LA ESPIRAL METAFÓRICA

Lo bueno de las apoteosis es que son una catarsis colectiva. Uno acaba abrazado a gente que nunca volverá a abarcar salvo que se repita el acontecimiento, que en el ritmo vital español se produce cada veinte años. Lo malo que tienen estas fiestas es que en ellas vale todo. La metáfora se hincha como un globo, y termina siendo omnicomprensiva. Un viejo amigo se despertó una noche de farra en el rincón de una calle de Pamplona. Había improvisado una siesta. En el momento en que volvió a amanecer para él se dio cuenta de que lo que le sacaba del sueño era la micción de una señora sobre su rostro. Mi amigo levantó la voz, se quejó, juró en arameo, y la señora respondió indiferente: “Es que estamos en Sanfermines”. Todo vale en la fiesta.
Lo mismo el fútbol. Desde el domingo somos, por este orden y según algunos observadores y columnistas: “un país sin complejos”, “una España moderna”, “una nación que vuelve a sacar sus banderas”, “un país cohesionado en torno a sus símbolos”, y no sé cuántas cosas más. La metáfora del fútbol crea una corriente sentimental tan intensa que nadie se sustrae a su poder de seducción. Es meter un gol y ser un país de primera. Lo son nuestros futbolistas. Lo es Aragonés. Por cierto, qué hispano, qué ibérico eso de fusilarle para luego pedirle perdón. Por fin hemos llegado en el fútbol adonde habíamos arribado con otros deportes como el baloncesto. La democracia se ha homologado con lo mejor de Europa en el balompié, de la misma forma que la dictadura hizo lo propio en la Eurocopa del 64. Estoy seguro de que el dictador pronunció en aquella fecha las mismas palabras que hemos oído estos días a Zapatero.