Cutrez hispana
Somos lo peor. Y sí, pluralizo. ¿Por qué? Porque el desastre viene perpetrado verbigracia de la televisión de todos los españoles, TVE1. Os pongo en situación, porque la indignación corroe todas y cada una de mis fibras corporales. Ayer por la noche, a eso de las 21.30, no cabía en mí de gozo y estrés al ver que a la misma hora me coincidirían dos programas que deseaba fervorosamente ver. El primero e impepinable, el primer episodio de la tercera temporada de House. Y el segundo, aun a riesgo de que dejéis de leerme por siempre jamás, Misión Eurovisión.
Creo que ya confesé en alguna ocasión que me considero un eurofan, aunque no hasta el punto de saber el nombre de soltera de la madre de quien representó a Lituania en 1997. El caso es que todo acontecimiento eurovisivo que aparece en televisión suele ser devorado, ingerido y digerido por mis retinas y cerebro, con lo que no podía faltar a la cita de Misión Eurovisión. El problema: la cosa apestaba a rancio mucho antes de emitirse, lo que es preocupante a la par que vergonzoso.
El funcionamiento tenía pinta de serio y todo: la audiencia escoge al intérprete y los internautas a la canción. En la primera gala, 15 grupos o solistas se presentaban ante el público cantando canciones de otros artistas, de los que la audiencia escogía a cinco, que pasaban directamente a la semifinal. Así durante nueve galas, de las que saldría el flamante representante español de la 51ª edición del Festival Europeo de la Canción, AKA Eurovisión.
Paula Vázquez toma el relevo a Carlos Lozano en las cosas eurovisivas (ya tocaba, señoras) y nos presentó un esperpento de mil pares. Lo que podría ser algo entretenido, verbenero y con una cierta calidad (tampoco pido demasiado, sólo afinación y/o saber estar en el escenario) es una fiesta mayor de pueblo, con intérpretes salidos de un cassette de gasolinera y pésimo gusto en el momento de cantar. A destacar la presencia de Carmen Miriam, la popstar que se hundió en la miseria con Bellepop, o el infame grupo Poker, en el cinco pringados de Sabadell aparecen con la cara pintada de blanco y representando un palo de la baraja francesa. Inexplicablemente, los Poker pasan a la semifinal.
Pero no termina aquí la desgracia. Después de contemplar el teatrillo de intérpretes (con nombres tan espléndidos como Ybraem, Gerard, Nacho Embid o Baltanás) se rumorea que entre el resto de candidatos pueden encontrarse (atención) Rebeca, la del “duro de pelar”; Coral, una fotocopia de Mónica Naranjo a la que conocen en su casa a la hora de comer; o el flamante grupo NoSon2, compuesto por la inconmensurable y polifácetica Sonia Arenas y su hermana.
Como invitados de lujo, algunos de los representantes por España en Eurovisión: Massiel, por supuesto (esta tía no se pierde una, con que le ofrezcan un vaso de vino a cambio ella acepta encantada), o Mikel Herzog, también conocido como “uno de gafas que fue, no sé comió un rosco y automáticamente hundió su carrera musical si es que podría haber llegado a tenerla”. Sólo faltaban Lydia, Patricia Kraus, Trigo Limpio o las Son de Sol para acabar de completar esta fabulosa parada de los monstruos.
El resultado: nos iremos a Helsinki con una mamarracha de la talla de Rebeca (o peor), nos harán creer que el tema español es el que más gusta en los ensayos, harán el anormal encima del escenario, Andorra nos dará doce puntos, Portugal nos dará ocho y acabaremos vigésimocuartos y nos volveremos a casa tan ricamente. Si es que no aprendemos ni a palos, oye…
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