«Ha venido a verte Gregorio» me dijo mi mujer
con voz temblorosa.
El anuncio de aquella visita me dejó perplejo. Por
un lado era difícil imaginar a alguien que no hubiera oído hablar de Gregor –como
también le conocían algunos. Todo un personaje cuyas hazañas habían comentado
incluso aquellos que ni siquiera conocían su nombre. Era una fama que él
acrecentaba al intentar regirla, pues no se prodigaba en público. Es más se
mostraba más bien retraído, aunque no huraño, al contacto humano.
Miré a mi mujer y su rostro me pareció un
espejo del mío: pleno de perplejidad, intentando comprender cómo alguien tan
poco al trato social se dignaba a visitar a un simple empleado postrado en cama
a causa de unas fiebres, como lo era yo. Pero inquieto por saber qué podía
desear Gregorio de mí le rogué que no le hiciera esperar y lo invitara a pasar.
-¿Estás seguro cariño?
Claro que lo estaba. Cierto que las crisis
febriles se sucedían intermitentes pero aquella tarde apenas tenía una simple
febrícula y me encontraba de buen ánimo como para coger el pequeño libro de
bolsillo y seguir su hilo argumental sin que las frases se transformaran en la
vertiginosa marejada en la cual naufragara en días pasados. Pero en cuanto
Gregor entró por la puerta, encorvándose para no darse con el dintel enseguida
supe que mi esposa no se refería a mi estado de salud, sino a la presencia del
propio visitante. La miré con rabia: ¡Cuánto detestaba que no hablase nunca
claro!
Pedirla que nos trajera una botella de moscatel
y unos bizcochos para pasar el trago fue una venganza por mi parte. Pensé que
ella me leía el pensamiento y que por eso no hacía mención a la
contraproducente combinación de alcohol y medicamentos, pero al instante me di
cuenta que la presencia de Gregorio la impedía rebelarse. Le tenía miedo. Un pánico
visceral, atávico. Un terror frío, palpable que yo había visto antes en ella. Por
eso no necesitaba tocarla para saber que su piel tenía ahora el tacto seco y
rugoso del pápiro. Mientras se afanaba en la cocina podía oír aquel miedo que
la consumía tremolando en la cristalería.
El silencio se había adueñado del cuarto. Yo
escrutaba a Gregorio. La fama confiere a quien la posee un aura que la realidad
desmiente en lo bueno y acrecienta en lo malo. Seguía sin decir esta boca es mía
desde su entrada. Sin cesar de atusarse las guías de sus delgados bigotes daba
algunos pasos y luego los desandaba, siempre sin despegarse del zócalo de la
pared. Sabía que yo estaba pero ignoraba mi presencia. Sencillamente parecía
aguardar embutido en su coriáceo traje negro dando sus pasitos adelante y atrás,
silenciosos, como no queriendo ser sentido.
Pura comedia.
En aquella omisión podía escuchar los latidos
de mi corazón acelerado por una ira que se alimentaba de su repugnante impostura.
Odiaba a Gregorio, a Gregor o como demonios se llamara. El odio crecía
nauseabundo buscando emerger. Traté de contenerlo pero fue en vano. Pude oírme
preguntar «¿A qué has venido Gregorio?» mientras cerraba el libro de golpe.
No hubo respuesta. Sólo un grito y después sentir
el dolor en el vientre, la caricia gélida en la frente y el canto desesperado
de sirena de mi mujer:
-¡Pero si estás ardiendo cariño!
Cuando abrí los ojos la vi afanándose por
envolver en el sudario de papel higiénico el cadáver del Señor Samsa.
Las venéreas no son el único riesgo del sexo. Lo peor de acostarte con extraños es lo extraños que son.