QUE YO NO QUIERO UN REY TAN CAMPECHANO
Lo comentaba el otro día una profesora en clase: qué año tan monárquico estamos teniendo a nivel mediático. Que si la quema de fotos del Rey, que si el incidente con Hugo Chávez, que si la separación de los Duques de Lugo... Así que, como comprenderán, mi sección no podía quedarse al margen de uno de los temas del momento, y les robo hoy unos versos a los Estopa, que en una de sus canciones decían: "Que yo no quiero un rey tan campechano, que yo quiero un príncipe enano...".
Esa segunda parte, personalmente, me daba un poco igual, pero como buen republicano que soy, el argumento de la campechanía del monarca siempre me pareció bastante pobre para justificar la permanencia de esta anacrónica figura. Porque podría parecer una tontería, pero la popularidad de la familia real se basa precisamente en esa cercanía a sus súbditos (ojo a esta palabrita) que han sabido transmitir. Esta semana escuché a un tertuliano de esta casa comentar en el programa de Carles Francino que los Borbones se estaban equivocando al aparecer tanto en los medios de comunicación, pero yo opino justamente lo contrario. Nuestra familia real (y digo nuestra porque en mi DNI consta que soy ciudadano español) ha sabido rentabilizar perfectamente sus apariciones en prensa, radio y televisión para forjarse esa imagen de gente próxima y accesible que les ha granjeado la simpatía de buena parte de la población, incapaz de plantearse la utilidad de sus cargos más allá de esas buenas maneras.
Por esto es por lo que no coincido con el compañero analista de "Hoy por hoy". Podría compartir su opinión quizá si se matizara que no son buenas para la Casa Real las apariciones mediáticas que se desmarquen de ese perfil de discreción y simpatía (por ejemplo, el encontronazo de don Juan Carlos con el presidente de Venezuela) porque podrían minar esa percepción de sosiego y tranquilidad de la monarquía por parte de los españoles. Pero es que ni así; porque lo que ha ocurrido ha sido justamente lo contrario. La sorprendente reacción del rey, sacrificando su lado campechano en aras de unas formas poco o nada habituales en él, no sólo no ha sentado mal entre la mayor parte de la población española, sino que ha suscitado numerosas muestras de apoyo. Y no hablo solo de los filoborbónicos o monárquicos declarados, sino que hasta los republicanos más recalcitrantes, entre los que me incluyo, soltamos un castizo "¡olé!" cuando escuchamos el ya mítico "¿por qué no te callas?" También es verdad que el Rey tenía delante a un papanatas inigualable, un maleducado impresentable de esos que crean rechazo por donde pasan y que hacen sentir vergüenza a las personas honradas que creen en el socialismo como ideología legítima.
En fin, que no digo yo que me vaya a volver monárquico así, de repente, pero la demostración de don Juan Carlos de que, aunque a veces no lo parezca, sí que tiene sangre, me ha recordado el final de uno de los episodios del Capitán Alatriste. En él, el veterano de Flandes, a punto de palmarla junto a Felipe IV en una emboscada, observa atónito cómo su rey le clava el acero a la desesperada a uno de los enemigos. Al capitán se le dispara entonces la adrenalina y se lanza a un combate imposible pensando: "Por este rey sí merece la pena morir."