Pido disculpas por no haber podido estar de vuelta con la sección en la fecha prometida, pero con motivo de la programación especial de Ferias en la Cadena Ser no ha habido tiempo para incluir los "versos robados". Espero que este sábado 22 de septiembre todo vuelva a la normalidad y tengamos la oportunidad de encontrarnos de nuevo en la radio.
Mientras tanto, para matar el gusanillo, dejo colgados los últimos "versos" emitidos, con fecha de 4 de agosto, que en su momento no pude publicar por los problemas técnicos ya comentados.
Abrazos para todos, gracias por seguir ahí.
Hace poco más de una semana andaba yo por la tierra de Soria, disfrutando del concierto conjunto de Sabina y Serrat (y también de la noche Soriana, por qué no decirlo). No estoy aquí para hablarles del recital, porque para empezar no podría contárselo con palabras, así que lo mejor que puedo hacer es recomendarles que no se lo pierdan si tienen la oportunidad; no, simplemente es que coincide que Sabina es el autor de los versos que he escogido hoy, incluidos en una de las canciones de su último trabajo, y que lleva por título “Máter España”. En esta canción, el “Flaco” enumera una larga lista de imágenes paradójicas y contradictorias de las que se encuentran habitualmente en este país llamado España. De todas ellas, sin duda la que más me gusta es aquella que define a nuestra patria como “fibra óptica y ladilla”.
No se me ocurre imagen más fiel. A veces nos creemos que vivimos en un país moderno, y de repente la realidad nos larga una ráfaga a quemarropa y nos recuerda lo cutres que somos, o que seguimos siendo. Tendemos a creernos el ombligo del mundo, que estamos a la última en adelantos, tecnología y nivel de vida, pero se cae un cable y volvemos a los años 30. Me estoy refiriendo al incidente vivido la semana pasada en Barcelona, y cuyas consecuencias siguen soportando varios miles de vecinos (y lo que te rondaré, morena). Ese apagón general tan difícil de explicar, o al menos la increíble tardanza en dar respuestas eficaces a los problemas derivados del mismo, soluciones arcaicas como esos generadores atronando día y noche y quitando el sueño a unos vecinos con sobrecarga en su paciencia. Y eso ocurre en la ciudad condal, que presume de moderna y cosmopolita, y que hace 15 años deslumbraba al mundo entero con los mejores juegos olímpicos de la historia.
Claro, a los castellanos nos da la risa cuando oímos al cacique nacionalista, egoísta e insolidario de turno (a veces tiendo a pensar que esas tres palabras son sinónimas, o al menos, complementarias) definiendo la situación en términos de las pocas inversiones que el estado realiza en Cataluña, lo abandonados que se sienten y todas esas cositas. Hay que joderse. Y nos lo dicen cuando aquí también están cociendo habas; o topillos, no lo tengo claro. En Canarias, más que cocerse, se asan directamente en los incendios que asolaron estos días el archipiélago. Y cuando no, es un buque que naufraga cerca de la costa y lo pone todo perdidito de petróleo. Pero todas estas situaciones, con un denominador común: la falta de previsión, la lentitud de respuesta, la falta de soluciones, y por supuesto, el lavarse las manos y echar la culpa al otro. Me da igual ayuntamientos, que juntas o gobiernos nacionales, sean del signo que sean: siempre la chapuza permanente aparece como la marca de la casa en cualesquiera de estas situaciones.
Acaba de llegar nuestro compañero Tornadijo de cubrir la pretemporada del Real Valladolid en tierras holandesas, y me dice lo que ya nos imaginábamos: que viene de otro mundo. Que el país de los tulipanes tiene además unas increíbles infraestructuras, por ejemplo, en medios de transporte. Que las autopistas están totalmente iluminadas. Y que esto sigue siendo casi el tercer mundo. Pero no pasa nada: seguimos contentos y felices, porque en España salimos de tapas, porque somos los inventores de la siesta, y porque esos sosos de centroeuropeos envidian este sol tan cojonudo que calienta nuestros veranos.