El linchamiento

Érase una vez, hace muchos años, existía al sur de
Europa un país llamado
España, habitado por gente muy diversa. Un buen día, una cantante muy conocida a lo largo y ancho del país fue detenida, acusada de blanqueo de dinero y de malversación de fondos. La historia de esta cantante había sido muy desgraciada. Se casó con un torero muy famoso de la época, arrebatándolo de las manos (y de la cama) de la hija de otro famoso torero, que posteriormente moriría en narcóticas circunstancias. La cantante se quedó viuda cuando un toro se llevó por delante a su marido, y un sinfín de escándalos siguieron a ese golpe de mala suerte. En una época mucho menos tolerante que la actual fue señalada por mantener dos relaciones con dos mujeres; una de ellas, una famosa locutora que fallecería de cáncer; la otra, una cantante de sevillanas. Pasaban los años y volvió a salir con hombres, hasta que un día empezó a verse de manera poco cristiana con alcalde. Ese hombre estaba al frente del consistorio de una pequeña ciudad turística llamada
Marbella, normalmente asociada a numerosos escándalos inmobiliarios tras la gestión de su anterior alcalde.
La relación entre la cantante y el alcalde no era muy buen vista por los lugareños ni por la opinión pública del país, ya que repitió la historia de su torero fallecido al arrebatar al alcalde de las manos de su esposa. Ambos mantuvieron una relación muy sonada hasta que la policía del país comenzó una ola de detenciones contra la corrupción urbanística en las costas españolas, siendo la ciudad de Marbella uno de los puntos de mira. El alcalde fue acusado, juzgado y condenado, y la desgracia volvió a caer sobre los hombros de la cantante. Se habló de ella en todos los medios de comunicación, le acosaban por la calle, hablaban de ella, especulaban sobre ella y su posible participación en hechos delictivos, la martirizaban mediáticamente y le dedicaban especiales televisivos sobre su vida, milagros y desgracias. La cantante llevaba mucho tiempo en el punto de mira de la opinión pública hasta que, un buen día, la policía la fue a buscar. Detenida en mitad de la noche, fue trasladada a una comisaría de la capital de la provincia para pasar la noche en un calabozo. Pobre cantante desgraciada.
La justicia habló y fue acusada de blanquear dinero y estafar a la Hacienda Pública. Tuvo que pagar una alta suma de dinero para recuperar su libertad, según estableció el juez, y el país se volvió de nuevo en su contra. La cantante era insultada por la calle, la gente parecía haber olvidado las alegrías que les dio con sus canciones. La gente estaba indignada, y con razón, pues el dinero que habían pagado como impuestos habían sido utilizados para que la cantante adquiriese bienes para su uso y disfrute. El país estaba además convulso en esa época por unas elecciones municipales a las que, según decían unos, concurriría una organización terrorista. Y mientras unos y otros se peleaban por si ese partido era terrorista o no lo era, la cantante emblemática del país era detenida y condenada a pagar su deuda con la sociedad. Los mismos que decían que los terroristas optaban a ser alcaldes llegaron a decir que la detención de la cantante fue orquestada por el Estado para desviar la atención del terrorismo a la cantante, mientras que en las televisiones se montaban debates inacabables en los que se dedicaban a fustigar y a linchar a la cantante. Marbella se convirtió con los años en plató televisivo, la gente corría por las calles persiguiendo el coche de la cantante mientras le gritaban apelativos de la talla de “ladrona” o “estafadora”.
Esa cantante se llama Isabel Pantoja, y todo lo relacionado con ella es carne de programas ávidos de vísceras como Aquí hay tomate, TNT u Hormigas Blancas. Lo pantojil es ahora más territorio comanche que nunca, y los programas de televisión no se cortan un pelo en pegarle palos dialéctico-mediáticos. Frases como "Dormirá en una banqueta de hormigón del calabozo, dura y alargada, ¡porque no hay cama!" me dejan anonadado y me hacen preguntarme qué será lo próximo. No puedo evitar imaginarme a Jorge Javier Vázquez corriendo detrás de la Pantoja con una antorcha ardiendo, deseoso de quemarla en la hoguera. Se me riza el pelo sólo de pensarlo.
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