En los pasados días, la prestigiosa firma escocesa Linn anunció que en el futuro dejará de producir sus reproductores de CD, es decir, aquellos que utilizan soportes físicos, para centrarse en los servidores musicales de la línea DS y los platos giradiscos analógicos Sondek LP 12. Esto, viniendo de quien ha representado desde siempre la excelencia máxima en la reproducción del disco compacto, es significativo de la evolución que previsiblemente seguirán los acontecimientos en el futuro. Ahora bien, ¿ cuáles son las perspectivas que hay para este futuro al que hacemos referencia ?: a eso aludo con el título de este artículo, la famosa cita de Winston Churchill.

En los últimos tiempos estamos oyendo mucho una palabra que parece haberse convertido en el mantra de los devotos de la música en la red, que es Spotify. En el páramo desierto en el que se ha convertido la reproducción musical de excelencia en los últimos tiempos, todo el mundo ha recibido entusiasmado esta nueva plataforma para escuchar música a través de Internet, como la esperanza para sacar del estado agonizante en el que se encuentra la situación. Su, al parecer, enorme flexibilidad y lo extenso de su fondo de obras musicales, han llevado a muchos a pensar en que se trata de la panacea a todos los males. Las dos versiones, gratuita y de pago, posibilitan el acceso a dos productos en el fondo muy diferentes, además de la posibilidad de administrar la cuenta utilizando todo tipo de herramientas para crear un servidor virtual: creación de listas de reproducción, elección de la calidad de decodificación bajo demanda, etc. ( me disculpará mi querido amigo y audiófilo de excepción Pedro, si me dejo alguna posibilidad sin mencionar ).

El hecho es que, en mi modesta opinión, aquí no se ha resuelto ningún problema, ni se ha avanzado lo más mínimo hacia la clarificación del panorama de los contenidos en la red. Estamos donde hemos estado siempre. El problema es que, desde mi punto de vista, Spotify será posible en el futuro sólo si los estudios tenedores de los derechos sobre los contenidos, es decir, la música, lo permiten. Spotify, que está conociendo un crecimiento exponencial en su masa de seguidores, sólo puede negociar desde una posición de fuerza si logra suficiente masa crítica en su versión de pago. No podrá hacer frente a los estudios si no tiene una dimensión suficiente para que sea considerado un riesgo para los titulares de los grandes catálogos. No es necesario recordar que Spotify no es ni mucho menos algo innovador. Muchos otros lo han intentado antes, empezando por el legendario Napster. Es posible que dentro de un tiempo, Spotify haya sido devorado por la voracidad de la industria, cuyo afán autodestructivo es, cuando menos, motivo de admiración por mi parte.

En fín, al ritmo al que se suceden los acontecimientos, estoy convencido que en la próxima década el modelo de consumo de industria cultural, especialmente de música y películas, será totalmente diferente al actual, y además me atrevo a asegurar que nadie es capaz de predecir hoy la definición que tendrá mañana. Aunque, lamentablemente, me temo que la actitud mantenida por todos los actores que forman parte de este escenario, creadores, distribuidores y consumidores, llevará a lo que cada vez parece más previsible: que criterios como la comodidad,la facilidad de acceso y la gratuidad de los contenidos prevalezcan sobre otros como, por ejemplo, la excelencia en la reproducción. Esto en el mejor de los casos, en un país como el nuestro en el que la cultura musical y la responsabilidad en el uso de los contenidos que pone a nuestra disposición la red brillan por su ausencia.

Hasta pronto.