...ESTROPEANDO LA VEJEZ A OXIDADOS DICTADORES
Lo siento, no me resistía a hablar de ello, aún a riesgo de caer en tópicos y lugares comunes, aún sabiendo lo previsible que podía ser el tema y hasta el artista cuyos versos me inspiran hoy. Ismael Serrano, abanderado de lo que hace ya 10 años se dio en llamar la “nueva generación de cantautores”, se dio a conocer con una canción llamada “Papá, cuéntame otra vez”, que era una bronca generacional a sus padres y que con el tiempo se ha acabado convirtiendo en un himno no menos generacional para la gente más joven. Dentro de esa canción hay unos versos que dicen: “Papá, cuéntame otra vez todo lo que os divertisteis estropeando la vejez a oxidados dictadores”. Pues sí, se lo pueden imaginar; a punto de cumplirse una semana de la muerte de uno de los últimos grandes salvadores de patrias, aunque no en activo, tenía que contarles mis sentimientos y sensaciones al respecto. Porque Augusto Pinochet se tuvo que ver forzosamente reflejado en esos versos de Ismael Serrano; le amargaron sus años de dulce e inmune retiro, aunque sólo relativamente, en la medida en que lo permitió un sistema judicial y político aún tutelado e influenciado en demasía por la fuerza militar, como es el de Chile. Oxidado estaba, eso es cierto, aunque no tanto como sus defensores se empeñaban en hacer creer una y otra vez con objeto de dar esquinazo a las decenas de cuentas pendientes que tenía el tirano con la justicia. Pero al final llegó la pálida dama y se lo llevó, como a todo el mundo, al fin y al cabo. Y, aparte de la rabia de los damnificados por su dictadura, que entienden que el tirano consiguió finalmente escaparse sin haber pagado por sus crímenes, a uno le queda el regusto amargo de pensar que estos mal nacidos acaban muriendo felizmente de puro viejos, como resultado del inevitable ciclo natural y en algunos casos, como el de Franco, decidiendo sobre vidas ajenas hasta el último momento. Y pocos han sido los casos en los que el pueblo oprimido por su bota le echó un par de huevos y le cortó los suyos al dictador de turno; a la memoria me vienen tan sólo los casos de Mussolini y de Ceaucescu. Y luego está el tema de la doble moral, de esa postura cínica y falsa defendida desde algunos medios de comunicación que son los primeros en condenar regímenes totalitarios en países lejanos, pero que critican con saña los intentos de hacer justicia con nuestra propia historia. Qué fácil es decir que Pinochet, o Videla, o Banzer han sido unos grandísimos canallas que mataron y torturaron en nombre de la patria de la que se autoproclamaron salvadores, y criticar al mismo tiempo la Ley de Memoria Histórica de nuestro país que intenta compensar de alguna forma a los represaliados por el régimen franquista. Todo ello apoyado por tanto revisionista de la historia contemporánea dispuesto a defender semejantes sistemas de gobierno escudándose en la bonanza económica de un país sometido a una dictadura, que era lo mismo que alegaban el domingo los acérrimos al “Tata”, entre lágrimas y saludos fascistas ante el cadáver. Y para no ser yo el acusado de doble moral, les diré que estoy en contra de cualquier dictadura, sea de derechas o de izquierdas, y me niego a defender la Cuba comunista del Comandante Castro, aunque lo que venga después no vaya a ser mucho mejor. Por cierto, el jueves por la noche me llegaban noticias directas desde este país caribeño que aseguraban que Fidel había muerto ya, aunque aún no se va a hacer oficial. Mientras tanto, y hasta que se confirme, yo me he quedado sin mi postal de La Habana; me la había enviado mi amiga Bea, pero por lo visto, a veces se quedan con ellas para recortar el sello y revenderlo, en otro acto más de supervivencia en esa Cuba libre que algunos se empeñan en defender.