Sacamantecas
Ayer me dio por recordar aquellos comienzos de
Telecinco en los que servidor de ustedes veía la tele junto a su padre… Yo, que era un
Lunny que no levantaba un palmo del suelo (ahora levanto dos, tampoco os creáis), llegué a estar completamente enganchado a dos programas que se me antojaban tremebundos y divertidísimos. El primero de ellos era
Humor Amarillo, ese gran programa del que nacieron el
Chino Cudeiro, los rollos de primavera que posteriormente adaptarían para sí mismos en el
Grand Prix y la prueba del laberinto del
Chinotauro. Recuerdo que me partía de risa con ese
Telecinco dirigido por
Valerio Lazarov en el que a cualquier hora te salían por la tele jamonas ligeritas de ropa bailando como porque sí. Otro de los programas que devoraba con avidez malsana era lo que antes llamábamos
Pressing Catch y ahora le llaman
Wrestling, con su
Hulk Hogan y demás moles tremendas haciendo ver como que se daban de leches.
El caso es que
Cuatro debe tener en sus estatutos un compromiso con los veinteañeros y treintañeros de este país porque, desde que nació, ha ido

recuperando viejos clásicos de la tele de los noventa, tan gloriosa y estupenda:
Melrose Place,
Humor Amarillo,
Pressing Catch o
Gladiadores Americanos. Aun así, yo sigo echando de menos un remake de
El Gran Juego de la Oca o el
VIP Noche, qué queréis que os diga.
La recuperación del clásico
Pressing Catch (eso sí, remixed and revisited, como diría aquel) ha causado un tremendo furor entre la sociedad española, especialmente entre los más jovenzuelos de este país en el que todo el mundo baila el Chiki-Chiki. Para muestra un botón:
El Hormiguero invita a uno de los machos luchadores y anota su cuota de audiencia más alta hasta la fecha; asociaciones de padres piden que se retire del horario infantil porque los tiernos infantes recrean las peleas en los patios de los colegios y se meten unas tortas de infarto… Todas ellas, señales inequívocas de que un programa funciona bien y tiene audiencia. Y no sé en el resto de comunidades autónomas con tradición de las Monas de Pascua, pero aquí en Catalunya la que más furor ha causado ha sido la que recrea un ring con sus luchadores y todo.
Vamos, que el
Pressing Catch mola. Y lo curioso es que pocos se explican el por qué. Esos luchadores anabolizados hasta las trancas con la testosterona nublándoles el cerebro, esas moles humanas a las que da miedo encontrarse por las calles, esos gestos faciales que parece que digan
“leer es para mariquitas”, esos zurriagazos que se meten entre ellos y que se ve a la legua que son más falsos que un duro sevillano, esos abigarrados modelitos que lucen con el culo prieto
y las pelotas constreñidas… Vamos, todo un cuadro que muchos padres y madres alarmados por un cardenal en la rodilla de su hijo quisieran prohibir y eliminar de la parrilla televisiva.
Como decía al principio, recuerdo cuando era pequeño y veía con mi Lunny-padre el
Pressing Catch. Recuerdo las tanganas que montábamos él y yo, azuzando desde el sofá de casa a los
Hermanos Sacamantecas con un bol de patatas fritas. Sí, es un momento un poco curioso de recordar de mi propia infancia, pero qué queréis… la vida de un teleadicto es así. El caso es que ahora pongo el
Wrestling de
Cuatro y noto que me aburre un poquito. Ya no siento aquella emoción ni aquellas ganas de gritar
‘¡Dale de hostias hasta que le reviente la cabeza!’. ¿Será que me estoy haciendo viejo? Cada vez me pregunto esto más y más veces, quizás porque me acerco al cuarto de siglo de edad. Qué pena, coño. Con lo bonita que era la candidez infantil.
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