JUEGOS DE MANOS A LA SOMBRA DE UN CINE DE VERANO

 

Hoy se echa el cierre a una edición más de nuestra semana internacional de cine, la Seminci. Exactamente, la que estamos a punto de clausurar es la que hace la número 52, lo que quiere decir que este festival empezó a celebrarse en la época en la que el cine era otra cosa; ya saben, no sólo el séptimo arte, sino un lugar mágico en el que escapar de la a veces demasiado triste realidad del día a día, una ventana a la que asomarse a un mundo repleto de sueños e ilusiones más o menos inalcanzables, y también, cómo no, ese rincón oscuro en el que se intentaba dar rienda suelta a pequeñas pasiones carnales, más bien inocentes, escondidos en las sombras de la última fila. Así lo cantaba el maestro Sabina en aquella canción que hablaba de "juegos de manos a la sombra de un cine de verano".

 

A pesar de que en aquellos años 50 en los que se alumbró nuestra Seminci, España comenzaba a dejar atrás los años de mayores penurias tras la guerra civil y se iniciaba aquella fase que se dio en llamar "el desarrollismo", la economía seguía sin estar para tirar cohetes; así que no sé si esa coyuntura influyó en el espíritu del festival, que tradicionalmente ha sido considerado como austero y sobrio, lejos del glamour estelar de otras citas como San Sebastián. En realidad, esta característica ha terminado siendo el rasgo identitario principal de la semana; y sin embargo, noto cierta decepción y tono resignado en los comentarios de quienes año tras año acuden fieles a este festival tan desangelado de caras conocidas. Aunque quizá sea sólo una impresión por parte de quien no sigue con demasiado interés la actualidad de la Seminci.

 

Atrás quedaron mis tiempos de estudiante de audiovisuales, en los que había que aparentar que te gustaba el cine raro para que se notara que eras un tipo culto; de aquella época data mi única visita al festival, para ver un tostón insufrible de Costa-Gavras, que encima se programó a las 4 de la tarde, con el inevitable resultado del siestón colectivo por parte del 70 por ciento de la clase. Ahora nadie me obliga a prestar más atención que la meramente cortés a una cita por la que tengo todo el respeto del mundo, pero de la que no me acaba de convencer el excesivo ambiente de pretensión cultural por parte de muchos asistentes a las proyecciones. Para que me entiendan: gente que va a la Seminci para poder decir luego que va a la Seminci, y después no suelen pisar por las salas el resto del año, con la excusa de que "es que el cine es muy caro".

 

Mi caso es justo el contrario: me veo una peli cada dos semanas durante los 12 meses del año, aunque luego no ejerza de "semanista". Y encima me llevo la sorpresa de ir a ver una cinta cuyo argumento o trailer me han resultado llamativos, y en los créditos del principio me encuentro con que se proyectó en nuestra Seminci, aunque yo no tuviera ni idea. O al revés: he visto recientemente el trailer de "Oviedo Express", la última de Gonzalo Suárez, y cuando ya tenía más que decidido que no podía perdérmela, me enteré de que también se proyectaba en el festival. Y en estos casos, desde luego, prefiero verla en salas comerciales, y a ser posible un día de diario en última sesión: soy de esos antisociales que disfrutan más cuanta menos gente haya en el cine. Justo lo contrario de lo que ocurre en la Seminci; aunque tengo la esperanza de que los "semanistas" no coman patatas fritas ni se dejen el móvil encendido.

Publicado domingo, 04 de noviembre de 2007 13:40 por EGOSUM25

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