YO NO QUIERO 14 DE FEBRERO...
"...Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres; porque el amor, cuando no muere, mata; porque amores que matan nunca mueren."
Maestro Sabina. Efectivamente. Y manda carajo, como diría él mismo, que tenga que ser este crápula ibérico, ex farlopero y borracho impenitente para más señas, el autor de algunas de las más bellas canciones de amor jamás escritas. Él, que cantó a princesas de boca de fresa, a las aves de paso, a los amores de un día, a las putas de carretera o a las barbies superestar del extrarradio de las grandes ciudades, también supo captar como pocos la verdadera esencia del amor incondicional en joyas como esa canción, "Contigo", en la que también decía: "Yo no quiero 14 de febrero ni cumpleaños feliz..."
Y es que, así es, señores. Love is in the air, como decía aquella otra canción, o sea, que el amor está en el aire, porque a la vuelta de la esquina tenemos otra de nuestras festividades comerciales favoritas: el 14 de febrero, San Valentín, también conocido como Día de los Enamorados. No me digan que el simple nombre del invento no provoca cierto regusto más bien empalagoso, que al pronunciar semejantes palabras no le viene a uno la imagen lamentable de alguna pareja (ya no hace falta que sean chico y chica, claro), enlazados de la mano y mirándose con cara de memos, sonrisa beatífica en el rostro; si hacen el esfuerzo, a lo mejor hasta consiguen ponerle caras muy concretas a la estampa, las de alguna de esas parejas edulcoradamente felices que todos conocemos y que no saben separarse ni para ir al baño...
Pues sí, lo han adivinado; y es que a estas alturas ya me van calando y conociendo por dónde van mis tiros. Esta extraña celebración tampoco es santo de mi devoción, por muy enamoradísimo al cuadrado que esté (que de hecho lo estoy). Ignoro de dónde viene mi aversión a San Valentín, si es el habitual mecanismo antisistema que se activa en mí automáticamente cuando detecto un excesivo tufillo comercial a cualquier asunto, o si esto viene de alguna vivencia concreta. De hecho, si hago memoria, recuerdo perfectamente mi primer San Valentín con mi primera novia: aunque no era muy partidario de la celebración, por aquello de ser la primera vez y estar especialmente ilusionado no pude resistir la tentación y le compré un regalíto. Su cara se iluminó cuando se lo entregué, y la mía se ensombreció al ver que a ella ni se le había pasado por la cabeza. Y aunque uno no hace las cosas esperando recibir nada a cambio, ese detallito me hizo pensar que nunca mais, y que bien merecido me lo tenía por haber renunciado a mis principios.
Y desde entonces así ha sido. La de ahora (mi chica, digo) tiene la ventaja de cumplir años 3 días antes de San Valentín (es decir, mañana mismo), así que el regalo del cumpleaños queda convalidado para el 14 de febrero. Sé que esto es triste, como el niño que nace el 25 de diciembre o el 6 de enero, y que cargará toda su vida con el trauma de recibir una tanda menos de regalos que la mayoría de los mortales, pero así es la vida... De todas formas, creo que cada vez hay más gente que opina que cualquier otro día es mejor para ofrecer un detalle a la persona a la que amas; por no hablar de la cantidad de amigos y amigas, conocidos y conocidas, compañeros y compañeras (perdonen que me salte la norma ortográfica del masculino como género neutro, la ocasión lo requería), que si pudieran, al susodicho Valentín le darían una buena patada en trasero. Y le espetarían que nada de amor ciego ni vainas semejantes; que las flechas se las puede meter por donde le quepan y que a ellos (y ellas) les deje tranquilos una temporadita. Si no va acertar con el objetivo, mejor que deje el disparo para otra ocasión.