DE LA VICTORIA AL RÉGIMEN, PASANDO POR EL TRIBUNAL
Ha sido pasar las elecciones y ponerse a funcionar de nuevo el rodillo. "Gobernaré con humildad y con la mano tendida", dijo Zapatero. El 11 de marzo nos dio el primer ejemplo: en el homenaje a las víctimas de los atentados de Atocha apenas miró a Rajoy, no se cruzaron ni un apretón de manos.
El segundo ha llegado con el Constitucional, tribunal que no pasaba horas tan bajas desde la sentencia sobre Rumasa, cuando Felipe González le dobló la cabeza al entonces presidente para que emitiera un voto favorable, en contra de su opinión. Aquel presidente murió en Venezuela, hundido en la vergüenza. Hoy recusan a dos magistrados, los apartan para que no sean un obstáculo al estatuto catalán, congelado para que no "interfiriera en la campaña electoral".
El día que González fue capaz de controlar el Constitucional, comenzó la ofensiva socialista para amordazar a las instituciones. Fue el inicio de la corrupción en la que se hundiría años después. Lo de ayer no es sólo una anécdota. Se incluye en la serie de la que forman parte sentencias como la que absuelve a dos estafadores: Alberto Cortina y Alberto Alcocer, absueltos por un detalle de plazos, en una sentencia en la que se reconoce que estafaron a cientos de inversores.
Sólo una palabra más para comentar la decisión de Llamazares para quedarse con su escaño. Dice que ha recibido un mandato. Ninguno. El sistema electoral español se caracteriza precisamente por no tener mandatos. Se vota a una lista, que en este caso está encabezada por un candidato que ha fracasado estrepitosamente, que ha pasado toda la legislatura haciendo de maletero de Zapatero, de limpiabotas del presidente. Su negativa a ceder el paso en el Congreso es muestra de su miseria política.