GALGOS O PODENCOS

Rajoy, que no está solo (quizá es el menos solitario de los que pelean en esta gresca) ha asistido a la traición de uno de sus más cercanos: Gabriel Elorriaga. El poder es así. Donde existe, está la conspiración. Y Elorriaga es quizá solo una pieza de un rompecabezas del que se desconoce la figura que tiene que componer.
Es llamativo, cuando menos, que sea Elorriaga el que reproche a Rajoy sus silencios. Gabriel ha sido siempre hombre discreto, gris, moderado, y sus palabras se han hecho notables cuando se ha equivocado, como cuando confió en la pérfida Crawford, no Cindy sino Leslie, la de Financial Times, a la que contó la verdadera estrategia del Partido Popular.
Elorriaga no es candidato a nada. De lo contrario no habría escrito nunca un artículo. Los que escriben son los que no cuentan. Los que hablan, no están en la carrera. Esperanza Aguirre es la muestra. Sostiene el paraguas porque está cayendo de todo, pero su momento no es este. Tampoco el de Rato, que dicen anda por detrás del escenario, y mueve las marionetas.
¿Será Costa? Le atribuyen la virtud de las liebres: correr para sacar de su escondite a los galgos, o a los podencos (es la raza de Rajoy). Pero muchas veces, en política, lo provisional, lo que pasaba por allí, se convierte en definitivo. Que se lo pregunten a Zapatero, o a Pepiño Blanco, la inteligencia más exigua de la política española, con más aspecto de inamovible.
Mientras las verdaderas piezas de la cacería no salen, Rajoy guarda silencio de lobo. Hace bien. El tiempo corre en su favor. Y él maneja la banca. De su capacidad de sufrir los lunes depende su éxito político.