Siesta
¿Sabíais que el concepto
‘siesta’ proviene de la expresión latina ‘hora sexta’, que designa al lapso del día comprendido entre las 12 y las 15 horas, momento en el cual se hacía una pausa de las labores cotidianas para descansar y reponer fuerzas? ¿Sabías también que la lengua española fue la que creó el término? ¿Y que además de en
España se practica en
Latinoamérica, China, Taiwán, Filipinas, India, Grecia, Oriente Medio y África del Norte? ¿Y que su duración recomendada oscila entre los quince y los treinta minutos?

Sí, la siesta es una tradición maravillosa. Y cuando no puedes hacerla porque estás con el culo plantado en una silla ante el ordenador de la oficina, la añoras con intensidad. Recuerdo mis tiempos de alegre estudiante (no tan lejano, tampoco nos engañemos) en los que las tardes comenzaban con un reparador siestón en el sofá del casa con el culebrón de
TV3 de fondo.
Esas eran las siestas de las que te despertabas con el estampado del sofá tatuado en la mejilla, los ojos de sapo, la boca pastosa y la lentilla pegada en la parte interior del párpado superior. Eran las siestas de las que te despertabas con un programa insustancial y de ritmo lento emitiéndose por tu televisor. Eran las siestas tras las que apagabas la tele y te ibas a hacer algo productivo, que ya habría tiempo por la noche para ver tu programa favorito.
Hasta que llegó
Fama ¡A bailar! Cuando
Paula Vázquez apareció extremadamente histriónica para ser las tres y media de la tarde (que no son horas…) acompañada de una legión de chicos que bailaban como agitados por un chamán centroafricano, nos dimos cuenta de que a la siesta le salía un serio rival. La siesta, pobrecita, acababa de recibir una violenta y mortífera estocada: la gente prefería digerir la comida viendo
Fama ¡A bailar! que dormitando con un culebrón o con un documental de naturaleza de
La 2.
Los meneos de
Fama ¡A bailar!, los gritos de
Rafa Méndez, los sudores de los chicos y, por supuesto, la música que los chicos bailaban sin cesar, hacían que el respetable permaneciese despierto y no sólo eso: sino que lo hiciese con ganas y esperase incluso esa hora tan tonta para ver cómo los chicos de la escuela de baile más famosa de la tele luchaban entre ellos (baile mediante) por conseguir ganar el concurso y dedicarse a ser prestigiosos bailarines.
Pero tras cuatro meses de agonía y baile desenfrenado, la escuela de
Fama ¡A bailar! tuvo que cerrar sus puertas. Y los señores de
Cuatro y
Zeppelin, conscientes de que ya tenían ganada la batalla contra la siesta, le pegaron una lavada de cara al formato de
Supermodelo y calcaron la que ellos creían que era la fórmula del éxito rotundo de un reality. Y el resultado no pudo ser más funesto.
Me llegaba el viernes un mail en el que
Cuatro anunciaba el precipitado final de
Supermodelo 2008. Ninguna explicación figuraba en esa nota de prensa, pero la verdad es que tampoco hacía falta explicitarla: el reality de los (y las) modelos conseguía congregar ante el televisor la mitad de gente de lo que conseguía
Fama ¡A bailar! (o incluso menos). Es decir, que la siesta volvió triunfal y la gente prefirió volver a los culebrones de siempre o a los documentales de naturaleza para echar ese sueñecito tan reparador.
Supermodelo 2008 ha sido cancelado y dudo que haya una cuarta edición. Por mucho que se hayan esmerado en meter chicos y chicas y en que ambos géneros enseñen cacha día sí día también, parece que la cosa ya no tira. Porque no es lo mismo ver a
Vicky y a
Quique bailar que ver a
Mamen y a
Oliver desfilar. Por mucha
Maria Amparo que haya, oigan.
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OT.
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