ESTA ES LA HISTORIA DE UN PUEBLO ASALTADO...
La semana pasada se cumplieron 70 años del comienzo de la mayor tragedia colectiva que recuerda este país: la Guerra Civil. Mientras fregaba los cacharros escuché en la tele una promoción sobre un documental que se iba a emitir al respecto en Televisión Española, presentado por Pedro Guerra. No pude prestarle demasiada atención, y no tuve oportunidad de ver el programa en cuestión, porque ni siquiera me enteré del horario de emisión, pero me gustó ver en la tele la apariencia siempre humilde y afable de este cantautor canario. Y recordé que, precisamente en su último disco, publicado hace algo menos de dos años, incluía una canción llamada “Topo”, en homenaje a todas esas personas que, terminada la guerra, tuvieron que vivir escondidos, bien en el monte, bien en algún rincón insospechado dentro de una casa, por haber luchado en el bando perdedor, sabedores de que su vida no tendría ningún valor si asomaban la nariz por su pueblo de toda la vida. Dice la canción de Pedro Guerra: “Esta es la historia de un pueblo asaltado, acuartelado y dolido, donde después de acabada una guerra, vencieron a los vencidos”.
Esta semana he cumplido 26 años. Los de mi generación somos hijos de esta democracia a la que le dieron el último gran susto cuando yo tenía sólo unos meses, un 23 de febrero del año 81. Y como persona joven que soy, estoy harto de los que pretenden que no opine acerca de algo sólo porque no lo viví. ¿Qué sería de la ya de por sí maltrecha humanidad si cada una de las personas que no vivió épocas de atrocidades tuviera que olvidarlas? Dentro de 30 años nadie hablaría del holocausto judío en la Alemania de Hitler, por ejemplo; así que este argumento es, cuando menos, absurdo. No olviden que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, y por eso me enciendo cada vez que escucho a los de siempre diciendo que lo que hay que hacer es olvidar la Guerra Civil Española. Qué manía con olvidar; a lo mejor es que hay quien no tiene la conciencia del todo tranquila.
Desde el PP critican al gobierno socialista porque opinan que se está empeñando demasiado en asuntos de recuperación de la memoria histórica; columnistas afines a un partido que ya nadie se cree que represente al centro se recrean una y otra vez en aquel comentario, quizá poco afortunado, de Zapatero sobre su abuelo fusilado. Mariano Rajoy se niega a hacer declaraciones oficiales de condena al levantamiento del 18 de julio alegando que ya es hora de olvidarse de aquello, que hay que pasar página, etc, etc. Y uno de los argumentos esgrimidos es que en la Constitución del 78 ya se cerraron aquellas heridas, se superó el trauma de esas dos Españas. Pero ellos saben que no es así. Saben que en aquel momento las cosas se hicieron de esa manera porque no había otra forma de reconducir una situación políticamente complicadísima, pero que los que más quina tuvieron que tragar entonces fueron los vencidos en el 39, la izquierda española que venía de pasar casi 40 años en la clandestinidad. Por eso es justo volver a examinar la historia con la perspectiva que da el paso del tiempo y, en la medida de lo posible, hacer ahora toda la justicia que hace 30 años, con el cadáver del Generalísimo aún calentito, hubo que sacrificar en aras de la estabilidad de un país convulso. Porque ya sabemos que en la Guerra Civil todos dieron y cobraron (siempre salen los mismos con lo de Carrillo y la Pasionaria en Paracuellos), pero al final hubo medio país que quedó crucificado para las siguientes décadas por haber defendido la franja morada de la bandera de España. Medio país en el que, como decía la canción de Pedro Guerra, vencieron a los vencidos. Medio país que no pudo enterrar a sus muertos como es debido, y en el que aún los vivos tuvieron que pasar las de Caín. Así que no les nieguen ahora ese derecho.