COMPAÑEROS EN LA RUTINA Y EN LOS BOSTEZOS
Hace algo menos de un mes una anónima visitante de la página www.versosrobados.tk dejaba su sello personal, comentándome que, de volver yo a titular un post con unos versos de Ismael Serrano, no tendría más remedio que pedirme matrimonio. Supongo que la frase pretendía ser un piropo; lo que pasa es que su autora posiblemente no era consciente de la alergia que en mí aún provocan ese tipo de conceptos relacionados con las bodas. Así que, por favor, que nadie piense que estoy tentando a la suerte al volver a recurrir hoy a un tema de Ismael.
Se llama "Recuerdo", y es una de mis canciones favoritas del repertorio del cantautor vallecano. Decía algo así como "camino del trabajo, en el metro, aburrido vigilo las caras de los viajeros, compañeros en la rutina y en los bostezos". Resulta que, entre toda esa gente, descubre un rostro en el que cree reconocer a un antiguo amor, y que al final resulta no serlo.
En Valladolid no hay metro, pero sí autobús, entre cuyos asientos podría desarrollarse una historia similar a la de la canción. Y también aceras por las que cada mañana circulan viandantes rumbo a sus trabajos, generalmente, o incluso camino a clase, cuando son más jovencitos. Yo pertenezco a este último género (no el de los estudiantes), sino el de los que se consuelan pensando que el sedentarismo de la sociedad actual puede combatirse caminando los 35 minutos que separan casa y trabajo. Y sucede que, de tantos meses con sus semanas y sus días realizando el mismo trayecto a la misma hora, acabas asimilando los rasgos de algunas de las personas con las que te cruzas a diario, esos compañeros de rutinas y bostezos de los que hablaba Ismael. Yo, además, juego a imaginarme lo que habrá detrás de esos rostros ya familiares: si estudian o trabajan, dónde lo hacen, si están enamorados, si son felices...
Lo que ya no te esperas es que un sábado por la noche, copa en mano, la casualidad llame a tu puerta de tal manera; que una compañera habitual de la barra del bar de todos los fines de semana se acerque para decirte que su amiga cree que te conoce de vista; y que cuando tu mirada se cruza con la suya, ambos esbocéis una sonrisa cómplice y tú digas: "Cierto; nos vemos todas las mañanas por el Paseo Zorrilla, ¿verdad?" Después de la charla, ya sabes cómo se llama, a qué se dedica y hasta dónde nació, así que es una incógnita menos para el juego diario de cada mañana. Pero te queda como un calorcillo reconfortante al comprobar que no eres el único que se fija en los demás; que aunque a ciertas horas aún tengamos telarañas en los ojos, aunque dé la sensación de que cada cual no ve más allá de las baldosas por las que pisa, a pesar de que parezca que todo el mundo va reconcentrado en su mp3, al final hay gente que mira a su alrededor.
Por cierto: curiosamente, en toda esta semana no me he cruzado con ella.