VIVO EN LA CARRETERA, DENTRO DE UN AUTOBÚS
Se la escribió Víctor Manuel, pero fue Miguel Ríos quien convirtió el “Blues del autobús” en un clásico, durante aquellos míticos conciertos en plazas de toros del año 82. Se refería a la vida del músico durante las interminables giras cuando cantaba aquello de “vivo en la carretera dentro de un autobús…”, pero yo hago hoy mía esa sensación de agobio y hartazgo que se apodera de uno durante un desplazamiento por carretera que puede convertirse en una tortura, por sencillo que parezca sobre el papel.
Les cuento la película, que además, como verán, no está rescatada de recuerdos con solera, sino que es de plena actualidad: este pasado miércoles, servidor comienza las vacaciones, con más ganas que nunca y con ese gusanillo especial que me mete en el cuerpo el verano, con temperaturas que invitan a vivir más de noche que de día. Así que parafraseando a un compañero del trabajo, me dije: “Nachete, amistad es la palabra”, y me dispuse a celebrar el recién estrenado estado de libertad condicional que llega cada año por estas fechas con una visita a Madrid para encontrarme con un amigo del alma que vive feliz allí desde hace ya casi 3 años.
Para empezar, uno tiene que salir de casa con tiempo, porque nunca se sabe qué sorpresas le puede deparar el servicio vallisoletano de autobuses municipales, y más concretamente la línea 8 A. Sin embargo, esta vez el trayecto se efectuó con rapidez, con lo que llegué con 20 minutos de antelación a la Estación de Autobuses. Por desgracia, la eficiencia transportista del día terminó aquí, puesto que el autobús encargado de llevarme a Madrid efectuó su llegada con 25 minutos de retraso (vayan sumando, y entenderán que tres cuartos de hora sentado en la Estación puede llegar a ser aburrido). Pues nada, que con media hora de retraso, salíamos camino a la capital. Tranquilidad, relax, lo nuevo de Calamaro en el mp3, que consiguió dormirme a la tercera canción… En fin, con buena parte del recorrido realizado ya sin problemas, y metidos ya en la Comunidad de Madrid, los indicadores luminosos de la carretera advertían de retenciones de unos 8 km que nos esperaban algo más adelante. Así que el conductor debió de pensar: estupendo, vamos a hacer la 13 14, y antes de llegar a las Rozas optó por la circunvalación M 50. Todo perfecto, tráfico rapidito… hasta que tocó incorporarse a la M 40. Retención importante, señores. Y con calor, claro. Eran las 6:30 de la tarde, y el aire acondicionado del autobús también debía de comenzar ese día sus vacaciones. Parados en mitad de quién sabe dónde, mirábamos por las ventanillas la sucesión de vehículos bien embotellados que se divisaba ante nosotros. Justo a mi lado, en el carril contiguo, un conductor se lo tomaba con humor: señalaba a su copiloto, absolutamente desnucado sobre el reposacabezas, boca abierta, y le señalaba dándonos a entender que el buen hombre había fallecido en el intento. Broma cuando menos discutible, porque a ver qué hubiera pasado si a alguien le da un tabardillo en serio en mitad de aquel embrollo, cómo carajo se le saca de esa trampa…
En fin, que por fin aquello se despejó y aparecimos en el destino señalado, la Estación Sur de Madrid, con una hora total de retraso sobre el horario previsto. ¿Cómo dicen, que una hora tampoco es para tanto? Bueno, teniendo en cuenta que lo habitual es tardar 2 horas y cuarto, si las cuentas no me fallan el retraso es de casi el 50%... Pero oigan, de buen rollo: al fin y al cabo estoy de vacaciones, y eso presupone alegría y optimismo por un tubo. La visita relámpago a Madrid, si quieren, se la cuento el próximo sábado.