Fama: el reality total
Me encanta ver y escribir sobre realities. Lo confieso, soy un enfermo. La gran suerte que ha tenido un servidor es que, tras muchos años viendo
Gran Hermano,
OT y similares, consiguiera un trabajo en el que le pagaran por verles, hablar de ellos y llevar sus páginas oficiales (o casi). Yo soy de ese pequeño porcentaje de población que piensa que los realities son lo mejor que se ha inventado en televisión desde
El gran juego de la oca (para el que pido su pronto retorno a la parrilla de
Telecinco) y no se avergüenza de ello. Si además le sumamos el hecho de llevar los sites que les dedicamos en
Portalmix (con todo lo que eso conlleva) y la posibilidad de hablar de ellos en este blog, mi género televisivo favorito se convierte en (casi) mi modo de vida.
Ahora vosotros os preguntaréis: ¿a qué viene esta parrafada tan cursi al comienzo de este post? Pues bien, tiene una doble intención: la primera y más transparente es introducir mi comentario personal sobre
Fama ¡A bailar! y la segunda, un poco más malévola, es la de disculpar lo espaciado de mis post debido a la cobertura del programita en cuestión y las entrevistas con sus expulsados, amén de tener a
OT 2008 dando vueltas alrededor de mi ordenador.
Fama ¡A bailar! era un reality por el que muchos no dábamos un duro cuando se anunció. Veinte sujetos encerrados en una escuela mientras bailaban sin parar. La comparación con el extinto
Estudio de actores era fácil a la par que peligrosa, pero el tiempo ha dado la razón a los señores de
Cuatro y
Zeppelin que confiaron en este producto: a día de hoy, la práctica totalidad de la población más joven de este país está loca
del coño de atar con
Fama ¡A bailar! Y la verdad es que tienen razón. Es más ágil que los realities a los que estábamos acostumbrados y, además, no hay que perder de vista el gran éxito de audiencia que cosechara en su día
Un paso adelante. Viendo lo que gustó los tejemanejes que se vivían en la escuela de
Carmen Arranz,
Fama ¡A bailar! tenía bastantes números para convertirse en un exitazo de los que hacen época.
Cuatro está encantado con ello: las agotadoras clases de
Rafa, la polémica en torno a
Marcos, los imposibles modelitos de los concursantes, la carga sexual que desprenden
Sergio y
Marbelys a cada movimiento que hacen, lo duro de la mecánica del concurso, la agilidad y facilidad con que botan a la gente de la escuela, lo logrado del papel de señorita Rottenmeier por parte
del espantapájaros de
Lola…
Y el caso es que el furor del baile funciona. El otro día hablaba con una gran amiga mía que (entre otras cosas) es profesora de baile, y le sugerí que en septiembre podrían recibir una avalancha de solicitudes para ser bailarines. Ella me miró como si acabase de ver un marciano en bermudas y me dijo que ya hace más de un mes que la escuela en la que trabaja no da abasto con las solicitudes que les llegan para ser alumnos y así emular a los concursantes de
Fama (que, por cierto, no paran de entrar y salir de esa escuela, cosa que me fascina).
A la conclusión a la que un servidor llega es que
Fama ¡A bailar! es el reality total: A la espera de tener un
Operación Triunfo que echarnos a la boca (tranquilos, que llegará), el reality de
Zeppelin ha abierto una nueva vía en el mundo de este magno género: La edición diaria y machacona en la que cada día pasa algo. Esto me lleva a pensar que
Fama ¡A bailar! es como los culebrones de sobremesa de los adolescentes, pero en su versión 2.0: mantiene el concepto de adicción intrínseco a todo buen serial pero con la agilidad que les falta. Si en
Fama te pierdes un día, ya no lo cuentas.
- La noticia del día: Vuelve el polígrafo a
Telecinco (ya tardaba) en forma de concurso.
- Para llorar un poco: La canción que
Davinia presenta para ir a
Eurovisión.
- Evento del día: El episodio de
House dirigido por
Juan José Campanella y, después, el
Diario de… la operación de reasignación sexual de
Amor.
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