EL PRECIO DE LA COHERENCIA

Palin, Sarah, es la nueva estrella de la política mundial. Incluso en España, la clase política se divide entre los partidarios de McCain y los que siguen a Obama. Nunca una campaña fue tan seguida como esta. Tanto que los progres suelen decir que los europeos, los africanos y todo el mundo mundial debiera tener derecho a votar en las elecciones de gran nación norteamericana, que es una de las necedades que más se repiten por estos pagos.
Toda la artillería progresista se ha vuelto ahora contra Palin. Primero dijeron que es ultraconservadora, y ahora, después de que anunciara el embarazo de la mayor de sus hijas, le acusan de no haber sido suficientemente ultra. Le han dado por todos los lados: le han acusado de acosar a un cuñado, de que su hijo con síndrome de Down no es realmente suyo, de no tener experiencia en gobierno, a pesar de ser gobernadora de Alaska, el estado más grande de la Unión, el que acumula más del 20 por ciento de los recursos energéticos de los EEUU, asunto que será crítico en las elecciones.
Lo que asusta a la progresía, a la norteamericana y a la española, es la coherencia. No hay nada que guste más a la izquierda que una derecha vergonzante y acomplejada que renuncia a sus principios por no molestar o por cobardía. El precio que se paga por mantener los principios suele ser caro, incómodo, y escuece. Pero la derecha norteamericana hace ya tiempo que mostró a la Europea el libro de ruta del éxito. Por cierto, la operación McCain se parece mucho a la de Sarkozy en Francia: demostrar que el relevo de la derecha está en la derecha, y no en una izquierda radical, inexperta y mesiánica.