CUANTA MAS SANGRE CAE MAS EMOCION
La portada del diario “El Mundo” de ayer viernes, mostrando una espectacular cogida de las que se produjeron en el encierro más accidentado de este San Fermín, me trajo automáticamente a la cabeza las notas de una especie de tecno-pasodoble que conocí cuando niño. Semejante aberración (la del tecno-pasodoble, digo, no lo de la cogida) sólo pudo ser perpetrada, evidentemente, en la mítica década de los 80, la época del “todo vale” en lo que a las artes se refería, y sus autores fueron los no menos míticos Mecano. La canción se llamaba “La fiesta nacional”, y en su estribillo decía: “Cuanta más sangre cae, más emoción”.
Me parece un retrato fantástico de este mundo tan entretenido del toro, acertadísima definición del arte taurino esa proporción directa entre derramamiento de sangre y exaltación; así que supongo que los amantes de este espectáculo habrán quedado encantados con el derroche de emoción que supuso el encierro del jueves, porque se derramó sangre a espuertas, con más de una decena de heridos. ¿O acaso es que sólo es emocionante si el color bermellón que brilla al sol procede del astado?
Lo han adivinado: no me gustan los toros. Y como sé que es un tema controvertido, si son ustedes aficionados taurinos recalcitrantes y no están preparados para escuchar una opinión contraria, les doy permiso para que se pasen a Los 40 Principales los próximos dos minutos. Porque, aunque no milite en ningún partido antitaurino ni nada por el estilo, me repugna bastante todo este asunto. Y aunque no llego al punto de cierta conocida que se parte la caja cada vez que ve alguna cogida por la tele, también les reconozco que soy incapaz de sentir sincera lástima por aquel que deja su vida en una plaza de toros o en un encierro de cualquier ciudad. A nadie le obligan a tomar este tipo de riesgos; fue su opción, así que después no vale llorar y decir “es que yo no pensaba que me podía pasar esto”.
No me cuenten que todos los animales sufren al morir, víctimas de la supremacía humana en el orden del mundo que hace del resto de especies mero alimento para el hombre, porque lo que estoy cuestionando es el espectáculo que se hace de esta muerte. No me hablen de la naturaleza sufridora del toro, animal bravo y agresivo por antonomasia que ha sido poco menos que educado para morir agonizando: también la naturaleza del hombre es dada al conflicto entre sus semejantes, y no por eso acudimos al trabajo con ganas de reventarle la nariz al primero que nos cruzamos por el pasillo. No me digan que se trata de la fiesta nacional, porque no está ese horno para bollos; normal que la gente tenga tan poquita conciencia de nación en ocasiones, si hay tantas personas (que las hay) que no se sienten para nada representadas con su supuesta fiesta mayor. Y, sobre todo, no me expliquen que se trata de una sagrada y secular tradición; el mero hecho de suponer que un acto así está legitimado por llevar siglos practicándose, me produce una sincera impresión de extrema simpleza en quien lo predica. Las costumbres del hombre han evolucionado, se supone que ahora somos más higiénicos, menos bárbaros…
En cualquier caso, y siendo así, propongo recuperar un acto tan tradicional y espectacular como los autos de fe de la Edad Media, con ese fantástico broche final, lleno de colorido y plasticidad, que es la quema de infieles. Sería fantástico, ir cada domingo en familia a empaparnos de una tradición tan española; y además, con el aliciente de integrar en el festejo las nuevas tecnologías y adelantos de la época: los niños grabarían los achicharramientos con el teléfono móvil y luego colgarían los vídeos en el “youtube”.