EL PASO DE LOBO DE RAJOY

Cené el viernes en Castellón, ciudad que vive al ritmo de la vida buena, callejera. Llovía, algo insólito. La compañia eran militantes del PP, el alcalde Alberto Fabra, joven y con las ideas claras, y algunos periodistas que se acercaron a los Diálogos que organiza Carmen Querol, de la ejecutiva popular. Allí se apoya a Rajoy, y más allá del respaldo político, se le tiene afecto. Esto se notaba.
También se percibía un enfado creciente con la actitud de Federico Jiménez Losantos, su intrusión en la vida del partido, su ambicion por poner y quitar líderes, por bendecir o satanizar a los que pretenden serlo. Se notaba un hartazgo manifiesto, salvo alguna excepción, por el discurso que por las mañanas incendia Génova o anima los más radicales a montar el "pollo" a los alcaldes reunidos en la sede.
Desde "provincias" se reconoce también que algunas cosas se han hecho mal y podrían haberse organizado mejor. Pero el ruido de Madrid llega con sordina hasta las costas, donde lo que se quiere es hacer oposición y resolver los problemas del agua que se niega, o de los transportes que no llegan, o de un aeropuerto que Castellón necesita y al que la ministra de Fomento le pone todas las trabas del mundo.
Cuando uno viaja, se da cuenta de que el PP no se rompe, que tiene una militancia que trabaja, y que asiste desconcertada al momento de su partido, y que no se cree los discursos apocalítpicos que hablan de un cambio de rumbo radical. Este domingo Rajoy asomó en las páginas del ABC. No parece haber cambiado. Si acaso va ganando en carisma, por la paciencia con la que asume al calvario. ¿SErá paciencia o paso de lobo?