OTRA VEZ EL CHAMPÁN Y LAS UVAS Y EL ALQUITRAN...
De la misma forma que algunos se ponen ropa interior roja (bastante hortera, por cierto) y otros dan rienda suelta al pirotécnico verbenero que llevan dentro lanzando indiscriminadamente todo tipo de petardos y similares desde sus balcones, yo adquirí hace algunos años mi propio ritual para los primeros minutos de cada día 1 de enero. Después de las campanadas, de desear feliz año a la familia y de presenciar desde la ventana el espectáculo pirotécnicamente casero del que les hablaba, acudo presuroso a la minicadena y me pongo una canción de Mecano, aquella que decía: "En la Puerta del Sol como el año que fue, otra vez el champán, y las uvas, y el alquitrán de alfombra están."
Quizá hoy nuevamente no sea demasiado original en el tema ni en lo que les voy a contar; quiero decir que no hago más que escuchar comentarios sobre la nochevieja en la misma línea de mis propios pensamientos, a pesar de lo cual todo el mundo actúa precisamente desmintiendo sus propias palabras. Y es que ya saben lo que significa San Silvestre cada año: esa noche, esa maldita noche, en la que uno tiene la obligación, dicho así, con todas las letras, de divertirse, de brindar con el prójimo, de hacer la conga con cualquier panda de imbéciles de los que pululan por los bares, de trasegar la máxima cantidad de alcohol posible, por aquello de amortizar el sablazo de la barra libre, y de amanecer muerto de sueño y cansancio ante un chocolate con churros que, por su precio, esa mañana se asemeja más a una taza de petróleo con lingotes de oro macizo. Y para rematar la jugada, de presentarse al día siguiente hecho unos zorros en la comida familiar en casa de la abuela.
Pues lo que les decía: que no hago más que oír a la peña decir que está cansada de la nochevieja, que si es un coñazo, que si tal y que si cual. Que los cotillones son carísimos, que los bares se pasan tres pueblos con los precios, que está todo hasta la bola... Pero luego todos salen. ¿Será porque es aún peor quedarse en casa jugando al cinquillo con los padres? ¿Tal vez es mejor dejarse pisar los pies, que te roben el abrigo, que te abracen al compás de "Paquito el Chocolatero" sudorosos desconocidos encantados de compartir contigo su gozo etílico, antes que permanecer ante el televisor disfrutando de las fantásticas y originales propuestas con que cada año nos obsequian todas y cada una de las cadenas? Supongo que algo de eso hay, porque yo mismo no me había atrevido hasta este año a cumplir la promesa de no salir. Y eso que en mi casa ya ni se juega al cinquillo: mis padres se van directamente a la cama un rato después de que el inefable Ramón García nos acompañe en las doce campanadas. Por cierto, ese tipo debe de tener un pacto con el diablo que ríete tú del mismísimo Jagger; estos últimos días en los que, por obra y gracia del 50 aniversario de TVE, la cadena pública ha presumido de fondo de archivo como una modelo lo haría del de su armario, hemos tenido oportunidad de comprobar cómo el campechano presentador (que no sé si saben que es de Bilbao) ha permanecido prácticamente inmutable a lo largo de casi 20 años, provocando en mí un poco de asquete al verme a mí mismo mucho más estropeado en el mismo espacio de tiempo.
Así que nada; como no habrá correrías nocturnas ni partida a las cartas, servidor se quedará sentado frente al televisor. Pero nada de especiales casposos fin de años; apuesto por volver a sentarme al lado de Sam en el "Café Americano de Rick". Feliz año para todos: les espero en Casablanca.