AL COMPÁS DEL CHACACHÁ, DEL CHACACHÁ DEL TREN
Ya lo decía aquel cantar del año la tos, convertido después en clásico imprescindible en bodas y celebraciones varias gracias al buen hacer de “El Consorcio”: “Al compás del chacachá, del chacachá del tren…”. Y en Valladolid no queremos ser menos y también nos movemos (y más que lo vamos a hacer) al ritmo que marca el ferrocarril, aunque los adelantos tecnológicos han variado sensiblemente el ruido de la maquinaria de este medio de transporte, desde los primeros convoyes movidos a vapor. Pero, por lo visto, aún desde que naciera el tren a principios del siglo XIX, uno de los indicadores clave del desarrollo de un país sigue siendo la calidad de su red ferroviaria.
Un servidor, en quien temprano despuntaba ya su tendencia natural de comunicador, se lo contaba a sus amigos adolescentes cuando estos aún no sabían de qué iba la película: el gran cambio de esta ciudad se producirá en la primera década del siglo XXI, con la llegada del tren de alta velocidad. Claro que, años después, he tenido que matizar mis palabras: primero, porque la obra no la veremos terminada hasta el siguiente decenio, y segundo, porque la gran metamorfosis urbanística no se producirá con la llegada de este ingenio, sino con su soterramiento; ilusos de nosotros, que pensábamos que ambos conceptos irían unidos…
De todas formas, y piques políticos aparte, la peña anda encantada con eso de que vamos a estar muy cerquita de Madrid, lo mucho que va a crecer nuestra ciudad, y todas esas cositas. A mí me parece estupendo que los Madriles se queden a 55 minutillos, pero que este hecho conlleve un gran crecimiento demográfico en Valladolid, no me hace ninguna ilusión. La nuestra es una ciudad de tamaño ideal, o lo era hasta hace escaso espacio de tiempo, puesto que todos empezamos a notar ciertos inconvenientes propios de ciudades más grandes, especialmente el tráfico; así que el hecho de que esto se convierta en una ciudad dormitorio de la capital de España, más bien me preocupa.
Aún así, esta semana escuché a un mandamás de la asociación de promotores inmobiliarios decir que de eso, nada; que andamos muy equivocados. Que acaban de vender una promoción de chalets en Olmedo, apeadero del AVE, y que no ha comprado nadie de Madrid. Uno piensa que es normal, porque algo en lo que parece que algunos no reparan es en el elevado precio de este tren; pero acto seguido, el amigo promotor matizaba que lo que sí que se espera es turismo madrileño vía ferrocarril; gente que vendrá a comer lechazo y a beber Riberas sin preocuparse de los controles de alcoholemia. De eso sí que vamos a tener por un tubo, dicen.
Y claro, a uno se le cae el alma a los pies, porque ya me dirán a cuánto sale una jornada de asueto así, con viaje en AVE y comida de lujo; no te queda más remedio que sentirte un poquito gilipollas al darte cuenta de que tú no perteneces ni pertenecerás nunca a la élite que puede permitirse esos viajecitos de fin de semana. Pero no todo está perdido: los que nos estamos comprando el pisito de protección oficial cerca de las vías, nos frotamos las manos pensando en lo que se va a revalorizar cuando el tren circule bajo tierra. Claro que, para entonces, la burbuja inmobiliaria habrá estallado y ya nos dará igual todo; incluso hasta echamos de menos tener las vías sobre la tierra para, en último extremo, tendernos sobre ellas y mandar todo al carajo.