Pudieron
Vaya por delante que servidor no es, ni mucho menos, un seguidor de lo que viene siendo el fútbol y sus derivados. No es que sea un ignorante que no sabe ni en qué equipo juega
Fernando Torres, sino que la
Liga, los fichajes, las jugadas y los partidos ‘de relleno’ me interesan lo mismo que una conferencia sobre la reproducción del escarabajo pelotero. Así que pido disculpas adelantadas por los errores flagrantes en cuanto a cuestiones futboleras que uno pueda cometer de aquí en adelante.

Esto, como ya supongo que habréis llegado a deducir, no es ningún blog sobre fútbol (Dios me libre), pero hay veces que el fútbol impregna tanto la vida de todos los profanos en este deporte que nos vemos obligados a verlo e, incluso, a comentarlo. El caso es que yo ayer me levanté por la mañana (mejor dicho, al mediodía, que era domingo) con un antojo sumamente extraño: yo, alguien que cuando tocaba jugar a fútbol en el colegio se hacía el sueco y buscaba lentillas imaginarias, tenía ganas de ver la final de la
Eurocopa. Mi padre aún está pegando saltos de alegría.
Una vez vistas y digeridas las imágenes del partido, sus prolegómenos y las celebraciones de rigor, no se me ocurre nada más que decir Cuatro se lo ha montado de fábula: compran los derechos de la
Eurocopa en un momento en que
España no daba un duro por una selección sin
Raúl, se montan todo un tinglado alrededor del (buenísimo) eslogan
‘Podemos’, contagian a
España entera de este fervor por animar a la selección y no paran de rellenar horas y horas con
Zona Cuatro (esa especie de contenedor emitido desde la plaza de
Colón en la que, pasadas las horas, los presentadores y tertulianos desvariaban ya tanto que no se acordaban ni del nombre del seleccionador).
Encantados por los altos índices de audiencia conseguidos, en gran parte, gracias al gran papel de la selección en la
Eurocopa, decidieron que ayer había que tirar la casa por la ventana y liarla bien gorda. A eso de las ocho de la tarde, todo el mundo empezó a encerrarse en las casas, a coger sitio en los bares o a hacerse sitio a codazos en las plazas en las que se habían instalado pantallas gigantes para seguir el partido.
España entera estaba con ese grupo de hombres que aguardaban en
Viena la llegada de esos noventa minutos en los que podíamos volver a ser campeones de
Europa tras más de cuatro décadas.
El equipo de
Cuatro, más nervioso por el partido que los propios forofos, no disimuló su entusiasmo ni su propio fervor ante las cámaras. Tras la emoción contenida del partido y la celebración posterior, la cadena moderna de
España fue un escenario en el que periodistas y comunicadores (en apariencia) serios hacían el canelo en pantalla, cantaban, gritaban, saltaban y bebían como cualquier aficionado más.
Y para memorable, el momento en que
Juanma Castaño y los jugadores de la selección dejaban de ser futbolistas y periodista para ser personas extasiadas por un triunfo:
Iker Casillas en slips regando de cava al periodista,
David Villa agarrando a
Castaño y dándole vueltas, los jugadores semidesnudos arrancándole la camisa al enviado especial de
Cuatro, el tirón de toalla a
Dani Güiza que le hizo enseñar medio cimbrel a los más de quince millones de espectadores que estaban delante de la tele en ese momento…
Cuatro dejó de ser anoche una cadena con profesionales serios para convertirse en una especie de bar en la que un grupo de colegas celebra la victoria de la selección sin importarles un pimiento qué puedan decir los demás. Y se agradece ver que, de vez en cuando, la gente que sale por la tele es normal y corriente y hace las mismas tonterías que los de a pie cuando celebramos algo.
Podíamos.
- La noticia del día: Casi
14 millones y medio de personas vieron el partido del año.
- Para llorar un poco: Rosa participará en el festival
Eurodance.
- Evento del día: Dioses y monstruos, un peliculón en
La 2.
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