Poligrafíame
El pasado miércoles tuve una noche televisivamente atribulada, todo hay que decirlo. Al final de la primera temporada de
Sin tetas no hay paraíso se le unía el estreno de la cuarta de
Mujeres desesperadas en
La 2 y las pruebas de ingreso para
Operación Triunfo, sin contar con
El juego de tu vida, el nuevo
morboconcurso de
Telecinco programado para el late-night de la cadena. Es decir, una angustia existencial de mil pares, para qué mentiros.
Me maravillé ante el regreso de las cinco marujas más desquiciadas de la tele, me emocioné y acongojé con el final de
Sin tetas… y me quedé completamente

estupefacto ante
El juego de tu vida, programa que pensaba que iba a ser poco más que pasable pero que, poco a poco, se desveló como una pequeña joya a la que adorar. No se lleven las manos a la cabeza todavía, que me explico:
Para quien no lo viese, mencionar que el funcionamiento del programa es más simple que el mecanismo de un botijo: el concursante se somete, fuera de cámaras, a un exhaustivo (dicen) cuestionario compuesto de unas doscientas y pico preguntas sobre su vida (y milagros, añado) mientras está conectado a un polígrafo (el electrodoméstico imprescindible del siglo XXI desde ya). El
insensato concursante en cuestión no sabe si lo que responde es verdad o mentira según la maquinita, y de esas preguntas se seleccionan 21, de creciente nivel de cotilleo, que responderá en plató.
Ya in situ, se le van haciendo las preguntas (de menos a más comprometidas sobre su propia vida) y, a medida que vaya diciendo verdades, va ganando más dinero. Si resulta que dice una mentira, se va a casa con los bolsillos vacíos. En plató se encuentran tres allegados del concursante en cuestión que, a modo de sufridores, presencian las verdades ocultas del candidato a ganar los 100.000 euros de premio. Ellos tienen un único comodín, que es una especie de
panic button que pueden pulsar cuando una pregunta es muy comprometida para el concursante, su empleo, su familia o lo que leches sea.
Pongámonos, pues en situación: termina
Sin tetas y comienza el programa.
Emma García anuncia la llegada de la primera concursante, una trabajadora del casino de
Madrid separada y con dos hijos. Acto seguido, comienza el tercer grado. Yo me imaginaba las primeras preguntas como algo llano e inocente del tipo
‘¿Qué prefieres, los perros o los gatos?’… pues no señor. La segunda pregunta (de las menos peliagudas, se supone) ya le inquiría si había salido alguna vez de su casa sin ropa interior. Me quedé ojiplático en mi sofá mientras mi mano izquierda sostenía una birra y la derecha un cigarrillo que, por cierto, por poco se me cae y provoco una desgracia.
A partir de ahí, la cosa fue subiendo:
‘¿Has utilizado alguna vez vegetales en tus relaciones sexuales?’ ‘¿A cuál de tus hijos quieres más?’ ‘¿Te consideras una buena madre?’ ‘¿Crees que eres un buen ejemplo para tus hijos?’. La mujer estaba cada vez más nerviosa y, con ella, su hermana y dos de sus amigos. Los rodalazos a lo
Camacho en su vestido aumentaban a base de bien, y las respiraciones entrecortadas se sucedían con cada vez mayor frecuencia. Pero lo mejor llegó con las preguntas de tercer nivel de intensidad (creo):
‘¿Mantienes una relación en secreto con un hombre?’ ‘¿Has mantenido sexo con más de un compañero del casino?’ Servidor estaba cada vez más patidifuso al ver que la mujer contestaba a todo con verdades como templos. Luego llegó la pregunta putilla:
‘¿Mantienes relaciones sexuales con alguno de tus jefes del Casino?’ En ese momento, la hermana de la concursante pulsó el
panic button (que, en la práctica, es como reconocer que sí que tira a su jefe y que, además, disfruta como una enana). Esa pregunta fue sustituida por
‘¿Traicionarías a tu actual pareja a cambio de dinero?’. Ella dijo que no, mintió y perdió. Campana y se acabó.
El juego de tu vida es, pues, una pequeña joya
trash del mundo de la televisión. Un programa que hará las delicias de la portera que todos llevamos dentro y que aflora en la intimidad de la noche y la comodidad de nuestro sofá. Lo curioso es que este concurso interesa más por lo que se calla que por lo que dice ya que, al término de la intervención de la trabajadora del casino, ya sabíamos que tiene preferencia por uno de sus hijos, que se tira a uno de sus jefes, que nadie lo sabía y que, encima, le vendería por un puñado de euros. Y eso es lo que precisamente no se llevó: euros.
El juego de tu vida es perfecto en su ejecución: buscas una herida, hurgas hasta el tuétano sin miramientos y luego lo dejas todo esparcido por ahí con la víctima moribunda y sanguinolenta. Y sin darle al insensato nada más que un bocata de mortadela, una
Coca-Cola y una oportunidad tremenda de humillarse a sí mismo a gran escala. Fascinante.
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