QUÉ TRISTE SE OYE LA LLUVIA EN LOS TECHOS DE CARTÓN
“Qué triste se oye la lluvia en los techos de cartón”. Así lo cantaba Javier Álvarez hace ya unos años, y así debe de ser seguir siendo en este 2007. O eso suponemos, porque al fin y al cabo, creo que ninguno tuvimos que pasar por el trago de vivir en una chabola.
Y el caso es que existen, aunque a veces nos empeñemos en no querer verlas, como tantas otras cosas. Lo que pasa es que, de vez en cuando, el telediario nos escupe a la cara retazos de realidad en estado puro, sin darnos tiempo a coger el mando y cambiar de canal; y entonces nos topamos cara a cara con la pobreza, que nos mira de frente, a veces con los ojos tristes de un niño hambriento, en ocasiones con la mirada iracunda de un adulto harto de vivir a ese otro lado. Tal y como acaba de ocurrir hace un par de días en la Cañada Real Galiana de Madrid, con la piqueta municipal haciendo su aparición, escoltada de policía, para continuar derribando chabolas ilegales, como llevaba haciendo desde la semana pasada. Pero esta vez fue diferente, los inquilinos se negaron a abandonar su hogar, y el resultado ya lo conocen: batalla campal entre policía y vecinos, con unas preocupantes cuotas de agresividad por parte de ambos bandos.
Nadie quiera ver una moralina en esto, pero a veces a uno le queda la sensación de que somos unos cínicos. Formamos parte de una sociedad que disfruta de unos niveles de confort envidiables, y en estos momentos nos estamos llevando las manos a la cabeza por la subida desmesurada de los precios de ciertos bienes de consumo. Empezó con la burbuja inmobiliaria, las hipotecas asesinas, y ahora continúa con el pan, la leche y un montón de productos más que aumentan su precio considerablemente, mientras nosotros ponemos el grito en el cielo porque no llegamos a fin de mes. Claro, nos ahoga la economía, pero sin querer renunciar a las comodidades a las que estamos tan malacostumbrados; nos quejamos de que los sueldos no nos llegan, pero nadie se priva del teléfono móvil, de Internet, de salir de tapas un par de veces a la semana, ni, por supuesto, de los 15 ó 30 días de vacaciones en la playa cada verano. Ésas son nuestras desventuras, que me imagino el efecto que tienen que causar en los que realmente no tienen nada.
Viene todo esto al hilo de que acabamos de celebrar, si es que esta palabra es válida para este contexto, la semana contra la pobreza. Y cuando uno está en pleno proceso de preguntarse a sí mismo qué es lo que podría hacer para echar una mano, va y lee en el periódico que la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, dilapida enormes sumas de dinero. Y entonces te quedas quieto, muy quieto, imaginándote la lluvia cayendo, sucia y gris, sobre esos techos de cartón, y luego mueves la cabeza negativamente, muy despacito, pensando que este mundo, a veces, es una maldita broma de muy mal gusto.