DONDE AQUELLA NOCHE EN PLENO CARNAVAL TE EMPECÉ...
En la página web www.versosrobados.tk pueden seguir vía internet y en formato escrito esta sección que cada sábado lanzamos a las ondas; una buena forma, primero, de comentar las jugadas, pese a que las 12 aportaciones que constan entre las casi 1.500 visitas se me antojan escasas, pero bueno; y segundo, simplemente de seguir la sección en caso de no poder hacerlo por la radio. Esto es lo que suelen hacer algunos habituales, entre ellos mi chica, que cariñosamente me reprocha el pesimismo que se desprende de la lectura de mis comentarios. Que doy la impresión de tipo triste, dice, aunque los que me conocen saben que para nada es así.
Tengo que reconocer, sin embargo, que echando la vista atrás es cierto que se desprenden sensaciones no demasiado positivas en mi columna radiofónica semanal. Quizá sean los temas que escojo, aparte del enfoque personal que les doy; no sé, simplemente es mi forma de expresarme, la mía particular, porque para contar la vida en clave de humor ya están las telecomedias, y si nos ponemos cáusticos, hasta los telediarios. Pero sí, quizá tengo cierta fijación en mostrarme públicamente algo pesimista, porque hasta el tema de esta semana lo veo con cierto regusto amargo. Y eso que se trata del carnaval, festividad alegre por definición; pero aún así, fíjense que los únicos versos al respecto que me vienen a la cabeza son unos de Sabina que dicen: "Y no hay lágrimas que valgan para volver a meternos en el coche, donde aquella noche en pleno carnaval te empecé a desnudar..."
No lo puedo evitar: si pienso en estos días de febrero, me vienen a la cabeza recuerdos e imágenes de mis 19 años y de una historia sentimental de esas que se suelen denominar "escabrosas", y que le dejan a uno tocado durante mucho tiempo. Pero es verdad que han pasado muchos años de aquello, y las cicatrices sólo son eso, meras marcas que ya no duelen aunque al mirarlas se transfigure en ellas el rostro de quien las provocó, aunque fuera involuntariamente. Y no menos cierto es que este tipo de cuestiones deberían estar a años luz de la verdadera preocupación de la inmensa mayoría de los mortales, que es pasarlo lo mejor posible estos días.
Pero también deberán reconocerme que, al fin y al cabo, son los chavales los más entusiasmados con el carnaval, o al menos con su lado lúdico; no importa tanto que no tengan claro el origen del festejo, como la ilusión de acudir disfrazados junto a sus compañeros el último día de clase antes de estas minivacaciones (que antes se conocían como la "semana blanca", y ahora, con el cambio climático, pues ya no sé...). Por tanto, con el carnaval ocurre un poco como con los Reyes Magos: que de mayor se va perdiendo la ilusión, y sólo la aparición de un retoño en la familia contagia al resto ese cosquilleo en el estómago. Aún así, sé que hay gente mayor, quizá no demasiados, pero haberlos haylos, que se disfraza y vive con intensidad y alegría estos días de chanza; a mí me parece estupendo, aunque lo de disfrazarse no vaya conmigo, y no por nada en concreto, salvo quizá que llevar una ropa o atuendo un tanto estrafalario me resulta físicamente incómodo.
Pero en todo caso, respetos al máximo para el Carnaval, porque si algo bueno tuvo en su momento, es que servía de válvula de escape para el pueblo llano, para las preocupaciones de la gente de a pie que, por una vez al año, se olvidaban de sus agobios y problemas y salían a festejar la victoria de Don Carnal sobre Doña Cuaresma, y aprovechaban la coyuntura festiva para burlarse del poder establecido, incluso cuando trataban de reprimirles. Como me dijo alguien un día, las prohibiciones agudizan el ingenio, y el Carnaval fue buena prueba de ello.