Y TE CUENTO QUE YA ACABE LA FACULTAD
- Por problemas de tiempo, los "Versos Robados" de hoy sábado 16 no han sido emitidos en el programa, pero de todas formas aquí cuelgo el post correspondiente.
Uno de los descubrimientos musicales de la temporada para mí y muchos de mis allegados ha sido una joven cantautora madrileña de origen finlandés, que ha debutado en el mundo de la música haciéndose notar, primero, por la sencillez y contundencia de su nombre artístico, Conchita; y segundo, por unas letras personales, cercanas y capaces de transmitir sentimientos como hacía tiempo que no ocurría. En una de las canciones de su disco de debut, narra un encuentro con un antiguo amor que aún ocupa un lugar importante en su corazón, pero no es capaz de sincerarse con él y dice: “en lugar de eso, sonrío y tiemblo, y te cuento que ya acabé la Facultad”.
Me sorprendieron estos versos hace unos días, pensando la cantidad que años que hace que yo terminé la carrera, y la coincidencia de que, precisamente esta semana, un montón de chavales de toda España hayan dado el paso definitivo para convertirse en universitarios: por supuesto, estoy hablando de la famosa, temida, mítica, traumática en ocasiones, Selectividad. Y no les oculto cierta ilusión que se apoderó de mí al enterarme, a través de los medios de comunicación, de que estos exámenes siguen vigentes; no porque los considere de utilidad, sino por el hecho de sentir que aún tengo algo en común, escolarmente hablando, con una generación de la que me separa casi una década. Eso ya es mucho decir, cuando algunos universitarios actuales me miran con cara rara cuando les hablo de la antigua Facultad de Educación en Huerta del Rey.
Seguramente caeré en tópicos, y me sueno a mí mismo un poco a “abuelo Cebolleta” contándoselo a los adolescentes que a veces se cruzan en mi camino, si les digo que yo recuerdo aquellos días con cierto cariño, lo cual no quiere decir que volviera a pasar por ellos. Vamos, ni de Blas. Y además, esa ternura con la que miro atrás viene motivada, desde luego, porque el resultado fue óptimo al final, que si no ya me tendrían aquí echando pestes sobre la maldita prueba, la maldita ley que la alberga, y los padres intelectuales de la misma. Pero es que las cosas salieron bien, a pesar de todo. A lo largo de todo mi año preuniversitario (COU, se llamaba antes de la reforma LOGSE) llevé dos chinas en el zapato llamadas Arte y Filosofía, dos insuficientes continuos que me mandaron a septiembre como un campeón. El verano fue horrible, no me preparé en condiciones ni siquiera esas dos asignaturas, así que como para encima refrescar el resto de materias, que había conseguido sacar con notable en junio, y me presenté a los exámenes de septiembre convencido de que repetir curso era la solución inevitable. Pero, para mi sorpresa, me encontré con sendos aprobados, y consecuentemente, con la papeleta de tener que prepararme la Selectividad en una semana. No me digan cómo lo hice, porque sólo recuerdo las poquísimas ganas que tenía en aquel momento de enfrentarme a semejante marrón, pero el caso es que volví a salir victorioso del combate, y las temidas pruebas previas de acceso a la universidad significaron (agárrense)… ¡un aumento en mi nota media final!
Lo que vino después ya se trata de otra historia que debe ser contada en otra ocasión, al igual que lo rápido que se pasaron los tres años de carrera. Igual de rápido que se les pasarán a los cientos de jóvenes que comienzan en octubre su aventura universitaria, y que dentro de unos años, como Conchita, se encontrarán con viejas amistades o amores y les contarán que ya acabaron la Facultad.