NOS SOBRAN LOS MOTIVOS
Se lo prometí a ustedes la semana pasada; les dije que les iba a contar algo sobre mi última visita a Madrid, hace ahora 10 días. Y para hablar de la capital de España, quién mejor que el maestro Joaquín Sabina para robarle unos versos. Hace ya siete años lanzó una canción llamada “Nos sobran los motivos”, que no sé si a estas alturas se ha convertido en un imprescindible dentro de su repertorio, a la altura de otros clásicos, pero que desde luego es un título recurrente y que aparece constantemente en las conversaciones de la gente.
A mí me sobran los motivos para viajar a los Madriles. Hay muchas cosas que me unen a esa ciudad, vivencias que se han grabado a fuego en mi alma, calles y avenidas que me susurran versos de canciones cuando paso por ellas. Pero esta vez el motivo principal era rendir visita a un buen amigo que se dejó enamorar por Madrid hace ya más de dos años. Conocí a Alberto en el 2001, estudiando en la misma Escuela donde compartíamos sueños e ilusiones; nos hicimos amigos con rapidez, unidos entre otras cosas por la música de Sabina, y lo mejor que puedo decir de él es que seguimos emborrachándonos juntos, a pesar de que últimamente no nos veamos tan a menudo. Eso sí, no quisiera engañarles y contarles que hice esta visita relámpago porque hacía un montón de tiempo que no nos encontrábamos, porque creo que el fin de semana anterior habíamos quedado; lo que pasa, simplemente, es que también a nosotros nos sobran los motivos para encontrarnos en Madrid. Celebrar mis vacaciones, despedir una casa que Alberto va a dejar en breve, disfrutar juntos de una noche de verano en una ciudad que nos apasiona… y por supuesto beber alguna copa de más, hablar de mujeres (de las de ayer y de las de hoy), repasar grandes éxitos y grandes fracasos, y sentirnos vivos, en definitiva.
A la mañana siguiente me desperté con resaca, por supuesto, y además solo. Alberto ya se había ido a trabajar. Me desperecé sin prisa y media hora después, mochila a la espalda, me dispuse a disfrutar de la segunda parte de mi visita: paseo matinal desde el barrio de Argüelles hasta la plaza de Atocha, donde comí uno de esos típicos bocadillos de calamares. De allí crucé hasta la estación para comprar algún regalo en la galería comercial, y sobre todo, para echar un vistazo a las tortugas del invernadero, que pasan la tarde tumbadas al sol sobre sus piedras, ajenas al trasiego apresurado de viajeros que buscan su destino en algún tren. Allí me quedé hasta que llegó la hora de despedirse; hasta la próxima escapada, que espero que sea pronto.
Por cierto, no les he contado que Alberto es un enamorado del cine y que se fue a Madrid para intentar convertirse en alumno de la ECAM, la escuela más prestigiosa que hay en nuestro país destinada al séptimo arte. El proceso de selección, plagado de irregularidades, aún no se lo ha permitido, y mientras tanto sobrevive con un trabajillo que le da de comer, como tantos otros. Pero este verano Alberto va a ser feliz y le va a hacer un corte de mangas a la ECAM y a su director, porque durante un par de meses va a ser meritorio de producción en una película que se comenzará a rodar en breve en Valladolid. Y yo también soy feliz. Primero por él, porque se lo merece y porque es una bonita oportunidad de entrar en un mundo de acceso casi imposible. Y segundo, egoístamente, por mí. Porque le voy a tener aquí las próximas semanas, disfrutando de su trabajo, emocionándose con lo que hace y contagiándonos a los que le rodeamos. Y porque tengo pareja para irnos de farra, que se nos vaya de las manos, y descubrir bajo la luz del amanecer que, definitivamente, nos falta un poquito de voluntad.
Aún así, tendremos que hacer otra visita a la capital. Nos sobran los motivos, y nos sobran las ciudades.