Efectos nocivos de la tele en Navidad
La Navidad es como dejar a tu pareja: sabes que es algo que hay que hacer, pero no te apetece en absoluto. Por suerte, ahora mismo ya hemos pasado la etapa más densa: la de las Nochebuenas y las comidas y cenas opíparas que se suceden con sólo cuatro horas de separación. Ahora mismo, y parafraseando a un compañero mío, “el simulacro de paz y amor ha finalizado. Guarden los langostinos, insulten a sus cuñados y disuélvanse”. Y como, ante tal empacho de falsedad y pavos rellenos de ciruelas, uno opta por la solución más drástica: ver la tele.
Pero esa a veces no es la mejor idea. Sobre todo cuando el día 24 por la noche decides encender el televisor, le das al 1 del mando y te sale la peor estampa del mundo: Raphael cantando el tamborilero. Al tiempo que una arcada amenazaba con sacudir mi estómago (de trapo, pero estómago al fin y al cabo), me vino un pensamiento a la cabeza: la tele navideña es lo más inmóvil que se ha visto nunca, si exceptuamos a Manuel Fraga.
Es algo que, lo quieras o no, te transmite una especie de calma chicha (a pesar de las arcadas que te provoque la sonrisa de Raphael) porque es en ese momento en el que podrías proclamar a los cuatro vientos aquello que cantaba Julio Iglesias (estoy melódico, hoy): “La vida sigue igual”. Todo este festival de inmovilismo empieza con el discurso del Rey, que cada año viene a decir lo mismo y que nuestro cuñado graciosete intenta imitar sin tener ni p***a gracia.
Luego vienen los especiales de turno, en los que cada cadena programa refritos de las glorias de su parrilla televisiva. Esta opción se ve en dos formatos: la concatenación de episodios temáticos (véase a Antena 3 con Los Simpson, que te pone especiales navideños del año 94) o el programa estrella reversionado a lo navideño (véase Telecinco con Operación Nochebuena o Cuatro con El Hormiguero). Esta segunda opción, por supuesto, bien trufadita de actuaciones musicales.
También son de recibo las películas navideñas americanas que dan ganas de tirarle un ladrillo al primer Papá Noël que te encuentres por la calle; la enésima reposición de ¡Qué bello es vivir! o la programación de Moisés, para que a nadie se nos olvide la Historia Sagrada. Mientras la tele hace todo esto, en las casas españolas se toca la zambomba, se comen turrones, se emborracha al perro, se oyen los lamentos del abuelo, se comenta el estirón del primito Genaro, se escuchan los gritos de la tía separada y se comenta lo fea que se ha puesto Paula Vázquez con tanta operación. La tele sigue y la vida sigue, como siempre, igual. Virgencita, virgencita…
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