarda. O eso
pretendió, al menos, la mujer al dejarla bien vestida y aseada en el
andén de la estación de Valencia del que partía hacia Madrid un tren
repleto de niños. Los huérfanos saludaban desde las ventanillas con las
banderitas españolas y de la Falange que los organizadores del viaje
pusieron en sus manos inocentes.
Del tren de los niños perdidos, a la Diputación, y de allí al hospicio,
situado en el colegio de La Paz, en la calle O'Donnell de Madrid, donde
la bautizaron y le dieron un nuevo nombre: Vicenta Flores Ruiz. Cuatro
veces fue dada en adopción. «Mi corazón era un balón que se inflaba y
desinflaba cada vez que sor Irene y don Conrado, el director de aquella
inclusa, me llamaban. "Vicentina, que tus padres vienen a buscarte.
¿Sabes? Te perdieron durante la Guerra pero ya están aquí"...».
Y se recuerda la niña Vicenta corriendo por los pasillos de aquel
colegio donde le reescribieron con renglones torcidos una infancia de
huérfana. «Estaba convencida, cada vez, de que me iba a encontrar de
frente a Melecio, pero allí aparecían unos señores desconocidos».
Sus primeros padres postizos fueron alemanes afincados en
Madrid.«Tenían coche y un perro enorme y negro». Los segundos, dos
viejas y gruñonas viudas de generales. «Quería que me quisieran, pero
me llamaban ladronzuela y nunca me abrazaban. Les cogía una peseta, la
escondía en el patio y al día siguiente les decía: "Mira lo que me he
encontrado". Pero ellas no me querían...».
Después llegaron los dueños de la zapatería, gente con posibles.«Pasé
una Navidad con ellos y fueron muy generosos. Me regalaron más juguetes
que los que había tenido en toda mi vida». Y por último aparecieron los
labriegos de Herencia (Ciudad Real), a los únicos que con los años
terminó llamando padres. En tierras manchegas empezó a comprender su
tragedia, y cobraron nuevos significados las palabras rojo y azul
(sinónimos ya de bueno y malo, de vencido y vencedor). Vicenta también
entendió que llegaba el momento de la verdad.
UNA ADOLESCENTE
Tenía 14 años, unos padres adoptivos por los que empezaba a sentir
cariño y la necesidad imperiosa de encontrar respuestas a sus grandes
interrogantes. Fue entonces cuando Vicenta encaró su primer acto de
reafirmación personal. Tenía que escapar de Herencia para buscar a su
verdadero padre, en Valencia. Corría el año 1947. El mapa de su memoria
no se había desdibujado con tantos avatares. «Recordaba que vivíamos en
el número 13 de la calle Ramón y Cajal, en el primero derecha». Hacia
allí encaminó sus pasos de adolescente huida. «Me costó dar con la casa
porque la numeración había cambiado. El número 13 era el 7. La señora
Carmen, la vecina del primero izquierda, me abrió la puerta.Ella me
confirmó lo que siempre supe: que era la hija de Melecio».
Aunque en aquellos años, con la herida de la Guerra aún abierta y
Europa recién sacudida del yugo fascista, nadie quería responder a
muchas preguntas, la joven Vicenta empezó a saber. «Claro que te
recuerdo; si ibas a una academia de baile con una de mis niñas», le
dijo la señora Carmen. De su padre no tenía noticias, le explicó, desde
que Valencia, sede del último Gobierno de la II República y puerta de
salida al exilio de miles de españoles, cayó bajo el Ejército de
Franco.
Por Carmen supo también Vicenta que su madre falleció en el parto, o
eso al menos había oído, y que Melecio, viudo, buscó a distintas
mujeres para que guardaran a su pequeña mientras él cumplía como
militar desde el cuartel situado de manera provisional en el Hotel
Alhambra. La primera cuidadora, cuyo nombre Carmen no recordaba, era
una señora sorda que no oyó las sirenas de uno de los bombardeos
lanzados por la aviación franquista sobre Valencia y que puso en
peligro a la niña. La segunda niñera, según supo, era conocida por la
Lola. Ella, de seguir viva, tenía las llaves con las que franquear las
puertas del resto de los enigmas.
Las pesquisas de la adolescente se vieron frustadas cuando la policía
dio con ella y la mandó de vuelta a Ciudad Real. Pero Vicenta volvió
con sus padres adoptivos, Urbano Sánchez Rabadán y Sagrario Martín
Fontecha, con la íntima convicción de que no cejaría hasta saber toda
su historia. Tardó cuatro años en volver a dejar el pueblo.
«A Urbano y Sagrario nunca los abandoné. En su día volví a Herencia y
los enterré, con sus lápidas y nichos en propiedad. Mis hijos les
llamaban abuelos... Pero cuando cumplí los 18 años supe que tenía que
regresar a Valencia. Allí estaba, aún por desenterrar, mi verdadera
identidad. Durante mucho tiempo me he preguntado por qué me mandaron
tan lejos. Creo que lo hicieron aposta: un pueblo perdido donde habían
arraigado fuerte las ideas franquistas.Oyendo a la gente, sabía que
tenía que morderme la lengua. Yo era la hija de un rojo. He vivido
siempre con miedo, hasta que dije: "No te calles tanto que te vas a
morir sin hablar". Desde entonces lo digo bien alto: soy la hija de
Melecio. Que sea rojo, que sea blanco, qué más me da. Era mi padre.
¿Era rojo? ¡Pues soy la hija de un rojo!... Ya pagué con lo que nadie
tiene que pagar: me robaron el nombre».
El testimonio de Vicenta, y otros recogidos por los autores del libro,
que saldrá en octubre, rescata la realidad de los trenes que cruzaban
España cargados con niños camino de las inclusas del Régimen. Se
trataba, según formulación del psiquiatra Vallejo-Nájera, de pura
eugenesia: «La segregación de estos sujetos desde la infancia podría
liberar a la sociedad de la temible plaga del marxismo». Lo decía
quien, en la prisión de mujeres de Málaga, realizó «investigaciones
psicológicas en marxistas femeninos delincuentes».
Parte de los experimentos del psiquiatra consistían en la separación de
las mujeres de sus hijas. El Régimen, a través del Patronato para la
Redención de Penas por el Trabajo (que regía también sobre los campos
de concentración creados en la posguerra), presumía de ello. Así lo
hacía en una memoria de 1944 que elevaba «al Caudillo de España y a su
Gobierno»: «Miles y miles de niños han sido arrancados de la miseria
material y moral; miles y miles de padres de esos niños, distanciados
políticamente del Nuevo Estado Español, se van acercando a él
agradecidos a esta trascendental obra de protección».
No todos aquellos niños perdidos tuvieron la fortuna y el tesón
suficientes para reconstruir sus desdichadas historias personales.En
Valencia, en su segundo viaje, ya con 18 años, Vicenta encontró mucho
de lo que fue a buscar. Primero, un trabajo de criada en una casa que
le permitía subsistir, y luego, las pistas con las que, décadas más
tarde, localizó a la Lola. Su nombre era Dolores Luzón. Y el Régimen,
sin que Vicenta entonces ni lo intuyera, sabía de ella desde que la
pequeña llegó a Madrid el 20 de agosto de 1940 en el tren de niños. Un
documento que pudo conseguir años después así lo acredita: «Interrogada
esta menor (...), las Hermanas han podido conocer los siguientes datos:
que estuvo bajo la protección de Melecio Álvarez Garrido y de Dolores
Luzón».Se añadía un dato significativo: «Que el tal Melecio era capitán
de los rojos».
Cuando Vicenta dio con Lola la mujer se quedó lívida. «¿Qué podía
hacer? Tu padre ya estaba en prisión y yo no tenía para mantenerte.O te
metía en aquel tren de niños refugiados o yo misma terminaría en la
cárcel... Eso sí, te vestí lo más elegante que pude».
Hasta que tuvo todas las piezas de su rompecabezas hubieron de pasar
casi 70 años, los que ahora cree que cumple Vicenta Flores Ruiz, la
niña perdida en los orfanatos franquistas por ser quien era. Desde que
se casó, el 18 de febrero de 1955, vive en Francia.Su última casa está
situada a las afueras de París. Cómo terminó ella cruzando la frontera
es otra larga historia.
En Valencia, mientras trabajaba de sirvienta y seguía el rastro dejado
por su padre, leyó un anuncio de prensa que le cambiaría la vida. Se
buscaban, decía el texto, chicas de conjunto para un espectáculo de
baile. No se lo pensó dos veces. «Entonces no estaba bien visto, pero
me presenté y me eligieron. Allí conocí a la Bella Dorita y a Antonia
Amaya. Tras la gira por pueblos de Valencia fuimos a Barcelona. Sí,
viví aquellos años de cabaré en el Paralelo y el Molino Rojo». Hasta
que un día apareció el que sería su marido, «un catalán de Perpiñán que
estaba de turismo en Barcelona».
Tras la boda, «por la Iglesia, como yo quería», la pareja cruzó la
frontera. «Al ir a sacarme el pasaporte», recuerda Vicenta, «me vieron
la certificación literal del acta de nacimiento y se quedaron
extrañados. Decían que nadie nace a los siete años y con zapatos de
charol».
Hasta hace una década aparcó la búsqueda de su padre. «He esperado a
que mis hijos crecieran y empezaran a casarse, pues tuvimos seis, para
poder volver a dedicarme a lo mío... Escribí a Lobatón (que entonces
dirigía para la televisión Quién sabe dónde), al colegio de La Paz de
Madrid, al archivo militar de Salamanca...».Entre sus hallazgos, le
emocionó saber que su padre quiso, estando en prisión en la víspera de
su fusilamiento, darle una verdadera familia. «Escribió una carta al
alcalde de su pueblo, Villalpando, en Zamora, indicando quién de su
familia (era hijo de un médico) podía hacerse cargo de su hija, que con
cinco años se quedaba sola en Valencia».
UN VIEJO CAMARADA
Una reunión de exiliados de la dictadura en Perpiñán, en 1999, permitió
a Vicenta dar con la pista definitiva de su padre. «Recopilé los libros
y revistas en los que se hablaba de Valencia y, ya en casa, encontré un
texto en el que un tal Isidro Guardia contaba su experiencia en las
prisiones del franquismo (El exilio del exilio interior: las cárceles).
Al leer que hablaba de la 82 Brigada recordé que ésa era la de mi
padre...». La primera conversación, tras localizar el teléfono de
Guardia, fue algo precipitada:
-¿Es cierto que usted conoció al capitán Melecio Álvarez Garrido?
-Pero, oiga, ¿quién es usted?
-Mire, le llamo desde París. Soy la hija de Melecio.
-¿Y su madre se llamaba Reme?
-Pues no lo sé... Nunca nadie me ha dicho quién fue mi madre.
Las charlas (ella en París, él en Valencia) se sucedieron hasta que,
hace un año, el que fuera compañero de Melecio durante la guerra y
Vicenta se encontraron cara a cara, en Paterna. En el cementerio, a
medida que sus pasos se aproximaban a la tumba del militar fusilado, se
cerró una larga, dolorosa y tristemente repetida historia. «Te recuerdo
junto a tu padre. Él estaba encargado de la evacuación de los
refugiados a través del puerto de Valencia.Hubiera podido subir a un
barco y salvarse, pero no quiso. El deber le hizo quedarse hasta el
final y lo pagó muy caro».
Muchos de los niños que tampoco pudieron huir, o que si lo hicieron
terminaron repatriados por la Falange, corrieron la suerte de su
pequeña Vicenta. «Siempre estabas subida a las piernas de tu padre,
tenías un flequillo cortito... Me acuerdo de que una vez en una
excursión te picó una abeja y tu padre te puso barro en la herida».
También las palabras de Isidro Guardia, en aquel cementerio de Paterna,
le sonaban a Vicenta reconfortantes. Le estaban hablando, por fin, de
su verdadero padre. Su capitán.
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TESTIMONIOS DE UNA VERGUENZA
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ELLA ENCONTRÓ A SU PADRE Hasta
hace año y medio, Vicenta Flores, que tiene alrededor de 70 años y
ahora vive en Francia, no pudo confirmar quién fue su padre y cuándo
murió. En la foto, el momento en el que un viejo camarada la conduce
hasta su tumba. Melecio Álvarez fue fusilado en Paterna (Valencia) unos
meses después de que ella ingresara en un hospicio madrileño donde le
dieron una identidad falsa.
REENCUENTRO EN «QUIÉN SABE DÓNDE»
Las hermanas Florencia (72 años) y María (70), que aparecen de niñas en
la portada, fueron repatriadas desde Francia por la Falange y dadas en
adopción.Florencia: «Cuando llegué pregunté a una monja por mi
hermana.Me dijo: “Seguramente la tirarían por la ventanilla del
tren”.Nunca lo creí». Se reencontraron en el programa de Paco Lobatón
casi 60 años después.
SECUESTRO EN LA CALLE
José Murillo. Su hermana María Esperanza fue secuestrada e internada en
un convento de clausura a la fuerza: «Le dijeron a mi madre: “Se han
llevado a cuatro niñas que estaban jugando en la calle. A tu niña, a la
de Josefa y a dos más...”».
«NOS LLAMABAN ESCORIA»
Hermanas Aguirre. Francisca (escritora), Susana y Margarita: «Las de
Auxilio Social nos juntaron y nos dijeron que éramos escoria, hijas de
horribles rojos, ateos, criminales, que no merecíamos nada y que
estábamos allí por pura caridad pública».
EL POBRE NIÑO LENIN
Julia Manzanal. «Cuando fueron a detener a Justa Mir, su hijo lloraba y
ella le llamó: “Lenin, ven hijo mío”. Los policías le dijeron: “¿Qué ha
dicho, cómo se llama el niño?”. Cogieron al crío por las piernas y le
estrellaron la cabeza contra la pared».
ROBO EN EL HOSPITAL
Emilia Girón. Hermana del guerrillero El León del Bierzo: «Me dijeron
que se llevaban a mi niño para bautizarlo y ya nunca lo volví a ver...
Y con esa angustia he estado toda mi vida, porque sé que lo parí. Me
pregunto a cuántos más se llevaron».
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UN AÑO DE CONMOVEDORA INVESTIGACIÓN
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Era el año 2000. El Parlamento catalán
acababa de aprobar una ley que permitía indemnizar a las personas que
habían estado presas por culpa del franquismo. Un equipo del programa
30 minuts de la televisión catalana decidimos hacer un reportaje sobre
aquellos hombres y mujeres que ahora, al final de sus vidas, recibían
por primera vez un reconocimiento a su lucha. Así fue como supimos que
la Dictadura tuvo otros presos de los que no se hablaba: los niños, las
víctimas inocentes que habían cometido el delito de ser hijos de rojos.
Fue el historiador Ricard Vinyes el primero que nos habló de niños en
las cárceles, que morían o que no habían regresado jamás con sus
familias. Sus palabras se nos grabaron en el cerebro. No éramos
conscientes, entonces, de cuánto horror tendríamos que escuchar, de
cuántas veces nuestras lágrimas se habrían de juntar con las de
protagonistas como Julia Manzanal cuando contaba cómo vio morir a su
hija en la cárcel de Amorebieta sin que ningún médico la atendiera, o
Emilia Girón: «Se llevaron a mi hijo para bautizarlo, pero ya no lo
volví a ver jamás». El Régimen dejó constancia escrita de muchas de sus
barbaridades, pero sus herederos se encargaron de que los documentos no
aparecieran nunca, como la Falange o la Fundación Nacional Francisco
Franco. Muchas veces sólo nos quedan las palabras de las víctimas, y
muchas han desaparecido porque nuestro interés por ellas llegó
demasiado tarde. Otras no quieren hablar, aún tienen miedo. Fuimos
sumando el testimonio de quienes están dispuestos a pasar un mal rato
recordando momentos dolorosos para que quede constancia. Ésta es la
desconocida historia de los niños perdidos del franquismo. Teresa
Martín, que estuvo presa con su madre, nos decía: «Muchas cosas han
desaparecido pero la Historia está ahí. Si alguien quiere que la
memoria perdure, no tiene más que preguntar. Tengo 62 años, es la
primera vez que hablo, es la primera vez que me preguntan».
MONTSE ARMENGOU y RICARD BELIS (autores del libro Los niños
perdidos del franquismo, que el 24 de octubre publicará Plaza &
Janés)
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aubados
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
Por cierto ,,no será verdad que la hija de la collares, és una de esos hijos perdidos
Lo digo porque durante muchos años se ha dicho que no era hija de Franco
LAS LEYES SON COMO TELAS DE ARAÑA,,LOS PODEROSOS SE ESCAPAN Y LOS DEBILES QUEDAMOS ATRAPADOS
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FALCONETE
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
Pero Franco como iba a tener una hija si era maricón.
En África tenía dos moritos que les llamaba “asistentes” y lo ponían mirando a Melilla.
¿Habéis visto alguna vez una foto del bautizo de la niña?
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aubados
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
FALCONETE:
Pero Franco como iba a tener una hija si era maricón.
En África tenía dos moritos que les llamaba “asistentes” y lo ponían mirando a Melilla.
¿Habéis visto alguna vez una foto del bautizo de la niña?
Pues ahora que lo dices,,,no
LAS LEYES SON COMO TELAS DE ARAÑA,,LOS PODEROSOS SE ESCAPAN Y LOS DEBILES QUEDAMOS ATRAPADOS
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pepetell75
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
¡MENTIRA PODRIDA Y MANIPULACION A DESTAJO!
Mi madre fue, mejor dicho estuvo a punto de ser una niña perdida solo que mi abuelo, fue en busca de ella antes de que se la llevaran.
¿Quienes se los llevaron? Los republicanos que marcharon al exilio.
En Cataluña ante los persistentes bombardeos y los avances de las tropas Nacionales, fueron muchos los que llevaron a sus hijos de colonias. Entiendase por colonias a darlos a la asistencia para alejarlos de las zonas de conflicto.
Ante el avance relámpago de las tropas NACIONALES, tomaron la decisión e partir hacia Francia y ante la imposibilidad de devolver los niños a sus padres, se los llevaron con ellos, terminando muchos en la madre Rusia que no era los que los había parido.
Mi Madre, estaba en una colonia cerca de Salt, provincia de Gerona. Mi abuelo conocedor de ese éxodo, partió hacia Gerona y recupero a su hija la que hoy es mi madre.
Rojos de mierda y manipuladores, iros a tomar por culo.
Que sepáis que muchos de esos niños, cuando llego la democracia decidieron volver a su España. No es que Franco no los reclamara, es que las circunstancias de la 2ª guerra mundial, dio al traste con las pesquisas y Rusia se quedo con el oro, los niños, el Carrillo y la Pasionaria para gastarlos.
Estoy en vuestras manos Este pliego es mi voz Esta tinta es mi sangre Esta carta soy yo
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orbaya
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
EL JUEZ BALTASAR GARZON RECUERDA QUE LOS MENORES QUE FUERON ADOPTADOS POR FAMILIAS DEL REGIMEN TAMBIEN SON VICTIMAS
Asturias busca a sus niños perdidos
Los historiadores indican que las desapariciones tendrían que ser investigadas en profundidad. El juzgado de Pola de Laviana decidirá si se exhuma una fosa común situada en Sotrondio.
20/11/2008 J. CUEVAS

Sobre estas líneas y arriba a la derecha, varios niños con las religiosas mercedarias de la prisión MÁS INFORMACIÓN
Edición impresa en PDF
La dictadura argentina no fue la única en la que los vencedores se quedaban con los hijos de los vencidos. El segundo auto publicado por el juez Baltasar Barzón sobre la causa abierta contra los crímenes franquistas ha servido para recordar que, junto a los cadáveres de las fosas y sus familiares, los menores de edad también fueron víctimas del régimen. Algunos podrían no saberlo todavía. Los historiadores coinciden en que aún hay trabajo por hacer para probar si hubo o no desapariciones. La pista más fiable se sitúa en la cárcel de Santurrarán, en la provincia de Mutriku (Guipúzcoa).
El penal vasco fue destino de muchas presas republicanas procedentes de Asturias. "Era una cárcel de mujeres muy grande en la que también estaban los hijos. Según parece, cuando los niños cumplían los tres años los separaban de sus madres", explica el historiador Marcelino Laruelo, que en una investigación sobre las represaliadas asturianas en Santurrarán ya descubrió que al menos 35 mujeres y 7 de niños fallecidos en la cárcel entre los años 1937 y 1944 eran naturales de Asturias.
El juez Garzón recupera en el auto el testimonio de Teresa Martín, una de las niñas que vivió en la prisión vasca, según se publicó en el libro Los niños perdidos del franquismo . "Desaparecían sin saber cómo. Se los han llevado y se acabó", relata Martín. En 1944, los funcionarios y las religiosas --monjas mercedarias-- obligaron a las presas a entregar a sus hijos, que fueron conducidos "en un tren de hierro y madera lleno de niños". El juez indica que alguno volvió a su familia "pero otros no".
En Euskadi, Fernando Agirre es una de las personas que más han investigado sobre la población reclusa de Santurrarán. Explica que "se presupone" que al alcanzar esta edad, los niños eran enviados por Cruz Roja y los servicios sociales a familias de militares franquistas. De todos modos, reconoce que "no hay mucho análisis", y aunque sería necesario profundizar en la investigación, es complicado. "Habría que pedir los registros de entrada y salida de la cárcel, pero los niños no figuran en ellos. Solo las madres".
MAYORIA ASTURIANA. Los que sí están probados, comenta, son los casos de niños que hacían lo posible para que las familias del pueblo acogieran a sus hijos antes de que les fueran arrebatados. También se tiene una idea aproximada del número que podía haber. "En el censo de 1939", relata el historiador vasco, "aparece una solicitud al Ayuntamiento de Mutriku en la que se piden obsequios para los reyes magos y se dice que hay 169 niños". Lo lógico sería pensar que la mayoría eran asturianos o hijos de asturianas nacidos en la prisión, puesto que en ese año 501 de las 1582 reclusas también lo eran. Asturias representaba el colectivo más importante de internas, doblando incluso el número de presas vascas.
Hubo secuestros parecidos dentro del territorio asturiano?. La profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo y experta en esta época, Carmen García, no ha conocido nunca casos de niños sustraídos en Asturias, pero sí de personas que están "buscando su huella" en España. Se trata de niños que fueron enviados al extranjero. "Acabaron en países como Francia o Bélgica y perdieron el vínculo familiar". "Otra cosa", añade García, "son los niños que acabaron en orfelinatos y a los que se trató de educar y adoctrinar a través de la Iglesia". La institución católica y la Sección Femenina de Falange Española se encargaban de la gestión de los niños huérfanos.
LA CAUSA LLEGARA A LAVIANA. El juzgado de Instrucción de Pola de Laviana tendrá que decidir sobre la solicitud de exhumación de una fosa común en San Martín del Rey Aurelio. El primer auto de Garzón no incluía ninguna exhumación en Asturias porque el magistrado de la Audiencia Nacional aún no había recibido la documentación del Principado. El segundo, en el que se anuncia que cada una de las exhumaciones se remitirá a los respectivos juzgados territoriales, solo menciona esta, a raíz de la denuncia de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica. Junto a la de San Martín del Rey Aurelio figuran fosas de otras 17 provincias.
solo se que no se nada
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orbaya
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
EL JUEZ BALTASAR GARZON RECUERDA QUE LOS MENORES QUE FUERON ADOPTADOS POR FAMILIAS DEL REGIMEN TAMBIEN SON VICTIMAS
Asturias busca a sus niños perdidos
Los historiadores indican que las desapariciones tendrían que ser investigadas en profundidad. El juzgado de Pola de Laviana decidirá si se exhuma una fosa común situada en Sotrondio.
20/11/2008 J. CUEVAS

Sobre estas líneas y arriba a la derecha, varios niños con las religiosas mercedarias de la prisión MÁS INFORMACIÓN
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La dictadura argentina no fue la única en la que los vencedores se quedaban con los hijos de los vencidos. El segundo auto publicado por el juez Baltasar Barzón sobre la causa abierta contra los crímenes franquistas ha servido para recordar que, junto a los cadáveres de las fosas y sus familiares, los menores de edad también fueron víctimas del régimen. Algunos podrían no saberlo todavía. Los historiadores coinciden en que aún hay trabajo por hacer para probar si hubo o no desapariciones. La pista más fiable se sitúa en la cárcel de Santurrarán, en la provincia de Mutriku (Guipúzcoa).
El penal vasco fue destino de muchas presas republicanas procedentes de Asturias. "Era una cárcel de mujeres muy grande en la que también estaban los hijos. Según parece, cuando los niños cumplían los tres años los separaban de sus madres", explica el historiador Marcelino Laruelo, que en una investigación sobre las represaliadas asturianas en Santurrarán ya descubrió que al menos 35 mujeres y 7 de niños fallecidos en la cárcel entre los años 1937 y 1944 eran naturales de Asturias.
El juez Garzón recupera en el auto el testimonio de Teresa Martín, una de las niñas que vivió en la prisión vasca, según se publicó en el libro Los niños perdidos del franquismo . "Desaparecían sin saber cómo. Se los han llevado y se acabó", relata Martín. En 1944, los funcionarios y las religiosas --monjas mercedarias-- obligaron a las presas a entregar a sus hijos, que fueron conducidos "en un tren de hierro y madera lleno de niños". El juez indica que alguno volvió a su familia "pero otros no".
En Euskadi, Fernando Agirre es una de las personas que más han investigado sobre la población reclusa de Santurrarán. Explica que "se presupone" que al alcanzar esta edad, los niños eran enviados por Cruz Roja y los servicios sociales a familias de militares franquistas. De todos modos, reconoce que "no hay mucho análisis", y aunque sería necesario profundizar en la investigación, es complicado. "Habría que pedir los registros de entrada y salida de la cárcel, pero los niños no figuran en ellos. Solo las madres".
MAYORIA ASTURIANA. Los que sí están probados, comenta, son los casos de niños que hacían lo posible para que las familias del pueblo acogieran a sus hijos antes de que les fueran arrebatados. También se tiene una idea aproximada del número que podía haber. "En el censo de 1939", relata el historiador vasco, "aparece una solicitud al Ayuntamiento de Mutriku en la que se piden obsequios para los reyes magos y se dice que hay 169 niños". Lo lógico sería pensar que la mayoría eran asturianos o hijos de asturianas nacidos en la prisión, puesto que en ese año 501 de las 1582 reclusas también lo eran. Asturias representaba el colectivo más importante de internas, doblando incluso el número de presas vascas.
Hubo secuestros parecidos dentro del territorio asturiano?. La profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo y experta en esta época, Carmen García, no ha conocido nunca casos de niños sustraídos en Asturias, pero sí de personas que están "buscando su huella" en España. Se trata de niños que fueron enviados al extranjero. "Acabaron en países como Francia o Bélgica y perdieron el vínculo familiar". "Otra cosa", añade García, "son los niños que acabaron en orfelinatos y a los que se trató de educar y adoctrinar a través de la Iglesia". La institución católica y la Sección Femenina de Falange Española se encargaban de la gestión de los niños huérfanos.
LA CAUSA LLEGARA A LAVIANA. El juzgado de Instrucción de Pola de Laviana tendrá que decidir sobre la solicitud de exhumación de una fosa común en San Martín del Rey Aurelio. El primer auto de Garzón no incluía ninguna exhumación en Asturias porque el magistrado de la Audiencia Nacional aún no había recibido la documentación del Principado. El segundo, en el que se anuncia que cada una de las exhumaciones se remitirá a los respectivos juzgados territoriales, solo menciona esta, a raíz de la denuncia de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica. Junto a la de San Martín del Rey Aurelio figuran fosas de otras 17 provincias.
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
EL JUEZ BALTASAR GARZON RECUERDA QUE LOS MENORES QUE FUERON ADOPTADOS POR FAMILIAS DEL REGIMEN TAMBIEN SON VICTIMAS
Asturias busca a sus niños perdidos
Los historiadores indican que las desapariciones tendrían que ser investigadas en profundidad. El juzgado de Pola de Laviana decidirá si se exhuma una fosa común situada en Sotrondio.
20/11/2008 J. CUEVAS

Sobre estas líneas y arriba a la derecha, varios niños con las religiosas mercedarias de la prisión MÁS INFORMACIÓN
Edición impresa en PDF
La dictadura argentina no fue la única en la que los vencedores se quedaban con los hijos de los vencidos. El segundo auto publicado por el juez Baltasar Barzón sobre la causa abierta contra los crímenes franquistas ha servido para recordar que, junto a los cadáveres de las fosas y sus familiares, los menores de edad también fueron víctimas del régimen. Algunos podrían no saberlo todavía. Los historiadores coinciden en que aún hay trabajo por hacer para probar si hubo o no desapariciones. La pista más fiable se sitúa en la cárcel de Santurrarán, en la provincia de Mutriku (Guipúzcoa).
El penal vasco fue destino de muchas presas republicanas procedentes de Asturias. "Era una cárcel de mujeres muy grande en la que también estaban los hijos. Según parece, cuando los niños cumplían los tres años los separaban de sus madres", explica el historiador Marcelino Laruelo, que en una investigación sobre las represaliadas asturianas en Santurrarán ya descubrió que al menos 35 mujeres y 7 de niños fallecidos en la cárcel entre los años 1937 y 1944 eran naturales de Asturias.
El juez Garzón recupera en el auto el testimonio de Teresa Martín, una de las niñas que vivió en la prisión vasca, según se publicó en el libro Los niños perdidos del franquismo . "Desaparecían sin saber cómo. Se los han llevado y se acabó", relata Martín. En 1944, los funcionarios y las religiosas --monjas mercedarias-- obligaron a las presas a entregar a sus hijos, que fueron conducidos "en un tren de hierro y madera lleno de niños". El juez indica que alguno volvió a su familia "pero otros no".
En Euskadi, Fernando Agirre es una de las personas que más han investigado sobre la población reclusa de Santurrarán. Explica que "se presupone" que al alcanzar esta edad, los niños eran enviados por Cruz Roja y los servicios sociales a familias de militares franquistas. De todos modos, reconoce que "no hay mucho análisis", y aunque sería necesario profundizar en la investigación, es complicado. "Habría que pedir los registros de entrada y salida de la cárcel, pero los niños no figuran en ellos. Solo las madres".
MAYORIA ASTURIANA. Los que sí están probados, comenta, son los casos de niños que hacían lo posible para que las familias del pueblo acogieran a sus hijos antes de que les fueran arrebatados. También se tiene una idea aproximada del número que podía haber. "En el censo de 1939", relata el historiador vasco, "aparece una solicitud al Ayuntamiento de Mutriku en la que se piden obsequios para los reyes magos y se dice que hay 169 niños". Lo lógico sería pensar que la mayoría eran asturianos o hijos de asturianas nacidos en la prisión, puesto que en ese año 501 de las 1582 reclusas también lo eran. Asturias representaba el colectivo más importante de internas, doblando incluso el número de presas vascas.
Hubo secuestros parecidos dentro del territorio asturiano?. La profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo y experta en esta época, Carmen García, no ha conocido nunca casos de niños sustraídos en Asturias, pero sí de personas que están "buscando su huella" en España. Se trata de niños que fueron enviados al extranjero. "Acabaron en países como Francia o Bélgica y perdieron el vínculo familiar". "Otra cosa", añade García, "son los niños que acabaron en orfelinatos y a los que se trató de educar y adoctrinar a través de la Iglesia". La institución católica y la Sección Femenina de Falange Española se encargaban de la gestión de los niños huérfanos.
LA CAUSA LLEGARA A LAVIANA. El juzgado de Instrucción de Pola de Laviana tendrá que decidir sobre la solicitud de exhumación de una fosa común en San Martín del Rey Aurelio. El primer auto de Garzón no incluía ninguna exhumación en Asturias porque el magistrado de la Audiencia Nacional aún no había recibido la documentación del Principado. El segundo, en el que se anuncia que cada una de las exhumaciones se remitirá a los respectivos juzgados territoriales, solo menciona esta, a raíz de la denuncia de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica. Junto a la de San Martín del Rey Aurelio figuran fosas de otras 17 provincias.
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
EL JUEZ BALTASAR GARZON RECUERDA QUE LOS MENORES QUE FUERON ADOPTADOS POR FAMILIAS DEL REGIMEN TAMBIEN SON VICTIMAS
Asturias busca a sus niños perdidos
Los historiadores indican que las desapariciones tendrían que ser investigadas en profundidad. El juzgado de Pola de Laviana decidirá si se exhuma una fosa común situada en Sotrondio.
20/11/2008 J. CUEVAS

Sobre estas líneas y arriba a la derecha, varios niños con las religiosas mercedarias de la prisión MÁS INFORMACIÓN
Edición impresa en PDF
La dictadura argentina no fue la única en la que los vencedores se quedaban con los hijos de los vencidos. El segundo auto publicado por el juez Baltasar Barzón sobre la causa abierta contra los crímenes franquistas ha servido para recordar que, junto a los cadáveres de las fosas y sus familiares, los menores de edad también fueron víctimas del régimen. Algunos podrían no saberlo todavía. Los historiadores coinciden en que aún hay trabajo por hacer para probar si hubo o no desapariciones. La pista más fiable se sitúa en la cárcel de Santurrarán, en la provincia de Mutriku (Guipúzcoa).
El penal vasco fue destino de muchas presas republicanas procedentes de Asturias. "Era una cárcel de mujeres muy grande en la que también estaban los hijos. Según parece, cuando los niños cumplían los tres años los separaban de sus madres", explica el historiador Marcelino Laruelo, que en una investigación sobre las represaliadas asturianas en Santurrarán ya descubrió que al menos 35 mujeres y 7 de niños fallecidos en la cárcel entre los años 1937 y 1944 eran naturales de Asturias.
El juez Garzón recupera en el auto el testimonio de Teresa Martín, una de las niñas que vivió en la prisión vasca, según se publicó en el libro Los niños perdidos del franquismo . "Desaparecían sin saber cómo. Se los han llevado y se acabó", relata Martín. En 1944, los funcionarios y las religiosas --monjas mercedarias-- obligaron a las presas a entregar a sus hijos, que fueron conducidos "en un tren de hierro y madera lleno de niños". El juez indica que alguno volvió a su familia "pero otros no".
En Euskadi, Fernando Agirre es una de las personas que más han investigado sobre la población reclusa de Santurrarán. Explica que "se presupone" que al alcanzar esta edad, los niños eran enviados por Cruz Roja y los servicios sociales a familias de militares franquistas. De todos modos, reconoce que "no hay mucho análisis", y aunque sería necesario profundizar en la investigación, es complicado. "Habría que pedir los registros de entrada y salida de la cárcel, pero los niños no figuran en ellos. Solo las madres".
MAYORIA ASTURIANA. Los que sí están probados, comenta, son los casos de niños que hacían lo posible para que las familias del pueblo acogieran a sus hijos antes de que les fueran arrebatados. También se tiene una idea aproximada del número que podía haber. "En el censo de 1939", relata el historiador vasco, "aparece una solicitud al Ayuntamiento de Mutriku en la que se piden obsequios para los reyes magos y se dice que hay 169 niños". Lo lógico sería pensar que la mayoría eran asturianos o hijos de asturianas nacidos en la prisión, puesto que en ese año 501 de las 1582 reclusas también lo eran. Asturias representaba el colectivo más importante de internas, doblando incluso el número de presas vascas.
Hubo secuestros parecidos dentro del territorio asturiano?. La profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo y experta en esta época, Carmen García, no ha conocido nunca casos de niños sustraídos en Asturias, pero sí de personas que están "buscando su huella" en España. Se trata de niños que fueron enviados al extranjero. "Acabaron en países como Francia o Bélgica y perdieron el vínculo familiar". "Otra cosa", añade García, "son los niños que acabaron en orfelinatos y a los que se trató de educar y adoctrinar a través de la Iglesia". La institución católica y la Sección Femenina de Falange Española se encargaban de la gestión de los niños huérfanos.
LA CAUSA LLEGARA A LAVIANA. El juzgado de Instrucción de Pola de Laviana tendrá que decidir sobre la solicitud de exhumación de una fosa común en San Martín del Rey Aurelio. El primer auto de Garzón no incluía ninguna exhumación en Asturias porque el magistrado de la Audiencia Nacional aún no había recibido la documentación del Principado. El segundo, en el que se anuncia que cada una de las exhumaciones se remitirá a los respectivos juzgados territoriales, solo menciona esta, a raíz de la denuncia de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica. Junto a la de San Martín del Rey Aurelio figuran fosas de otras 17 provincias.
solo se que no se nada
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FALCONETE
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Re: LOS NIÑOS PERDIDOS DEL FRANQUISMO
Pero, vamos a ver, Pepito, si se habla de economía, resulta que tú te reúnes CON PERSONAJES DE LAS ALTAS FINANZAS, si se habla de los niños perdidos, resulta que tu madre estuvo en un tris de serlo.
¿No crees que para simular lo que uno no es se tiene que tener un poquito de medida?
¿No crees que cuando se cuentan mentiras, estas tienen que ser medidas porque si no se cae en el PATETISMO?
pepetell75:
¡MENTIRA PODRIDA Y MANIPULACION A DESTAJO!
Mi madre fue, mejor dicho estuvo a punto de ser una niña perdida solo que mi abuelo, fue en busca de ella antes de que se la llevaran.
¿Quienes se los llevaron? Los republicanos que marcharon al exilio.
En Cataluña ante los persistentes bombardeos y los avances de las tropas Nacionales, fueron muchos los que llevaron a sus hijos de colonias. Entiendase por colonias a darlos a la asistencia para alejarlos de las zonas de conflicto.
Ante el avance relámpago de las tropas NACIONALES, tomaron la decisión e partir hacia Francia y ante la imposibilidad de devolver los niños a sus padres, se los llevaron con ellos, terminando muchos en la madre Rusia que no era los que los había parido.
Mi Madre, estaba en una colonia cerca de Salt, provincia de Gerona. Mi abuelo conocedor de ese éxodo, partió hacia Gerona y recupero a su hija la que hoy es mi madre.
Rojos de mierda y manipuladores, iros a tomar por culo.
Que sepáis que muchos de esos niños, cuando llego la democracia decidieron volver a su España. No es que Franco no los reclamara, es que las circunstancias de la 2ª guerra mundial, dio al traste con las pesquisas y Rusia se quedo con el oro, los niños, el Carrillo y la Pasionaria para gastarlos.
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