AL PODER POR EL HUMOR

Si hay una lección que nos deja la campaña norteamericana es el "fair play" de los candidatos, su capacidad de adoptar un tono alejado de lo solemne, la distancia con la que, algunos días, contemplan la vertiginosa carrera en la que uno de los dos terminará despedazado.
Me dirán que es un papel que no tiene nada de espontáneo. Concedido. Todo es labor de los guionistas y de los escritores de discursos. Exactamente igual que en la televisión, donde casi nada es improvisado, donde el mejor humorista es alguien que interpreta un papel escrito por otros. Pero lo hacen. Hay un día, al menos uno, en el que los dos contendientes se sientan a la misma mesa, y suben a la misma tribuna para hacer un monólogo en el que ponen a prueba su humor. El que habla enhebra bromas, y el que está sentado encaja. Se trata de la cena de beneficencia de la Alfred Smith Memorial Foundation.
Es el grado máximo del debate. O el mínimo. Una vuelta de tuerca. La solemnidad es el camuflaje que adopta la falta de inteligencia. Hay en la política personajes, que son como El caballero inexistente de Italo Calvino. Son armaduras que no llevan nada dentro, tan solo un empuje de energía que les somete a un papel rígido. Son como los hombres huecos del poema de Eliot. Sin embargo el humor es una pasión sincera, casi imposible de disimular. Ya sabemos que saben ser solemnes, pero ¿tienen humor nuestros candidatos?