ESTOY EN EL METRO SIN COBERTURA
Cantaban los Estopa en su "Tragicomedia" aquello de "llámame un día de estos, estoy en el metro sin cobertura". Pero claro, ellos son de Barna, una de las escasas ciudades españolas que disponen de suburbano, y cuyos habitantes pueden, por tanto, darse el lujo de olvidarse del móvil siquiera por unos minutos, los que dure el trayecto de turno. En Pucela no tenemos esa suerte, ni creo que la tengamos nunca, puesto que la mayor revolución del transporte vendría en forma de tranvía, ese que Soraya ha prometido si gana las elecciones y que le sirve al alcalde para demostrar su gracejo con ingeniosas coplillas.
Y hablo de suerte, de la suerte de no tener que ocuparse todo el día del endiablado aparato, porque con la dependencia que nos hemos creado, o nos han obligado a crearnos con la telefonía móvil, cada minuto que no tengamos que estar pendientes de sus politonos es tiempo ganado a adicciones y problemas graves que ya se están empezando a tomar en serio por parte de los expertos. Nos vendieron la moto, nos regalaron móviles comprando 100 gramos de mortadela italiana, y nos convertimos en sus auténticos esclavos; nos convencieron de que la vida es móvil, y algunos se lo tomaron demasiado en serio.
No seré yo el que niegue la utilidad de los aparatejos en cuestión, y es casi inevitable caer en tópicos al respecto; sabemos que su uso razonable es positivo, que pueden salvar vidas y todas esas cosas, pero en una sociedad consumista y mercantilizada hasta límites insospechados, era previsible que pasara lo que está pasando: que a la peña se le está yendo la olla. Que la gente se ha vuelto increíblemente maleducada y utiliza su móvil sin miramientos en lugares inverosímiles, como las salas de cine. Que las reuniones de amigos siempre incluyen ese momento de infernal orgía sonora en la que todos compiten por mostrar el politono más molón. Y sobre todo, que los adolescentes son el blanco ideal de las campañas publicitarias de las compañías y se han convertido en el colectivo que presenta los datos más preocupantes al respecto.
El último número de la “Revista 40” incluía un interesante reportaje sobre el tema, basado en el reto que le plantearon a una joven sevillana de 19 años: nada menos que una semana sin móvil. Isabel superó la prueba sin llegar al síndrome de abstinencia, semejante al causado por las drogas, que ya experimentan algunos adolescentes enganchados a su teléfono, pero también tuvo que pagar su precio: quedadas con su pandilla de las que no se pudo enterar, no poder encargarle unas fotocopias a una amiga, tener que ir en bus a la facultad al no poder ser avisada con una llamada perdida por la compañera que la llevaba en coche, o tener que liar a su hermana para que le despertara cada mañana, pues también el celular ha destituido en muchas casas a los tradicionales despertadores. Aunque en realidad no son estos datos los que más atónitos nos dejan, sino otros, como por ejemplo, que alguna comunidad autónoma haya tenido que legislar acerca del uso del móvil por parte de los alumnos en clase,
De todas formas, que sepan que, en breve, ni siquiera en los túneles del metro estarán a salvo de la llamada de turno, como les pasaba a los Estopa. Con objeto de igualarse a algunas ciudades del mundo, las redes suburbanas españolas están siendo preparadas a conciencia para que, tampoco allí, ustedes tengan problemas para ser localizados. Todo por nuestro bien. Alabado sea el móvil.