¿SE EQUIVOCÓ EL PRÍNCIPE?

El tiempo es flexible y subjetivo. Nos debe importar
el biológico, o el mental. El resto es lo que dice el calendario: una simple
convención en la que todos estamos de acuerdo. Lo esencial es lo que ha pasado
desde aquel mayo de 2004. El entusiasmo por aquella boda real escondía una
corriente de escepticismo. Estaban los indiferentes y también los contrarios.
Cada uno esperaba su momento para saltar sobre la yugular de la Institución. Han
aguardado su momento. Estaban convencidos de que la Princesa no iba a
resistir, que la presión sería superior a sus fuerzas, que tiraría la toalla,
que no sería capaz de soportar una agenda que obliga a la disciplina, a la
preparación de cada acto, a la contención de cada gesto, a la discreción más
absoluta. En este tiempo se cosieron algunas falsedades que fueron caducando:
la historia de su supuesta esterilidad, las visitas nocturnas a una clínica de
Valencia especializada en reproducción asistida, o los rumores sobre una
enfermedad congénita de la infanta Leonor. Hubo un colega que llamó de
madrugada a la Casa Real
para asegurar que aunque le dijeran lo contrario, él sabía que un avión de la Fuerza Aérea estaba preparado
en Torrejón para trasladar a la pequeña a una clínica de los Estados Unidos.
¿Quién recuerda todo lo que se ha dicho durante este tiempo? A todo aquello,
como a las insinuaciones sobre un carácter mandón y soberbio, se le dio
naturaleza de verdad periodística, producto de alguna detallada investigación.
Ni se discutían estos detalles, a pesar de que la experiencia era diversa. En estos cuatro años la Princesa ha estado a la
altura, y no ha sido fácil. Se ha tenido que acostumbrar a otro tipo de vida, a
aceptar el criterio de la Casa Real a
la hora de organizar sus propias actividades, a actuar a la sombra de su
esposo, siempre en un segundo plano. Doña Letizia no nació con el destino
escrito, ni fue educada para ser Princesa. Si ha sido capaz de adaptarse, de
plegarse a los intereses de la
Institución, de soportar la actividad intensa de la llamada
“máquina de picar”, todo esto ha sido posible sólo porque está enamorada.
Entiendo que hoy sus dos primeras prioridades son sus hijas y su marido, y la
tercera servir a su función, una función que no está escrita. Durante estos
cuatro años, desde la visita a los heridos por los atentados del 11 de marzo,
acompañando a la Reina
doña Sofía, hasta su viaje a Polonia, pasando por su papel en los funerales por
su malograda hemana Érika, nadie puede decir que haya cometido errores, más
bien se ha comportado como la mujer que quiere ganarse cada día el título de
Princesa de Asturias. Todos nos podemos hacer la pregunta: ¿se equivocó el
Príncipe con este matrimonio? Mi respuesta es que no, ¿la suya?
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