LA CIUDAD PARECE UN MUNDO CUANDO SE AMA A UN HABITANTE

 

"La ciudad parece un mundo cuando se ama a un habitante." Esto lo cantaba Ismael Serrano hace unos años, y su canción puede ser una perfecta banda sonora para estos días de otoño, o casi ya invierno, en los que la temperatura se desploma de forma prácticamente definitiva en Valladolid, excepción hecha de las horas más centrales del día; aunque esto también será por poco tiempo, antes de que el crudo invierno de Castilla reclame sus derechos anuales.

 

Se suele decir que el otoño es la estación melancólica por antonomasia, y un paseo por Valladolid en uno de estos días puede ser la perfecta confirmación de esa teoría. Cuando las nubes o la niebla no han difuminado las calles con su triste color gris, y permiten al sol mostrarse en su timidez, los atardeceres se tiñen en esta estación de unas tonalidades increíblemente bellas, unos colores vivos y brillantes que parecen querer mostrarse con furia antes de que las borrascas del invierno terminen por hacerlos desaparecer de nuestros ojos. Nos parece increíble, pero echamos de menos las gafas de sol que hace ya muchas semanas guardamos en el fondo de un cajón o una maleta junto a otros elementos propios del verano; y es que el sol de invierno es frío en la piel pero caliente en la mirada.

 

Los parques destilan humedad, y nuestras pisadas pasan continuamente del blando de la tierra mojada al crujido de las hojas secas que han ido dejando huérfanos a los árboles, y que tapizan las aceras a nuestro paso. El anochecer llega traicionero, antes de tiempo desde que hace unas semanas quisimos ganarle unos minutos de luz diurna al invierno, y si nos sorprende cerca de las riberas del Pisuerga o el Esgueva, el frío puede calarnos hasta los huesos y provocarnos esa desagradable sensación de humedad de la que luego es tan difícil desprendernos el resto del día. La ciudad nos guiña sus millones de ojos en forma de luces, desde las casas, desde los coches, desde los escaparates, y agachamos la cabeza, incómodos, mientras nos arrebujamos en el abrigo.

 

Y la banda sonora también se vuelve algo más triste, aunque sean las mismas canciones de hace tres meses. Nada queda ya de esas mañanas de verano, camino del trabajo en manga corta, en las que uno sentía ganas de bailar, cantar y gritar al mundo que estaba más vivo que nunca, al ritmo de las canciones que reproducía el mp3. Ahora la música suena más triste, más melancólica, y las canciones le asaltan a uno por sorpresa, mostrándole recovecos de su letra y arreglos en los que antes no había reparado, dejándole sumido en la reflexión.

 

Caminamos. Pensamos en nada y en todo. El trabajo, la hipoteca, la cena, la factura del teléfono, o el amor. Ha llegado el maldito frío. La ciudad parece más grande, un mundo, cuando se ama a un habitante. Nadie sabe por qué, pero es así. Y lo peor es que ese mundo nos resulta más ajeno y lejano, mucho menos agradable que el amor que nos espera al final del día en alguna cafetería del barrio o del centro, para darle a esta ciudad los besos y caricias que necesita.

Publicado miércoles, 14 de noviembre de 2007 11:17 por EGOSUM25

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Comentarios

jueves, 15 de noviembre de 2007 15:25 by Bea

# re: LA CIUDAD PARECE UN MUNDO CUANDO SE AMA A UN HABITANTE

Jo, que bonito...

Me ha encantado (y emocionado un poquito).

Gracias

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