NO ES EL PALACIO REAL PERO ES IGUAL; NO ESTAMOS MA
Miren cuántas casualidades. Justo en la semana en que se ha hecho público que el Ayuntamiento de Valladolid tiene previsto repetir este año el exitoso “Concierto Latino” del pasado 2006, andaba yo recordando aquel evento, y a alguno de sus protagonistas. Ese concierto, entre otras cosas, sirvió para que los pucelanos fuéramos los primeros en disfrutar del reencuentro de dos ex Rodríguez, como Andrés Calamaro y Ariel Rot, y para que yo descubriera por sorpresa que el genial guitarrista es de los favoritos en las fantasías eróticas de la inmensa mayoría de mis amigas. “Morbazo” es la palabra que utilizan; ahí le tienen, con cerca de 50 tacos, y volviendo locas a las jovencitas… Reconozco que no he seguido demasiado la carrera de Ariel en solitario, pero sí recuerdo con enorme cariño la canción que se pinchaba en Los 40 Principales a poco de empezar yo a trabajar allí. Era un tema llamado “Una casa con tres balcones”, toda una declaración de intenciones de un tipo que ha vivido todo lo vivible y que ahora sienta la cabeza junto a la chica de su vida. Dice Ariel: “Ya lo sé, no es el palacio real, pero es igual: no estamos mal y finalmente es nuestro nido.”
Y lo de la casualidad viene dado porque, también esta semana, servidor y su chica se han pasado por la oficina de una constructora para escoger un coqueto segundo piso en un bloque del plan parcial “Los Santos-Pilarica”. El caso es que, mientras todo el mundo espera que ande dando botes de alegría por haber sido premiado en el sorteo, yo me lo he tomado con cierta resignación. El piso no tendrá los 3 dormitorios que yo deseaba, sino solamente 2. Haciendo planes de futuro, y pensando en la parejita de churumbeles que uno espera tener, las cuentas son claras: tendrían que compartir habitación. Mis padres consideran que esto es una absoluta tontería, alegando que ellos vivieron la misma situación en su infancia. Es verdad, la sacrificada generación de mis padres no pudo disfrutar de comodidades que, gracias a su esfuerzo y trabajo, sí hemos tenido la suerte de conocer los de la mía. Y ahora, 25 años después, resulta que los que ni siquiera llegamos a “mileuristas”, no podemos darles a nuestros hijos las comodidades que sí que nos dieron nuestros padres.
No me digan que no tiene su punto triste, aunque tenga que darme con un canto en los dientes por tener casa. Me parece un auténtico retroceso social, qué quieren que les diga. Pero claro, hoy en día el tema del suelo y la vivienda está como está. Y es que, para seguir con las coincidencias, esta semana han aparecido en los medios varias noticias al respecto. La primera, más o menos conocida, que los pisos siguen subiendo, pero menos: este último año, sólo un 9 % frente al 13 del anterior ejercicio. Qué bien. La segunda, que un par de gobiernos autonómicos proyectan una ley que impida la existencia de pisos vacíos, lo cual ya ha provocado las iras de los propietarios, cerca de un millón de personas, que se cabrean porque se les puede hundir el chiringuito; es lo que tiene especular con derechos fundamentales de los ciudadanos, como el de la vivienda digna. La tercera, que algo huele a podrido en España, porque la inmensa mayoría de sociedades inmobiliarias del país están formadas únicamente por una o dos personas. Y para rematar la faena, la teniente alcalde del Ayuntamiento de Barcelona, que se muestra a favor de despenalizar el movimiento okupa, en una ciudad marcada por este tipo de actuaciones.
Mientras el camino de Madrid a Segovia por la AP-6 va camino de convertirse definitivamente en una inmensa avenida de varios kilómetros, de Las Rozas al túnel de Guadarrama, yo me consuelo pensando que mi casa no será el palacio real y ni siquiera tendrá 3 balcones, como la de Ariel Rot, pero que al final será nuestro nido. Más o menos pequeño, pero nuestro al fin y al cabo. Y eso es lo más importante.