ESTA MEJOR QUE NUNCA; YA NADA LE HACE DAÑO

      Este jueves la gente de la radio estuvimos cumpliendo con lo que ya es casi una tradición, que es ir al concierto de Tontxu; entre su repertorio no faltó el "Trentaitantos", ese tema que le compuso a su madre separada, al verla feliz y con la vida más o menos rehecha. La canción dice: "está mejor que nunca, ya nada la hace daño, y miente cuando dice que tiene trentaitantos". Y casualmente, hace una semana exacta anduve de boda, concretamente de la madre de uno de mis mejores amigos. No vean la cara de la peña cuando uno suelta así, a bocajarro, que la novia es la mamá de un tipo de mi edad; pero creo que a poco que le den a las meninges se puede deducir que se trataba de su segundo matrimonio. No sé si, como la madre de Tontxu, Maribel anda por ahí diciendo que no llega a los 40, pero vamos, que podría colar perfectamente.


      Les confieso que soy poco amigo de celebraciones de este tipo, y muy especialmente de bodas; de hecho, mi presencia en esta respondió principalmente a la petición que me hicieron los novios de ser el disc-jockey en el baile posterior a la cena; pero reconozco que me lo pasé bien.


      ¿Y a qué se debe esta fobia relativa y controlada a los acontecimientos sociales de este calibre, se estarán preguntando ustedes? Pues en contra de lo que pudieran pensar en primera instancia, no es por una tendencia sabiniana a huir de todo lo que signifique compromiso amoroso, miedo a atarse y todas esas cosas, para nada; de hecho, el ligero repelús no se reduce a las bodas, sino que lo hago extensible a comuniones o incluso bautizos, cualquier reunión que signifique ver demasiados trajes por metro cuadrado (aunque reconozcamos que es en los enlaces matrimoniales donde estas cuestiones alcanzan su punto álgido). Se trata precisamente de eso, de la falta de naturalidad que preside estas situaciones, empezando por la forma de vestir y siguiendo por la actitud de supuesta corrección política que hay que adoptar en esos momentos complicados, como cuando compartes mesa con diez personas de las cuales no conoces a la mitad.


      Aunque, sin duda, lo que peor llevo es lo de la ropa. Las discusiones con mi madre porque considera que no me visto con la adecuada corrección para estas ocasiones. El recorrer las tiendas en busca de los pantaloncitos con raya de turno. Uno, que nació con las playeras prácticamente de serie, tiene una concepción del vestir tremendamente simplista, que se resume en llevar lo que te hace sentir cómodo, y por eso me es imposible sentirme a gusto embutido en un traje o llevando corbata. Respeto al que toma esta elección, desde luego, pero yo no visto así habitualmente, y hacerlo en esas circunstancias me parece disfrazarme y me hace sentir ridículo. Pero claro, como también soy consciente de que no te puedes presentar al bodorrio de turno en vaqueros y zapatillas, la elección del vestuario se convierte en un desesperado tour por los centros comerciales a la caza de esas preciadas prendas que aúnen los inseparables conceptos de "arreglao pero informal".


      En fin, que tampoco todo es malo en las bodas. Estos acontecimientos nos regalan momentos tan entrañables como ver al cuñado de la novia absolutamente mamado marcándose un pasodoble con la suegra. O contemplar atónito como los cuarentones lo dan absolutamente todo con los clásicos pachangueros que bailábamos los de mi generación con quince años. "¡El venao, el venao...!", gritan enardecidos. Y al final de la fiesta, comprobar que muchos se han unido a la informalidad en el vestir: la camisa se les sale por fuera y las corbatas emulan a la cinta para el pelo de Rambo. Eso sí que no tiene precio...

Publicado viernes, 01 de junio de 2007 17:59 por EGOSUM25

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