DE ELLOS, ¿QUIÉN ME VA A PROTEGER?
Cantaba Ismael Serrano a finales de los 90 unos versos dedicados a las fuerzas de seguridad, aquello de que vivimos atrapados en azul; y más concretamente, en el estribillo de la canción decía: "Ellos me protegen de ti; de ellos, ¿quién me va a proteger?" Por mucho que me gustara la música de este chico, nunca estuve de acuerdo con una visión tan crítica de la policía; pero de repente un día sucede algo que te hace cambiar de opinión y plantearte de nuevo las cosas, al menos.
Les cuento la película: el viernes pasado me forzaron la cerradura del coche y se llevaron el radio cd y (sin duda lo que más me molestó) también la mochila con la carpeta y los apuntes de clase. Me ahorraré comentarles el disgusto que me llevé cuando lo descubrí, e incluso el mosqueo que te provocan pequeños detalles, como el hecho de que un sábado por la tarde sólo esté abierta una comisaría en toda la ciudad para poner una denuncia. El caso es que ahí estaba yo, delante del policía de turno, bastante educado y agradable, por cierto, contándole mi pequeña desgracia particular, mientras él tomaba nota diligentemente. Y detrás de este hombre apareció por allí otro señor policía, también bastante simpático, que me invitó a que la mañana siguiente me acercara con mi coche a las dependencias policiales de la calle Felipe II, para echarle un vistazo a ver si podían averiguar algo. Cuando se marchó, mientras seguíamos con el proceso de la denuncia, el primer policía me comentó, con una sonrisa cómplice: "Es nuestro Grissom particular..." Y aunque uno no ve de la tele más que el informativo de las 2:30, sí que tiene su culturilla general como para deducir que se trataba, nada más y nada menos, de uno de la Científica.
Emocionante, ¿verdad? Así de contento estaba yo, pensando que, gracias al buen hacer del Grissom pucelano y sus hombres, quizá podría recuperar algunas de mis pertenencias, e incluso los malos tendrían que verse las caras con la ley. Y con esta ilusión y mucho sueño me presenté la mañana del domingo en el lugar indicado. Pero allí no estaba el Grissom pucelano; en su lugar había un par de chusqueros a los que parecía que mi presencia importunaba. Con pocas ganas hicieron una llamada para confirmarme que los de la policía científica estaban liados todo el día y que no iban a aparecer por allí. Aunque lo peor fue sentir cómo uno de ellos prácticamente se choteaba de mí, con frases como "estás perdiendo el tiempo", "tú te has creído que los cacos son tontos", "acaso piensas que vamos a encontrar huellas o algo así". Atónito, sólo alcancé a replicarle que yo sólo estaba allí porque así me lo había dicho el policía del día anterior, pero el chusquero "number one" siguió a lo suyo diciéndome: "Mira, chaval, el radiocasette lo han vendido y los apuntes te los han tirado a un contenedor; estás perdiendo el tiempo, casi mejor vete a casa..." Y claro que me fui, maldiciendo contra todo lo que se me pasaba por la cabeza y preguntándome si entre nuestras obligaciones ciudadanas está la de aguantar a personajes chulescos de esta ralea.
Esta semana he oído en la tele que los españoles no denunciamos más de la mitad de los delitos de los que somos víctimas. Pero después de lo que les he contado, ¿de verdad les extraña?