PALABRAS, PROMESAS Y CRISTOS

Es el último debate fantasmal que nos ha regalado Zapatero para distraernos de la crisis, una crisis compleja, tanto que Solbes ha dicho que es la "más compleja de nuestra historia". Ya tiene que ser para que ahora se ponga al frente de la maniféstación
El argumento es el de que en un estado aconfesional, el Cristo sobra de la mesa donde toman posesión los ministros y altos cargos. En esta última discusión fantasmal, Zapatero ha jugado al policía bueno, mientras hacía aparecer a su partido como el policía malo. En ese reparto de papeles lo importante es el fin, en el que coinciden el bueno y el malvado: llevarse el gato al agua, y conseguir que el detenido confiese su crimen. Y en esta disputa sugerida desde el poder, lo que se busca es que nuestra constitución deje de decirse aconfesional para llamarse laica.
El inspirador de este tipo de cuestiones no es otro que don Gregorio Peces Barba, que en otro tiempo tuvo el privilegio romano de poder comulgar tres veces al día y hoy persigue curas como su trabuco intelectual. Yo pienso, sin embargo, que el Cristo queda muy bien donde está: en muchos juzgados, en algunos despachos, y en la mesa en la que se jura o promete servir a los demás como mandan las leyes y dictan las conciencias. El Crucifijo no sólo está junto a la Biblia y la Constitución para que puedan jurar los que así quieren hacerlo.
En el Cristo hay mucho de lo que son las señas de identidad de Occidente, esas que entre Giscard y Chirac, Zapatero y otros quieren hacer desaparecer de nuestra historia. Nuestra civilización se asienta en la filosofía griega, en el derecho romano, y en el cristianismo. Está basada en el aprecio de la persona por encima de los sistemas, en el valor de la caridad y de la misericordia, en el desarrollo de las capacidades individuales y en el ejercicio de la solidaridad para equilibrar a aquellos que recibieron menos o no tuvieron nuestra misma fortuna.
El Estado del bienestar no es un invento de la socialdemocracia, sino una criatura de la Democracia Cristiana de la posguerra. Cuando veo el Cristo sobre la mesa no veo a la Iglesia y sus torres, veo que está ahí para recordar esos valores, sin los que no se entiende nuestra democracia y nuestra forma de ver el mundo. Pienso que aunque no quedara un cristiano sobre la tierra de nuestra España, tendría sentido que la Cruz y el Cristo estuvieran ahí, presidieran ese momento solemne en el que se pone en juego la voluntad de servicio, el compromiso de ejercer el cargo público por y para los demás y no en beneficio propio. Que siga, aunque sea para recordar que el poder en la tierra es finito, temporal, flor del día.
El cristianismo ha sido el antídoto y la resistencia contra las grandes utopías de la política, responsables de tantos crímenes en Europa, cuando Europa se olvidó de lo sagrado de las personas. Puestos a creer, es más fácil tener fe en la verdad del Crucificado que en la pequeña y soberbia certeza de quien toma posesión. Así que Zapatero se haría un favor a sí mismo si la Cruz sigue donde estaba.