CINE, CINE, CINE, MÁS CINE, POR FAVOR...
Ya llega la SEMINCI, como a estas alturas sabe casi todo el mundo, y muy especialmente los oyentes de este programa, así que qué mejor que acordarme hoy de don Luis Eduardo Aute, cantautor a veces demasiado denso y abstracto, pero autor también de estribillos tan pegadizos y populares como aquel que dice: “Cine, cine, cine, más cine, por favor…”.
Creo que en estos meses que llevo asomándome a sus receptores de radio aún no he tenido oportunidad de hablarles de mi relación con el séptimo arte, y me parece hoy un buen día para hacerlo, por dos motivos: el primero, la cercanía de nuestra Semana Internacional, y el segundo, porque hace unos días por fin me acerqué a ver una de las películas más polémicas y discutidas de las temporada: “Alatriste”.
Vaya por delante que soy un defensor a ultranza del cine español, lo cual no quiere decir que no sepa valorar las buenas películas que saben realizar los estadounidenses. Pero digamos que, en cuanto a productos más bien mediocres, que son los que a fin de cuentas más abundan en la cartelera, siempre preferiré una tontería española a una americana: me identifico más con los personajes, los chistes me resultan más familiares, y las actrices, por cercanas, me ponen más (al fin y al cabo Elena Anaya es de Palencia). Pero uno se siente bastante solo en esta cruzada, a la vista de la campaña de acoso y derribo que se ha llevado a cabo contra “Alatriste”, cuyo principal pecado me da que es el de ser una película española.
Ojo, esto no quiere decir que la obra de Agustín Díaz Yanes me haya parecido un peliculón; para nada, vamos. Como adicto a la obra de Pérez Reverte y seguidor fiel de la saga del espadachín, tenía claro desde el principio que era un error pretender condensar en dos horas y media los cinco capítulos hasta ahora publicados de las aventuras del veterano de Flandes; el visionado de la película no hizo sino darme la razón, ya que la falta de ritmo y un guión demasiado deslavazado son las principales carencias que puedo achacarle a este “Alatriste”. Pero de ahí a la sangría que se ha realizado con ella, hay una diferencia. Fundamentalmente porque me juego el cuello a que el 95% de esas críticas vienen de personas que se tragan sin pestañear basuras americanas con muchos más defectos que “Alatriste”, pero que parece que por no ser españolas tienen patente de corso. En foros de Internet he llegado a leer sandeces que desacreditaban incluso a la banda sonora, porque utilizaba la guitarra española, y claro, instrumento tan andaluz no puede ser empleado en un film que narra la vida de un soldado mercenario que vive en el Madrid del siglo de Oro. Qué estrechez de miras, qué afán de opinar de lo que no se sabe…
De todas formas, dándole una vuelta de tuerca más al tema, quizá al final es normal que ocurriera esto. A través de estas novelas de aventuras, Pérez Reverte quería retratar la España de Felipe IV, aquellos años que supusieron el ocaso del mayor imperio jamás conocido, en el que el sol empezó a ponerse. Un país con un espeso estrato de miseria bajo un baño de oro manchado con sangre, cruel, despiadado y, sobre todo, cainita como pocos, envuelto en mil guerras, pero especialmente en rencillas internas, que son las que más daño hacen. Eso sí que lo refleja perfectamente la película, y en su propia carne (o celuloide) lo está experimentando: los propios españoles son sus peores enemigos. ¿Victimismo, complejo de inferioridad? Ojalá algún día lo superemos, también en el cine.