Fantasía sobre “El Señor de los Anillos”.
Tintura de guacamayo efervescente. Esquirla de sombra diamantina. Antracita derretida y calamina licuada. Jaspe roto. Brea densa, brillante, y llena de hormigas blancas, escorpión y gallo, zigzagueo de víbora sobre mercurio, espejo luminoso, resplandeciente níquel esmerilado, vaso de absenta, limones negros. El arpa empieza a sonar, la marimba pone un toque azidulado al ácido más ácido de la nota del arpa, una uña de gato acaricia la superficie de un globo hinchado, sin reventarlo, una hormiga rosa se desliza por el borde de un párpado verde, sobre los pavos reales azules los alacranes vierten una lágrima de incienso y veneno, estallan corolas de hibiscos naranjas y azules, que se abren como labios ansiosos, y el polen se desprende sobre el largo pistilo como si un cisne moviera el cuello. Surgen los feos orcos y los Nazgull, de rostro invisible y oscuro, temibles, coronados de oro y plata, marciales, con sus armaduras de diamante y sus espadas de fierísimo acero. Se elevan los dragones mefistofélicos, vomitando fuego por la boca. Una débil hormiga naranja se empeña en sostener un templo dórico con sus patitas, el templo dórico la aplasta y queda convertida en una mancha amarilla bajo la bota de un bellísimo Nazgull sin rostro, de rostro rosa, de opacidad fucsia, y coronado de dorados resplandores, y éste empuña en su brillante mano una hoz comunista afiladísima, y tiene un anillo en su dedo con un brillante rubí. Alguien, quizás un hormiga de plata, se asoma al fondo de ese rubí, hay orcos deformes nadando en un lago de oro, y arcángeles desnudos nadan con ellos, soportando la soberbia fealdad inmisericorde. Son bellos los arcángeles como lirios, son feos y deformes los orcos como monstruos, en las pupilas de los ángeles se refleja el ámbar de la tarde. Es un ámbar meloso, lleno de naranjas y dorados, con un brillo en las esquinas de lilas dulcísimas. Suenan flautas azules sobre logaritmos de piel nívea, los Nazgull avanzan, rodeados de orcos feísimos, en los ojos de los orcos hay arcángeles tatuados, desnudos y dorados, que practican el sexo con fervor, sobre hojas de loto verde, en estanques negros y brillantes. El arpa desprende una gota de perfume a lilas, los Nazgull avanzan, con hoces en las manos, en vez de espadas, tienen coronas diamantinas, y el no-rostro violeta, rosa, verde. Crecen caléndulas y crisantemos a su paso, y hormigas de plata ascienden por el tallo de las flores, y en su punta se convierten en colibríes de oro. Estallan fuegos morenos sobre playas doradas o negras, riveras cubiertas de petróleo brillan negras y aceitosas como relámpagos oscuros. Un muchacho, bello como una adelfa, se sumerge en el mar, y llega a un paraíso de corales rosas. Un escorpión rodeado de fuego se resiste a clavarse su aguijón y alguien vierte alcohol en las llamas. La luna sale sobre la superficie de la luna. El alacrán se mata a si mismo clavándose su fúnebre aguijón, y el Nazgull, que observa la escena, arranca de su pecho su propio corazón. Las llamas arden como enloquecidas rodeando el cadáver del alacrán muerto, el corazón palpitante del Nazgull cae al suelo, y un orco se lo come, le brillan los ojos al enfermo como una esmeralda desesperada, es deforme el bellaco como un poema malhecho, pero en su mirada hay trece muchachos desnudos, tan hermosos como jacintos rosas. El Nazgull oculta la herida de su pecho. Las llamas devoran al alacrán muerto, y asciende al cielo un aroma a madreselvas frescas, y de ese cielo bajan mariposas de oro, brillantes y deslumbradoras como esquirlas de lapislázulis. Los Nazgull avanzan, y toda la tierra tiembla como un gran tambor.
Se abren paso los Nazgull sobre rosales cuajados de rosas, y con la hoces que llevan en sus manos cortan las flores en una matanza perfumada. Los orcos van tras ellos, violentos y feroces, les brillan en las negras pupilas lagos de fuego y topacio. Arriba, en los cielos, los dragones ejecutan maniobras dementes y crean arabescos de esencia transparente. Brillan los rubíes en las manos de los Nazgull poseídos de una fiebre escarlata, en los rostros fantasmales se reflejan ponientes rosas, violetas, verdes o naranjas, como manchas de aceite sobre el Guadalquivir en una tarde de verano, los rostros irisados se esconden en capuchas sobre las que las diademas de oro hierven con resplandores frenéticos. Los mantos de los Nazgull son negros y están bordados de arabescos de hilo blanco como si fueran Vírgenes sevillanas, por dichos hilos trepan hormigas diamantinas y esmeraldas, febriles y maníacas, ebrias de velocidad. El Nazgull las aparta de un manotazo, y caen al suelo como en una llovizna de insectos. Los orcos rabiosos las aplastan y siguen a sus amos, sedientos de lujuria. Hay en sus ojos fuentes y cascadas en las que se bañan arcángeles negros de ojos tan azules como el firmamento. En el ojo de un cisne una hormiga entra y se diluye, en el ojo de un cocodrilo una hormiga entra y se diluye, en el ojo de un orco una hormiga entra y se diluye. Pasados los rosales iracundos los Nazgull, solemnes, llegan a la explanada. Está cubierta de nieve, y los Nazgull se detienen, sus no-rostros son ahora blancos como la nata, de nácar puro. Arrancan un trozo de nieve del suelo, y lo dejan caer, y una miríada de perlas de cristal suena en una partitura de centellas. Los orcos aplastan los corales níveos, y una hormiga se asoma a un no-rostro de un Nazgull y cae dentro, y al caer en ese espejo de nácar cien mil diapasones vibran en la nota añil de un arpa. Asciende un olor a mirra quemada y los Nazgull, soberbios y bellos, agitan con sus manos las hoces febriles, que relampaguean demoníacas como espejos lunares. La nieve brilla. Sopla el viento del Boreas sobre los dragones, y los mantos de los Nazgull se agitan poseídos de una fiebre espectral, los orcos gruñen rabiosos, son tan feos como pudiera serlo un crimen, y están borrachos de gloria y pavor, en sus bocas los dientes cariados parecen hormigas negras, tienen en los ojos arcángeles tan bellos como cisnes y cisnes tan bellos como alacranes, y en las pupilas de los arcángeles hay otros arcángeles que a su vez comulgan con orcos en una misa negra. Los hombres se abren paso en la nieve y lanzan flechas contra los Nazgull, pero las corazas rompen las flechas que caen al suelo convertidas en serpientes. Los hombres se arrebatan en un frenesí de violencia y se acercan al majestuoso Nazgull, y éste corta la primera garganta humana, de la que brotan hormigas rojas ferocísimas. La batalla comienza y arpas diabólicas sostienen témpanos de hielo negro, y hay un sordo vibrar de cuerdas de platino en la que se retuercen víboras de jade. Toda la explanada se llena de hormigas rojas, y de los pechos abiertos manan hormigas feroces. Las hormigas devoran a los hombres de los que se generan, y los Nazgull triunfales brillan oscuros como negras antorchas de brea.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
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