Perdidos, esa gran serie
Creía que lo tenía claro cuando terminó la primera temporada, pero ahora que ya voy por el quinto episodio de la cuarta temporada, lo ratifico:
Perdidos es la mejor serie que se ha hecho en muchos años. Y aprovecho este momento para hacer una advertencia:
los que no hayáis visto hasta el quinto capítulo de la serie absteneos de seguir leyendo, a no ser que seáis uno de esos aficionados a los spoilers. Avisados quedáis.

Con la tercera temporada, muchos llegamos a pensar que la serie comenzaba a alargarse más de la cuenta, pero cuando presenciamos ese grandioso final, todos volvimos a adorar a
Perdidos, a los guionistas y a la madre que parió a
J.J. Abrams y a
Damon Lindelof. Ese flashforward en el que
Jack le confiesa a
Kate su desesperación por volver a la isla nos hizo ver que sí, que brilla la luz al final del túnel y que estábamos asistiendo al principio del final: logran salir de la isla.
Lo que no sabíamos era el cómo, el por qué, el cuándo y, lo que es más importante… quiénes. Qué supervivientes del vuelo de
Oceanic logran salir de la isla y vivir su vida tan ricamente (o no) en el mundo real. Pero es en la cuarta temporada cuando se comienza a desgranar esa maraña: sabemos que
Jack y
Kate logran escapar, así como
Hurley (aunque termine en un psiquiátrico creyendo ver a
Charlie en cada esquina) y
Sayid. Aunque aún nos falte alguno por saber (puede que el muerto del último episodio de la tercera y a cuyo velatorio asiste sólo
Jack), lo más importante son las relaciones que se montan entre ellos.
De
Kate sabemos que, al volver, se trajo al hijo de
Claire presentándole en sociedad como ‘su’ hijo y que, nada más volver a su país, fue juzgada y absuelta de los delitos que se le imputaban. Por el testimonio de
Jack en el proceso judicial averiguamos que hay una no-verdad que ellos han contado a los medios de comunicación al decir que sólo sobrevivieron ocho al accidente y que, el tiempo que pasaron en la isla, pasaron hambre y tomaron el sol. Nada de
Dharma, de
Los Otros, del humo negro y de nada de nada. Sabemos de
Jack que se obsesiona con volver a la isla, que se lo propone a
Kate y que ésta le manda a freír espárragos.
De
Hurley sabemos que el pobre resulta muy afectado por la muerte de
Charlie (o eso parece), tanto que incluso cree verlo en cada esquina. No en vano, acaba en el psiquiátrico donde conoció al tío que le dijo la mágica secuencia
4 8 15 16 23 42 (corregidme si me equivoco). Allí aparece
Jack (este tío está en todas partes) y
Hurley le confiesa al pedante médico que nunca debió haberse ido con
Locke. Pero lo más fuerte es lo de
Sayid quien, a su vuelta, sabemos que se convierte en un sicario a las órdenes de
Ben. No sé vosotros, pero en el momento en que servidor lo vio, se quedó completamente estupefacto. (
Ben, por cierto, no lo cuento en los ‘
Oceanic Six’ dado que, técnicamente, no iba en el vuelo 815).
El caso es que, como decía, uno de los principales dilemas de
Perdidos ya se ha desvelado (se largan de la maldita isla). Los guionistas han sido sabios, queridos… han conseguido tensar la cuerda de la paciencia del espectador hasta casi el punto de ruptura y, en ese preciso momento, te ponen un revelador flashforward que hace que las dudas primigenias (los números, el oso polar,
Dharma…) se conviertan en secundarias ante las incertidumbres futuras: quiénes se van, cómo, por qué, qué les sucede hasta el momento de irse y qué tipo de batalla campal se monta en la isla entre los grupos capitaneados por
Locke y por
Jack. Los guionistas se enfrentan ahora al reto de, en tres cortas temporadas, resolver una maraña que se ha ido tejiendo en tres largas temporadas y que podría dar como para llenar la
Enciclopedia Británica, por lo menos. Qué gran serie, vive Dios. Qué gran serie.
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