SOLBES, HERÁCLITO, Y EL JUEZ TIRADO
Dice Solbes que cuando la crisis se vaya el aire estará más limpio y el suelo libre de contaminación. La crisis tienen un efecto benéfico, laxante, purificador. Las crisis son buenas, y lsa recesiones, más buenas todavía. Así que hemos pasado de negar la realidad a desear que nos invada, nos arrolle, porque todo será diferente después de la recesión. Esta actitud está mejor. Como dijo Churchill, "ante lo inevitable entusiasmo". La frase del británico es mucho más efectiva que aquella de "no esperen medidas, no he venido aquí a anunciarlas". Bienvenida la recesión. Aunque me temo que ese no es discurso para ministros, sino para distantes profesores de universidad, o academia, esos que miran la realidad como si fuese un laboratorio, y a los parados, como conejillos de Skinner, sean o no roedores.
Solbes añora a Heráclito, el Oscuro, el que decía que "polemos es el padre de todas las cosas". La madre de todas las recesiones es lo que viene, aunque en las filas del Inem se estarán acordando de la madre de algún alto administrador, de algún contable del estado que espera que escampe para que el paisaje esté más limpio. Es lo que dice Solbes, que de predicciones sabe poco, o al menos se lo guarda. ¿Qué quedará de nuestra economía tras el tsunami? Solbes dice que se salvará lo mejor, y que eso será bueno. El que le crea, que le compre la idea.
Mientras, me temo que el juez Tirado va a pagar todos los patos. Es el momento de que el poder ensaye el efecto purgante, benéfico, profiláctico, de los chivos expiatorios, "le bouc emissaire" que dicen los franceses. Es la hora de ofrecer víctimas, culpables, sacrificios. La responsabilidad del juez es mayúscula. La sanción impuesta por el Consejo, un escándalo. Pero no se ha visto en ningún país democrático que un presidente del gobierno haga una declaración como la que hizo ayer Zapatero, imprudente, dispuesto a corregir por las bravas la decisión del Consejo. Tirado va a pagar los platos que ha roto (que no los quiere pagar) y alguno más, porque la mala leche ante la realidad se debe canalizar por algún derrotero, para evitar que termine chocando como una ola gigantesca contra la puerta de La Moncloa.