FEDERICO, EN EL PATÍBULO

Jiménez Losantos ha sido condenado. Debe pagar al alcalde unos miles de euros. Para el se trata de calderilla, así que la multa, en este caso, es lo de menos. Conviene leer las sentencias, y no quedarse sólo con las interpretaciones. La última contra la libertad de expresión la firma una juez. La querella la puso el alcalde de Madrid, que prefirió los tribunales a un derecho de réplica, o una rectificación. Los argumentos judicales son débiles, diríase que producto de una grave anemia intelectual. La juez condena a Losantos por no haber comprobado un extremo que publicaba la prensa de la mañana, cuando se aseguraba que el alcalde era contrario a que el PP exigiera la reapertura de la investigación del 11-M. Losantos se lanzó a su vez contra la yugular del edil, dando por buena la novedad que esa mañana traían los periódicos. Se dice en la sentencia que una por una, las palabras de Losantos no son injurias, que lo grave es la reiteración de las mismas. Prodigio judicial.
Expertos jurídicos que han analizado el texto, pero que jamás se atreverán a decir lo que piensan, no por miedo al juez sino al régimen, aseguran que en la casación tiene muchas posibilidades de ser tumbada. Sus argumentos están soldados con papel de fumar. La libertad de expresión se debe aplicar incluso a un sujeto como Losantos, que hace de ella un uso salvaje. La sentencia, y su interpretación, están orientadas a terminar con el hombre, más que a condenar un determinado comportamiento.
Por otra parte en los medios se le juzga como periodista, cuando Losantos nunca ha sido tal. Debiera juzgársele como político, que es lo que es, y entonces no solo sería absuelto, sino aplaudido, porque sus argumentos y sus formas, han sido los propios de la clase polìtica durante los últimos cuatro años. Urbajena, el persidente de la Asociación de Periodistas, esa agrupación en la que todos reconocen que son afiliados por la calidad de su servicio médico, arremete contra Losantos. Él, que cuando lo de Telma Ortiz se puso del lado de los censores. Otro prodigio.
Para los obispos, este es un argumento más para clavar con clavos de cruz la fecha de caducidad del locutor. Demasiados dolores de cabeza, demasiada penitencia, para nada.