Hace unos días me acerqué a un taller para llevar mi coche a una revisión de rutina. Soy alérgico a esos trámites así que procuré que fuera rápido. Pedí un taxi, que llegó al poco tiempo. Me avisaron que estaba en la puerta, pero cuando iba a salir, una mano me retuvo.
“Perdone. Me llamo Ángel. Le veo a usted en televisión, y por eso quiero que conozca mi situación para que cuente cómo es esto de la crisis”. Era un hombre delgado, bien vestido, de algo más de sesenta años, con unas gafas encajadas en los surcos de las profundas arrugas de su rostro. “Yo tenía una empresa con doscientos cincuenta trabajadores. Hoy estoy al borde la quiebra a pesar de haberlos despedido a casi todos. Compré una máquina para aumentar la producción. Para pagarla pedí un crédito y lo avalé con mi casa. Es probable que dentro de unos días la subasten y nos quedemos en la calle. He pensado en quitarme la vida”.
No era un desequilibrado. Era un hombre desesperado. Se abrió la camisa y me enseñó un crucifijo, al tiempo que recordaba sus años en los Salesianos de Atocha: “No lo hago por esto, pero mi vida ya no tiene sentido”. Desde aquella mañana hablamos casi todos los días. Es una conversación larga. Cada día añade una capa más a su desgracia. Sus hijos trabajan en la empresa. Cuando eche el cierre definitivo, todos se quedarán en la calle. El crédito lo pidió a la Caja de Castilla la Mancha, que se niega a prorrogar esa deuda.
El primero aprieta al segundo, que a su vez ahoga a los que tienen más abajo. Hemos comido juntos y he sido testigo de su “sinvivir”, de sus intentos por encontrar confianza en los proveedores. He visto papeles, reclamaciones, hojas. Ángel sigue peleando, y espero que a la hora que, lector, estés leyendo estas líneas, siga luchando por recuperar el proyecto de su vida. Sé que ahí fuera hay muchos Ángel que atraviesan un momento de dificultad extrema. NO es que no tengan pedidos, es que falta liquidez para pagar las nóminas, para hacer inversiones, para crecer. La confianza se ha evaporado, y nadie se fía de nadie. Sin confianza, el sistema no funciona.
La misma angustia que sufre este hombre que está a punto de quedarse sin la casa de su vida, la tienen los que no pueden pagar sus hipotecas porque se han quedado sin trabajo. Mientras pensaba en su suerte, caía en mis manos un librito del gran historiador, John Luckacs: “Sangre, sudor y lágrimas”. Es la historia del discurso pronunciado por Churchill el 13 de mayo de 1940 en la Cámara de los Comunes. NO tenía nada que ofrecer a la nación británica, más que toda su inteligencia, todo su tesón y todo su esfuerzo para dar la batalla hasta el final, consciente de que el desafío de la Alemania hitleriana era una amenaza para la civilización occidental.
NO estamos en una emergencia como aquella, que de peores hemos salido, pero sí en una situación en la que se necesitan hombres de Estado, gobernantes capaces de firmar una frase como ésta: “Siempre dudo antes de decir algo optimista, porque pienso que a nuestro pueblo no le importa oír lo peor”. Es de Churchill.