LA DECENTE, LA PRIMERA ESPAÑA QUE SE ROMPE

"Quiero una España decente". Fue el lema de campaña de Zapatero, una de sus grandes frases, uno de sus "mantras". No han pasado los cien días de margen que le da la tradición a los gobernantes y esas cuatro palabras se han disuelto como las lágrimas en la lluvia, que diría Blade Runner.
La cosa pasó ayer por el Parlamento, y no pasó nada. Hasta Convergencia i Unió, no se sabe por qué precio, justificó que el director de la Oficina económica del gobierno pase con armas y bagaje a la patronal de la construcción, al grupo de presión encargado de reclamar del gobierno las ayudas, pobrecitos, que piden los constructores con la amenaza de poner, de lo contrario, a todos sus empleados en la calle.
Dijo el "diario independiente de la mañana" que Zapatero estaba enfadado. ¡Quiá! Está encantado. La vieja aspiración de los regíemenes es la de poner a sus acólitos en los lugares del poder económico. ¿No aspiró Zapatero a controlar el BBVA con el golpe organizado por Sebastián y Taguas? ¿No pretendió controlar Endesa para dársela a las finanzas catalanas?
Esta vez han organizado un gran escándalo. Es cierto que el guirigay en la casa popular, y la detención de cuatro criminales en el sur de Francia ayudan a sacar este asunto de las primeras páginas, pero de la España decente, después de lo de Taguas, no queda nada.